M+.- En Villahermosa, en su gira nacional de rendición de cuentas con motivo de su segundo año de gobierno, Claudia Sheinbaum se voló la barda al nombrar a López Obrador como “el mejor presidente de México”. No de los últimos tiempos, sino de la historia. Lo dijo claro y fuerte, como de costumbre, refutando a quienes miran a Benito Juárez como el más grande.
El colosal héroe de la 4T no se quedó callado, no podía ante un elogio casi del tamaño de su ego, y en el largo video publicado presuntamente para promocionar su nuevo libro (Pueblo) le pagó con la misma moneda: el libro está dedicado a ella, “nuestra presidenta y gran orgullo, ejemplo de trabajo, honestidad, rectitud y lealtad al pueblo”. Pero aún hay más, como decía Raúl Velasco en sus días de gloria: “A quien entregué el bastón de mando ha resultado extraordinaria, la mejor presidenta del mundo”. Por eso le encargó no sólo la continuidad del régimen, sino también el cuidado y la protección de sus desbalagados y botijones muchachos y de sus amigos, multimillonarios de la noche a la mañana, pero de izquierda.
Retirado de la política (el cartujo no se ríe por tener los labios partidos), desde su casa en Palenque, tan modesta y destartalada como la de José Mojica a las afueras de Montevideo, el tabasqueño predica con la red protectora del Alzheimer, olvida muchas cosas y otras las reitera como disco rayado, para utilizar una metáfora de la edad de piedra, cuando la música se escuchaba en discos de acetato o vinil y la aguja de la tornamesa se atascaba en un surco dañado, repitiendo incesantemente lo mismo. Por eso, entre otras cosas, volvió a hablar del Humanismo Mexicano, de cuyas bondades dan fe dos hechos recientes: el traslado de Ernesto Ruffo de la Ciudad de México a Ensenada, Baja California, por carretera cuando bien podrían haberlo obligado a hacer los 2,800 km del trayecto a pie, aunque tardara un poco más. Y la decapitación de la estatua de Felipe Calderón en Los Pinos por parte de extrabajadores electricistas, quienes conscientes de su impunidad oyeron como quien oye llover los regaños de Sheinbaum. Pobrecitos.
Queridos cinco lectores, El Santo Oficio los colma de bendiciones. El Señor esté con ustedes. Amén.