En los últimos años de la prisión de Topo Chico en Monterrey, Nuevo León, dos bandos irreconciliables controlaron las celdas: Los Zetas, liderados por Juan Pedro Saldívar, El Z27, y el cártel del Golfo encabezado por Jorge Iván Hernández, El Credo. Una borrachera en el Área de Vistas hizo chocar a ambos el 10 de febrero de 2016 provocando la peor tragedia del sistema penitenciario en México.
El motín fue brutal. Integrantes de los dos grupos acudieron a sus armerías no tan secretas y empuñaron armas largas, pistolas, machetes y explosivos. Tras horas de caos, los militares que entraron al penal hallaron decapitados, quemados, internas violadas. El saldo oficial hasta hoy es de 49 asesinados, aunque los familiares insisten en más muertos.
El entonces gobernador Jaime Rodríguez ordenó el cierre de Topo Chico, convencido de que el crimen había infectado tan gravemente a la prisión que la única opción era la eutanasia. Mientras preparaba su demolición para 2020, el gobierno construyó nuevas miniprisiones con un modelo inédito en los penales de Apodaca y Cadereyta. Desde entonces, en ambas cárceles no hay muertos por riñas.
La historia se repite con el penal del Castillo en Mazatlán, Sinaloa. Un doble motín ocurrido el 8 y 9 de octubre dejó 12 personas asesinadas, incluido un niño de dos años. La peor crisis carcelaria de la presidenta Claudia Sheinbaum. La reacción de la gobernadora Graciela Domínguez fue anunciar el derrumbe del penal carcomido por las facciones del cártel de Sinaloa y el secretario Harfuch informó la construcción de una nueva cárcel estatal y otras cinco en el país.
La experiencia de Topo Chico en el sexenio pasado debe servir a la actual administración: hay cárceles que deben tumbarse y otras que deben edificarse, pero no basta con la pala y el pico. Hay que modernizar la vigilancia, dignificar al personal y acabar con el autogobierno. En una misión así de importante basta un error en el diseño institucional para terminar con otros seis centros del crimen organizado.
CÓDIGO. El gabinete de seguridad cada vez incauta más cigarros apócrifos. Esos sí son golpes financieros que no se convierten en humo.