El sentido común (hasta la saciedad se ha dicho que es el menos común de todos los sentidos) lleva a creer que por un arraigado principio de sobrevivencia las sociedades no se destruyen a sí mismas. O bien que los ciudadanos se rebelan oportunamente ante sus oligarquías y élites políticas cuando ellas intentan hacerlo.
La debacle europea muestra que estas afirmaciones son relativas y que en los tiempos históricos confluyen a su vez diversos tiempos cuya cadencia es distinta. El estallido social europeo parece tardío ante el desmantelamiento y destrucción de sus sociedades que comenzó décadas atrás. El resultado es una Europa en llamas, como la describe Andrés Piqueras al analizar el ciclo del malestar social europeo debido a una espiral de empobrecimiento acelerado por la Guerra Global que Estados Unidos sostiene para intentar preservar su hegemonía planetaria: se trata de una transferencia de recursos de la Europa avasallada desde la Segunda Guerra Mundial a esa nación en un Plan Marshall al revés.
La aplicación en Europa de las mismas políticas del Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial impuestas a los “países en desarrollo para evitar su propio desarrollo” (Carmen Parejo) se inició con deslocalizaciones industriales y fabriles para garantizar las tasas de ganancia del capital y los grandes monopolios, seguidas de privatizaciones, desregulación para la inversión y disminución del gasto público en bienestar y derechos colectivos. A partir de la crisis hipotecaria de 2008 aumentaron los planes de ajuste, el ataque al gasto social del Estado, las privatizaciones de bienes colectivos y las pérdidas de derechos públicos.
Un dato del economista Gabriel Zucman expuesto ante la Asamblea Nacional francesa y retomado por Parejo en su análisis “¡Que coman pasteles! Europa y el estallido social”, ilustra esta política creciente de expolio planetario y acumulación capitalista basada en la desposesión de las mayorías: “En solo catorce años, entre 2010 y 2024, el patrimonio de las 500 mayores fortunas de Francia pasó de equivaler el 12% al 42% de su PIB anual”.
Diversas teorías conspiratorias (las visiones policiacas de la historia fustigadas por Poliakov) atribuyen a la herencia jacobina, a la ultraizquierda radical, a fuerzas desestabilizadoras ocultas, al Kremlin ruso o a los inmigrantes africanos la responsabilidad del hartazgo popular y las revueltas ante las políticas económicas gubernamentales que recortan el gasto social mientras aumentan los presupuestos de un rearme armamentístico dirigido a una confrontación militar que ni Rusia (el enemigo artificial designado) está buscando, ni las sociedades europeas desean.
Como lo sintetizó lapidariamente un estudiante francés: “No queremos el gasto en un portaaviones nuclear mientras en nuestros liceos las ratas corren por los pasillos, los baños no tienen puertas, el calor es insoportable, la lluvia se cuela por los techos, los grupos están saturados y los maestros no se reemplazan al enfermar o jubilarse”. El costo de la vida ha aumentado exponencialmente, el desempleo juvenil es creciente, la precariedad cotidiana y la irritante frustración existencial son un mal social y psíquico cada vez más extendido.
Mientras los gobiernos hablan de recuperar el orden sin aludir a las causas del desorden de las cuales son responsables y la derecha se queja de la pérdida de las raíces nacionales (sea esto lo que sea), las élites políticas y las burocracias de Bruselas no mencionan el “suicidio económico” que al renunciar a la energía barata abastecida por Rusia, sostén del desarrollo industrial y económico, esas mismas clases dirigentes, tributarias de Washington, han perpetrado.
Aquel “Fuck Europe” de la siniestra subsecretaria yanqui Victoria Nuland en 2014 cuando el golpe de Estado en Ucrania inició el cerco anglosajón de la OTAN a Rusia con el fin de acorralarla y a la postre destruirla —el comienzo de un movimiento táctico por parte de Estados Unidos para imponer lo que Alastair Crooke llama el “Gran Proyecto de un Gobierno Global Único”, la guerra mundial para eliminar a los Estados civilizatorios que tienen una concepción multipolar del mundo: Rusia, Irán, China—, ha sido obedecido a pie juntillas por los gobernantes europeos, meros títeres de la voracidad capitalista hegemónica.
La destrucción europea, su inmolación por el Imperio del caos, ese Sindicato Epstein del mal, representa la transformación, escribe Mattias Forsgren, “de un aliado en un recurso: agotado económicamente, capturado políticamente y preparado militarmente como el escenario en el que se pueden pagar los costos de la reparación imperial”. Mientras Estados Unidos se mantiene a sí mismo como santuario, Europa absorbe “tanto el desgaste convencional como el riesgo nuclear” de una guerra innecesaria contra Rusia pero vuelta real por voluntades oligárquicas.
Las sociedades se destruyen cuando no logran oponerse a las élites que las llevan al sacrificio, vencidas por la traición proconsular.
AQ / MCB