AMLO y Trump, buenos amigos

México /

Con la mano en el corazón, el cartujo celebra la firma del T-MEC, logro indiscutible del gobierno de Andrés Manuel López Obrador, quien ha sabido alinear sus cartas con los intereses de Estados Unidos sin modificar su discurso. Pero ahora, más allá de las palabras, deberá demostrar con hechos su disposición a cumplir los compromisos con las empresas de ese país y Canadá, sin actuar de manera caprichosa como lo han hecho él y sus subalternos en cuestiones como el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México y los gasoductos, tan onerosas no solo económicamente sino en la imagen de nuestra nación ante los inversionistas de todas partes.

Los astros favorecen a AMLO en los últimos días de un año difícil, es la recompensa por portarse bien y aceptar la voluntad de Donald Trump, quien no ha necesitado sino escribir unos cuantos caracteres en Twitter o emitir alguna declaración ante los medios para poner en predicamento al gobierno mexicano, aunque en sus conferencias el Presidente lo niegue una y otra vez, como Pedro negó a Jesús en el patio de la casa de Caifás.

Del dicho al hecho

El 31 de mayo, el mandatario estadunidense sorprendió a las autoridades mexicanas con una bravuconada: “El 10 de junio —escribió en un tuit—, Estados Unidos impondrá un arancel de 5% a todas las importaciones que lleguen desde México, hasta que los inmigrantes ilegales dejen de llegar a nuestro país”. Como respuesta, López Obrador convocó el sábado 8 de junio en Tijuana al “Acto por la unidad en defensa de la dignidad de México y a favor de la amistad con Estados Unidos”, donde dijo: “de los 521 mil migrantes que ingresaron a nuestro país por la frontera sur, en el curso de este año, con la intención de llegar a Estados Unidos, 159 mil 395 son menores de edad y 43 mil 875 viajaron solos. Es claro que, ante esta realidad amarga y dolorosa, no se puede orientar la solución solo a cerrar fronteras o al uso de la fuerza”.

¿Quién podría cuestionar esas palabras? Pero un día antes el canciller Marcelo Ebrard había llegado a un arreglo con los estadunidenses y unas semanas después 6 mil 500 elementos de la recién creada Guardia Nacional fueron desplegados en la frontera sur para impedir el avance de los migrantes, quienes desde entonces viven el drama de estar atrapados en un territorio donde no desean permanecer.

El fracaso en la detención de Ovidio Guzmán el 17 de octubre en Culiacán y la masacre de nueve miembros de la familia LeBarón en Sonora el 4 de noviembre representaron un nuevo pretexto para los ímpetus propagandísticos de Trump; de esta manera, cuando el 26 de noviembre en su programa de radio el conservador Bill O’Reilly le preguntó si había considerado designar a los cárteles mexicanos como organizaciones terroristas (una coartada para poder intervenir en nuestro país) respondió: “Absolutamente, los voy a designar como organizaciones terroristas, absolutamente”.

En su conferencia del 27 en Palacio Nacional el Presidente evitó pronunciarse al respecto: “no quiero polemizar (…) —comentó—. Solo decir: cooperación, sí; intervencionismo, no. Y ahí lo dejamos”. Sin embargo, precisó: “el secretario de Relaciones Exteriores, Marcelo Ebrard, tiene instrucciones de atender este asunto”.

Los buenos oficios de Ebrad conjuraron el peligro. El 5 de diciembre el fiscal general de Estados Unidos William Barr visitó a López Obrador en la ahora residencia oficial, al día siguiente Trump canceló “temporalmente” su amenaza —mientras tanto el boliviano Evo Morales, quien permanecía en México en calidad de asilado desde el 12 de noviembre, viajó inesperadamente a Cuba y luego a la Argentina de Alberto Fernández; hasta el momento, AMLO no ha querido abordar el asunto.

Buenos muchachos

Como buenos muchachos, López Obrador y Trump han intercambiado elogios, palabras amistosas, disposición para el diálogo, y esto seguirá así mientras el primero no contradiga al segundo, sobre todo en los hechos. En los discursos, AMLO podrá decir cualquier cosa, pero —lo sabe— deberá seguir dando resultados satisfactorios para Estados Unidos; lo ha hecho al contener la migración y al firmar el adendum del T-MEC, deberá hacerlo en el combate al crimen organizado, asignatura en la cual su secretario de Seguridad, el “fortachón” Alfonso Durazo, ha sido un rotundo cero a la izquierda como lo muestran las cifras oficiales sobre la violencia en el país.

De considerarlo provechoso, el Presidente podría incluso argumentar un cambio de estrategia en la materia acudiendo a la sabiduría de la Biblia. En Romanos 13:1 se habla de las “autoridades superiores” como de algo establecido por Dios y en 13:2 se advierte: “si haces lo malo, teme; porque no en vano (el magistrado o gobernante) lleva la espada, pues es servidor de Dios, vengador para castigar al que hace lo malo”.

El T-MEC, volvamos al principio, es una buena noticia, una bocanada de aire fresco para la economía mexicana, aunque en el tramo final de la negociación hayan sido excluidos los empresarios de nuestro país y los senadores, arreados por Ricardo Monreal, no hayan disimulado ni tantito su prisa por aprobarlo sin haber revisado las modificaciones impuestas desde EU.

En medio de tanta alegría, y aun con la esperanza de un buen 2020 en todo y para todos, el monje no puede quitarse de la cabeza la frase de Emilio Álvarez Icaza sobre la actitud de sus pares en el Senado en este asunto: “qué prisa por arrodillarse”.

Queridos cinco lectores, El Santo Oficio los colma de bendiciones, el Señor esté con ustedes. Amén. 


  • José Luis Martínez S.
  • Periodista y editor. Su libro más reciente es Herejías. Lecturas para tiempos difíciles (Madre Editorial, 2022). Publica su columna “El Santo Oficio” en Milenio todos los sábados.
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