Lele, la muñeca ñañú

Ciudad de México /

La mayoría salió de sus comunidades cuando eran menores de edad y entonces se instalaron con sus padres en diferentes partes de Ciudad de México, con la intención de subsistir, pues el campo no es suficiente para vivir.

La etnia otomí o ñañú tiene sus raíces en los estados de México, Hidalgo y Querétaro. Pero es en un pueblo de esta última entidad donde nació la famosa muñeca Lele: Santiago Mexquititlán.

Al menos es lo que asegura Javier Felipe Maximino, representante de Unión de Artesanos Otomíes Radicados en la Ciudad de México, con 54 integrantes, que viven de la confección y venta de ese símbolo nacional.

Y es que la muñeca Lele se vende en todas partes, incluso en boutiques y las tiendas Sanborns, pero muchos ignoran su origen, pues algunos creían que eran mazahuas, la etnia originaria del Estado de México.

La comunidad indígena siempre ha luchado por venta artesanal de la muñeca. “Nosotros venimos en un pueblo que se llama Santiago Mexquititlán, municipio de Amealco Bonfil, estado de Querétaro”, responde con firmeza Felipe Maximiliano.

—¿Y qué significa Lele?

—Lele significa la palabra que se dice cuando se arrulla al niño que acaba de nacer. O sea, un niño o beba, como sea, así lo pronuncia la madre; entonces ahí es donde nace el acento.

—Y ustedes la comercializan en la Ciudad de México.

—En la Ciudad de México y en otras partes del país. Hay muchos otomíes emigrando en toda la República mexicana.

—¿Y cómo les va?

—Pues, mira, como ya somos muchos, pues sí, está dura la competencia. Ahora sí que el que tiene suerte le va un poco mejor.

***

Esta organización tiene 54 integrantes. Ellos luchan por abrirse paso en la capital del país, como lo hacen en otras etnias mexicanas.

El propio Felipe y su esposa, Francisca Mariano, tienen un puesto ambulante junto a la estación Polanco del metro.

“Un pequeño puestecito, un pedacito; ahí se vende una parte de las muñequitas Lele”, comenta Felipe.

—¿Solo ahí?

—Pues también andamos toreando en diferentes calles. Y en la ciudad, a veces, cuando nos facilita el gobierno, como hace poco, en el evento de Paseo de la Reforma. Pero es cada año.

—¿Ustedes reciben apoyo del gobierno?

—Absolutamente no.

—¿Pero sí recibían?

—Nunca. De mi parte, no.

El entrevistado asegura que pese a la insistencia de ayuda ante las autoridades adecuados, solo encuentran mutismo, por lo que tiene que pelear por espacios públicos, como lo han hecho algunas de las artesanas.

Ah, pero eso sí, la figura de la muñeca Lele ya se alzan en algunas partes de Ciudad de México como un símbolo de orgullo.

***

En un departamento de la alcaldía Gustavo A. Madero, Javier Felipe Maximiliano se reúne con cinco de las 54 integrantes de su organización para que relaten su experiencia como artesanas. Lo hacen mientras confeccionan sus coloridas muñecas Lele.

Las madres se hacen acompañar de sus hijos, como lo hicieran ellas con sus padres cuando eran chicas. Es el caso de Angélica Rafael Macario, de 27 años, a quien trajeron sus padres cuando ella era una niña.

“Ellos vinieron del pueblo para, bueno, supuestamente, darnos una mejor vida en las labores de las muñecas o labor del bordado”, comenta Angélica, quien también teje bolsas y monederos. Para bordar una bolsa se tarda de tres a cuatro meses. Es un bordado fino.

—¿Cuánto, más o menos, cuesta una bolsa?

—De este tamaño, en mil 800; el más grande, dos mil 500 o dos mil 800, depende del tamaño o el diseño que pide la gente.

—Y todavía hay gente que les regatea, ¿verdad?

—La verdad, sí; a mí me ha tocado, donde yo tengo el puesto, que me dicen: “Cuántos es lo menos”. Y yo simplemente les he dicho que yo no regateo mi trabajo, porque al final de cuentas, cuando usted va las tiendas, como el Soriana o el Chedraui, usted tienen que tomar el producto que van a necesitar y no van al cajero y le pregunta: “Cuánto es lo menos”.

Angélica comenzó a tejer a los 7 años, mientras María de Lourdes Albino Casimiro, ahora de 53 años, comenzó a los 8, cuando su papá trabajaba como albañil y su mamá vendía gomas de mascar. Después, todos se dedicarían a la confección de muñecas Lele.

—¿Y usted cómo aprende?

—Nosotros, cuando cuidábamos la borrega en el campo, pues traíamos pedazos de trapos y nos enseñamos a hacer así, las muñequitas, con otras amigas, pero nunca pensamos que se podían vender.

En cambio, Faustina González Martín, ahora de 54 años, comenzó a elaborar muñecas a los 15, pues antes de esa edad vendía dulces.

Lo curioso es que desde hace dos décadas vende sus muñecas —y también dulces— en la calle de Génova, Zona Rosa, donde paga 80 pesos cada semana a la alcaldía Cuauhtémoc.

Ahí también teje sus muñecas.

Lo mismo hace Francisca Mariano Celedonio, de 55 años, quien tiene más de tres décadas de haber llegado a la gran capital. Ella, como otras, se tarda dos días en hacer una muñeca.

  • Humberto Ríos Navarrete
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