M+ La economía no está creciendo. Apenas 0.4 por ciento en el primer trimestre de este año, según cifras oficiales, por debajo incluso del incremento de la población. El trimestre anterior, el último de 2025, había aumentado 1.7 por ciento. No era una cifra espectacular, pero tras un año de magros resultados achacable al típico arranque de sexenio, ese 1.7 por ciento sugería que la economía exhibía las primeras señales de tracción para tomar vuelo. De allí lo frustrante de los resultados enero-marzo de este año, porque indica que la ansiada recuperación no ha llegado.
La preocupación de fondo es la caída de la inversión. No es un asunto de economistas. La inversión es al crecimiento lo que las semillas a las cosechas; si hoy no se invierte mañana no hay resultados; es decir, producción, empleos y finanzas públicas sanas.
El tema es decisivo para el segundo piso de la llamada cuarta transformación. Yo pensaría que lo que está en juego es todo el proyecto de nación que se ha planteado este movimiento. ¿Por qué? Porque no hay posibilidad de mejorar la condición de las mayorías si el gobierno no tiene recursos para repartir y el sistema es incapaz de generar empleos.
El gobierno de Andrés Manuel López Obrador no propició el crecimiento, aunque sí mejoró la distribución. No es un logro menor. Pero, como se ha señalado en este espacio, fue una fórmula de una sola vez, imposible de repetir por parte de Claudia Sheinbaum. López Obrador financió la enorme derrama social a costa del sobrepeso del Estado mexicano. Tomó guardaditos y fideicomisos, eliminó excesos, suprimió plazas, castigó partidas de mantenimiento y combatió en serio la evasión fiscal. De esa forma pudo expandir el gasto social sin tener que quitarle a los grupos de altos ingresos. El problema es que dejó al gobierno en los huesos. Y si bien no recurrió al endeudamiento crónico, al final de su sexenio la prisa por terminar proyectos de gran escala le llevó a gastar más de lo que ingresó, aumentando la deuda pública.
Eso limita las opciones de Claudia Sheinbaum. La fórmula de López Obrador era un cartucho de una sola vez. Hoy la Presidenta enfrenta una dura realidad económica. No puede seguir adelgazando al gobierno porque la restricción del gasto ya es alarmante (accidentes o fallas, entre otras cosas, son síntoma de los recortes en mantenimiento, obsolescencia y capacitación); tampoco puede financiarse con déficits adicionales porque calificadoras y fondos de inversión consideran que la confianza en el sector público se encuentra al límite. Y el enorme incremento en los salarios mínimos, que tanto ayudó a mejorar el ingreso de los sectores populares en el sexenio anterior, también es irrepetible hasta cierto punto: estuvo tan rezagado durante 35 años, que los patrones tuvieron un margen considerable para absorber su crecimiento. Hoy no es así. Varias ramas productivas se acercan al límite en el que un aumento en el costo de la nómina hace inviable a algunos negocios y/o paraliza la creación de empleos.
En suma, el gobierno tiene muy poco margen para seguir ampliando la derrama social en los sectores necesitados, base fundamental de su compromiso político y social. A la larga, el gobierno tendrá dificultades crecientes simplemente para mantener las cargas actuales.
Todo esto lo sabía el gabinete, por supuesto. Y tampoco se trata de una ciencia oculta. Si la economía no crece solo hay de dos sopas: una, generar incentivos a la inversión mediante políticas favorables a la creación de negocios; otra, ampliar la inversión pública para convertirla en detonante del consumo y movilizar a la inversión privada. El problema es que ninguna de las dos está funcionando, o no con la intensidad requerida.
Por lo que toca a lo primero, es notorio el esfuerzo que la Presidenta ha realizado para generar un clima favorable a la inversión empresarial. En buena medida el Plan México es un puente diseñado para el diálogo y el involucramiento más activo del sector privado en la economía. El diálogo se ha dado, sin duda, y existen acuerdos importantes. Pero la inversión no llega. La indefinición sobre el T-MEC y el factor Trump y la inestabilidad resultante, ciertamente no ayudan. Difícil meter en la ecuación cuánto pesan en la indecisión de los empresarios porque se trata de momentos inéditos. Las disputas políticas, la tendencia al discurso polarizante y las dudas sobre la independencia de las instancias de mediación y tribunales (reforma judicial, INE y otras) tampoco benefician la construcción de un clima de confianza. A ratos parecería que lo que hace la Presidenta a lo largo de la jornada para generar esa confianza se diluye con los pronunciamientos de la mañanera del día siguiente.
En lo que respecta a lo segundo, la inversión pública como detonante del poder adquisitivo, del mercado de consumo y de la activación productiva, tampoco existe por la limitación de recursos públicos. El SAT ha recaudado como nunca, pero se queda corto frente a las necesidades ingentes del gobierno.
Lo cual nos regresa al punto de partida. ¿Qué puede hacer el gobierno para reactivar la economía? No habrá fórmulas mágicas, pero una combinación de medidas podría mejorar esa posibilidad. La más obvia, e invariablemente recomendada por los expertos, es una reforma fiscal a fondo que mejore sustancialmente la recaudación (la proporción de impuestos con relación al PIB es muy baja en México con respecto a América Latina o los países ricos). Es una apuesta arriesgada, por el costo político, pero la parálisis que hoy amenaza la hace cada vez más recomendable y entre más pronto mejor, porque a medida que se erosiona la imagen del gobierno la factura política es mayor. Aunque debe hacerse con cuidado, podría darle a la administración los recursos que necesita para activar en serio a la inversión privada en la segunda mitad del sexenio.
La otra es confiar en que eventualmente cambiará el contexto internacional y que por ese motivo u otro, los empresarios se decidirán a invertir en mayor escala. Habría que ver los indicadores a lo largo de los próximos meses para saber si se trata de una posibilidad realista. El riesgo es que el sexenio transcurra en la indecisión. En todo caso, habría que profundizar las razones por las cuales los empresarios no están participando. Muchos de ellos han comprobado la disposición de la Presidenta, pero no es una apreciación que modifique sus reservas sobre la incertidumbre de los tiempos o la desconfianza sobre Morena. Me parece que, dados los estrechos márgenes de maniobra del gobierno, esta zona es un terreno propicio para hacer algo. Pero hay que hacerlo pronto. En todo caso el Plan México necesita una versión turbo o no encenderá; sea por la vía de un cambio cualitativo en la relación con empresarios o cuantitativo con la inversión pública.