El editor y el colaborador: La locura y las letras (1)

  • 30-30
  • Fernando Fabio Sánchez

Laguna /

El tiempo ha pasado desde aquella vuelta de siglo. Del doctor Minor, nos sorprende la manera en que, en la plena oscuridad de sus delirios, encontró una forma de redención.

No me refiero al desasimiento de su materia sexual, sino a la conversión de su mente en una computadora.

Minor leyó con atención todos sus libros. Escudriñó su significado. Reconstruyó sus historias y argumentos.

Percibió cada palabra y sus diversos significados. Catalogó aquellas que le parecieron más relevantes, sino es que todas.

Le dio vida a cada una de ellas; y a cada una de las letras, le dio sustancia con sus ojos.

Cada escritor forma palabras, sacando del lenguaje una letra, y luego otra; las va juntando de acuerdo con una normalidad o costumbre lingüística, que es visual.

A primera vista, es posible distinguir el castellano del inglés. En el inglés, por ejemplo, abundan los diptongos precediendo la “g” y la “h”, como en “daughter”. También, tenemos letras que van en pares como las “mm”, las “tt” y las “ee” de “committee”.

En el castellano, siempre va una “m” (y nunca una “n”) antes de una “p”, como en “amplio”. Sólo emparejamos las “rr” como en “barro”, pero nunca las escribimos al inicio de la palabra, aunque evoquemos el nervio de su sonido.

Las letras son los ladrillos de las palabras, pero su orden está determinado por una tradición de uso y un grupo de reglas que a lo largo del tiempo evolucionan.

El doctor Minor se dedicó a leer los libros de la lengua inglesa a través de sus diferentes épocas. Pero ¿qué era el inglés?

El inglés es un idioma de uso práctico, desarrollado en las extensiones del imperialismo y vuelto nacer en las revoluciones industriales y olas de globalización.

Es un idioma que, como el capitalismo en sí, fagocita palabras, las usa con una supuesta “buena voluntad”, para armar otra vez el mundo visto desde su perspectiva y definirlo desde su misteriosa (voluble) pronunciación.

En la actualidad, el español le ha compartido algunas palabras: quesadilla, tortilla, mosquito, para mencionar las más evidentes.

El inglés está compuesto por muchas palabras que adoptó de varios idiomas, incluyendo un gran número originadas del latín. 

Durante la ocupación francesa que inició en 1066, estas palabras se infiltraron por medio del francés antiguo (el normando), el cual fue el idioma de las cortes, las élites y el gobierno hasta el fin de la edad media.

Por eso, aquellos que hablamos español comprendemos el inglés académico, ya que contiene palabras del inglés legal de origen latino, como “authority”, “realm” y “evidence”.

La uniformidad en la conjugación de los verbos es un rasgo del inglés. Sólo se le añade una “s” a la tercera persona del singular de los verbos regulares (she talks vs they talk).

Pero no siempre fue así.

El inglés antiguo tuvo los rasgos de las lenguas romances, adquiridos de forma independiente, como las diferentes conjugaciones de acuerdo con los pronombres y el género de los sustantivos.

Este último rasgo expone el pensamiento primitivo y mágico de los orígenes de la conciencia humana en que los elementos que nos rodeaban poseían alma.

En el inglés de la actualidad, la personalización de los objetos sobrevive sólo cuando, por ejemplo, los marineros se refieren al mar (o a la luna, o al planeta) como si fuera una mujer. 

Esta atribución ocurre en la dimensión figurada, aunque no en la gráfica.

En los mismos años en que Minor estaba leyendo y llegó su última redención, Joseph Conrad escribía sus más grandes novelas.

Conrad había aprendido inglés a los 20 años (su primer idioma fue el polaco) y a los 40, después de haber viajado por el mundo, incluyendo por las costas mexicanas del Golfo de México, se dedicó a escribir una obra en un inglés inusitado, producto de la síntesis, lleno de inflexiones casi mágicas que le devolvieron al inglés esa fuerza primitiva y que sólo un extranjero podía revelar.

Conrad se volvió la literatura inglesa, demostrando que el inglés era un idioma en constante formación que apenas llegaba a trazar sus límites. Esa era la misión del diccionario Oxford.

Cabe señalar que Conrad y Minor, separados por 23 años, compartieron tanto la experiencia del lenguaje como la desintegración de la locura.

En Conrad, la locura fue menor (minor), pero se sabe que…

Más opiniones
MÁS DEL AUTOR

LAS MÁS VISTAS

¿Ya tienes cuenta? Inicia sesión aquí.

Crea tu cuenta ¡GRATIS! para seguir leyendo

No te cuesta nada, únete al periodismo con carácter.

Hola, todavía no has validado tu correo electrónico

Para continuar leyendo da click en continuar.

Suscríbete al
periodismo con carácter y continua leyendo sin límite