Aviso de incendio

Ciudad de México /
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Hermann Broch, el poeta renuente, como lo llamó Hannah Arendt —“fue poeta a pesar de sí mismo”, escribe—, afirmaba que la verdadera seducción del mal es un fenómeno estético en el cual los hombres de dinero y los hombres de poder quedan encantados con la consonancia de su propio sistema dogmático, y se convierten en asesinos y depredadores porque están dispuestos a sacrificarlo todo para defender la “hermosa” coherencia que perciben en él.

Así identifica el dogmatismo, los sistemas cerrados de la creencia unívoca, con el mismo mal.

Para Walter Benjamin, otra mente intelectual dolorida y brillante —quien también vivió, en palabras de Arendt, ese periodo de la noche histórica donde el reino público se ve oscurecido y se torna tan dudoso que la gente no pide a la política otra cosa que “demostrar una verdadera consideración por sus intereses vitales y la libertad personal”—, el mal se manifiesta en un estado particular del tiempo presente, que ya ocurrió en el pasado aunque nunca con la unanimidad de ahora: la eterna repetición de lo mismo.

El marxismo comparó la interminable tortura del obrero moderno, condenado a repetir sin descanso el mismo movimiento mecánico, con el castigo infernal de Sísifo para empujar penosamente hasta la cima de una colina un bloque de mármol que volvería a caer, obligándolo a bajar y comenzar de nuevo.

Según Benjamin no solo el obrero sino toda la sociedad moderna, dominada por la mercancía, está esclavizadamente sometida a la repetición, a un “siempre lo mismo” disfrazado de novedad y moda, a este mundo de las envolturas y las apariencias en febril mutación pero idéntico del mundo del consumo donde la humanidad cumple el papel de condenada.

El dogmatismo es un sistema cerrado, repetitivo. Y Benjamin sugiere en varios textos la correspondencia entre modernidad y progreso y condena infernal. Cita una idea de Strindberg que Borges después mencionará: “el infierno no es en absoluto lo que nos espera, sino esta vida”.

Tan amarga certeza no impide que Benjamin proponga la organización del pesimismo junto con una interpretación poco frecuente de la historia en el pensamiento humano, una lectura contraria a la ideología impuesta, a la lógica de los ganadores y a la doxa mediática: el punto de vista de los vencidos, de los parias de todas las épocas.

Reuniendo por primera vez su propia tradición teológica judía con el marxismo, Benjamin planteó la visión de una genealogía en la cual una cruenta guerra de clases no ha dejado de suceder desde las rebeliones de los esclavos de Espartaco hasta las últimas insurrecciones estudiantiles e inquilinarias europeas, y donde uno de los polos, la clase dirigente, no ha cesado de imponerse a los oprimidos y elaborar, desde la antigüedad hasta ahora, una “filosofía del éxito y la victoria” que considera los logros obtenidos siempre a costa de los otros como fatalmente necesarios, históricamente útiles, moral y religiosamente justos.

De muchas maneras, cambiando el singular por el plural, el estado de excepción de la historia va llegando a su final cíclico, y en dicho escenario el Mesías, encarnado por los oprimidos, se enfrentará al Anticristo representado por las clases dirigentes y sus sistemas orwellianos, al necrocapitalismo terminal, ese “molino satánico” de Polanyi, para fundar otro destino humano posible, la sociedad sin clases.

Esa redención, sin embargo, no es algo que Benjamin asuma como un desenlace histórico inevitable porque las derrotas anteriores y actuales de los miserables y desposeídos en el combate emancipador humano ocurren desde hace milenios.

Las negativas a “seguir el tren del mundo moderno” fueron saludadas por Benjamin como poderosas virtudes de los movimientos culturales de vanguardia, del surrealismo sobre todo, lo mismo que del pensamiento independiente. De ahí su legendaria afirmación: “No hay documento de cultura que no lo sea a la vez de barbarie”.

Tanto Broch como Benjamin se parecen en el alcance de su soberbio y digno fracaso, pues los dos murieron sin poder conocer los resultados intelectuales y colectivos de su reflexionar de otra manera sobre cuestiones como el progreso, la religión, la historia, la utopía, la política, el arte y la literatura.

El pensamiento cerrado y dogmático, el pensamiento único de la repetición mecánica representan lo opuesto a la “inescapable tarea” que Broch postuló: el carácter imperativo del reclamo ético humano, de la conciencia que se conduele, se solidariza, se compadece. En esa perspectiva Benjamin lanzó sobre la época su legendario aviso de incendio en sus diecinueve tesis Sobre el concepto de historia: “Es preciso cortar la mecha encendida antes de que la chispa llegue a la dinamita”.

Esa chispa ya llegó, así sigamos aferrados a la pesadilla de contemporizar con lo que nos amenaza, de ser adictos a lo que nos aplasta. El fin de la época ha sucedido y hoy vivimos entre incendios que van creciendo y se multiplican.


AQ / MCB

  • Fernando Solana Olivares
  • (Ciudad de México, 1954). Escritor, editor y periodista. Ha escrito novela, cuento, ensayo literario y narrativo. Concibe el lenguaje como la expresión de la conciencia.
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