El otoño y las auras

Ciudad de México /
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Entre los cantos poéticos olvidados de un pasado no muy lejano —¿a dónde va todo eso que se omite, las letras que no vuelven a ser leídas, el libro cuyas páginas no se abrirán de nuevo, la imagen en el rincón que permanecerá ciega a la mirada?—, se cuenta El otoño recorre las islas de José Carlos Becerra, aquel poeta elegido de los dioses y quizá por ese luminoso don muerto tan temprano.

Una vez más el equinoccio de la noche que es igual al día regresa a recorrer el tiempo. Septiembre, el mayo del otoño, según Axelle Simpére, psicóloga que estudia la identidad y las raíces como formas terapéuticas más allá de la subjetividad, anuncia la dulzura dorada de los días que se acortan, de las cosechas que se recogen, de las transiciones y los umbrales, de los ritos de pasaje, como los llaman prácticas antiguas. Hasta la psique separada de la naturaleza percibe su mensaje: nada permanece inmóvil. El otoño es un prólogo que anuncia la transformación.

Y posee un aura, un resplandor. Aquello fascinante como si fuera una brisa o un halo luminoso —metáforas ocultas en el fondo de la mente— que exhala de las personas, los momentos o los lugares. Tanto en las cavernas prehistóricas como en la pintura oriental hindú y china, lo mismo en la pictografía prehispánica que en los códices chamánicos aparecen seres divinos ceñidos por una aureola, un vórtice que despide la cabeza o una almendra de luz que rodea el cuerpo, atributos que la pintura sagrada de Occidente continuará durante siglos.

Hasta el siglo XIX, como documenta Elémire Zolla en su heterodoxo libro Auras. Culturas, lugares y ritos, el uso del término “aura” (cuya derivación latina significa soplo de aire, brisa o viento suave) es común: desde la fecundación atribuida al aura del semen o la sensación previa al ataque epiléptico hasta el campo energético o el hálito luminoso de los cuerpos que pretendían ver las corrientes espiritualistas o parapsicológicas, la palabra se emplea constantemente.

Pero en el siglo XX cae en desuso. La novela Aura de Carlos Fuentes la pondrá a circular brevemente en los medios literarios a través de una inesperada segunda persona del singular, conminativa y duplicante como el aura misma, pero el vaciamiento nihilista del siglo XX y su desacralización utilitaria despojarán todo aquello que alguna vez poseyó un aura. “Hoy se vive entre personas, lugares y cosas en serie que por antonomasia no irradian nada”, escribe Zolla.

El aura es una llave maestra, dicen los sabios. En sánscrito se traduce como lustre, esplendor, gloria, belleza. Del “recogimiento inflexible”, del “calor interno” que arde y hace resplandecer nace el aura, cercana al encanto que crea la espuma del mar y la palabra justa.

¿Es solamente pintoresco y llamativo, una mera casualidad, que su búsqueda y puesta en escena surjan de pronto en la posmodernidad urbana a través de grupos juveniles callejeros que atestiguan batallas coreográficas mudas entre dos contendientes cuya intención es Farmear aura, un término proveniente de los videojuegos que significa acumular, mediante la repetición de gestos, poses, pasos y actitudes originados en los memes, la animación japonesa y la cultura popular juvenil de las redes, una personalidad o imagen carismática, atractiva o interesante? (“La versión más genial de uno mismo”, según explica un glosario de los nuevos significados.)

Originado en el Pacu Jalur, una tradición indonesia de competencia entre canoas alargadas con varios remeros a bordo y niños de pie en la proa, cuyos rítmicos gestos acompasados mientras celebran una elegante danza casi inmóvil para atraer buena suerte y bendiciones e influir en el ánimo del equipo se viralizaron a través de las redes sociales, mutando en una práctica juvenil urbana puesta en otro contexto, el farmear aura contemporáneo es una resonancia de algo ocultado pero nunca desvanecido.

¿Sabrán los jóvenes practicantes de esta nueva semiótica lo que ella contiene? No. Pero aun ignorándolo, sus juegos de prestidigitación invocan hábitos y ceremoniales de aquellas formas que en Occidente se desmoronaron. Inaferrable e inmaterial es el aura lo mismo que la cortesía, equivalentes e intercambiables las dos, según Zolla. Al desaparecer el aura también lo hizo la cortesía, la amabilidad, vinculada por cierto con la santidad.

Las batallas mudas del farmear aura, en su lacónica subjetividad y codificada coreografía, quedan sujetas al juicio de los espectadores. Estos pasos tácitos son formas de la cortesía: el rival no es destruido verbalmente como en las competencias de rap y tampoco amagado con violentos gestos ofensivos. La danza conserva el aura de lo que no requiere ser dicho porque es manifiesto. Y el silencio que envuelve al proceso —la danza butoh, esa danza de las sombras, también es muda— supone una focalización concentrada.

Los tiempos están encabalgados. Apocatástasis se llama la aparición actual de aquello que hubo antes.


AQ / MCB

  • Fernando Solana Olivares
  • (Ciudad de México, 1954). Escritor, editor y periodista. Ha escrito novela, cuento, ensayo literario y narrativo. Concibe el lenguaje como la expresión de la conciencia.
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