Quienes me conocen saben que nado en el Sport City, una alberca de agua limpia y fresca de unos 25 metros. Si usted da 40 toques en la línea de salida habrá nadado 2 kilómetros, la gran cosa. Yo salía quitado de la pena y sintiéndome moralmente superior a todos los hombres y las mujeres del planeta. Por eso sufrí un castigo, por la vanidad de vanidades.
Las endorfinas me volvieron loco y decidí hacer la compra en Costco. En casa así se decía: hacer la compra. No tengo espacio para contar todas mis compras, pero aseguro que fueron productos de primera calidad y creo que casi todos importados: el salmón y esas cosas. Confieso que también puse una champaña en el carrito. Las endorfinas, ya dije.
Me negué a que un hombre me ayudara a llevar la compra al coche. Nada más faltaba, yo con las endorfinas en lo alto y un hombre cargándome la compra, jamás. Puse en la cajuela mis compras. Ah, un triunfo de la vida cotidiana, una victoria de las endorfinas. Tomé la lateral del Periférico. Esto se escribe fácil, pero solo con endorfinas puede acometerse esa misión sin temor y desdicha.
De pronto supe que algo terrible había ocurrido. Mientras subía la compra al coche, la maleta había quedado abandonada. Regreso a toda velocidad. Ni crean: la maleta de la natación había desaparecido. Cataclismo moral: soy idiota, estoy viejo, nadie me
comprende, deambulo solo por la vida.
La maleta de la natación contiene enseres que valen todo y nada: gorra, tapones para las orejas, naricera, traje de baño diseñado por mí (un short recortado) y un kit de afeites que me compraría Lady Gaga. Todo perdido por las endorfinas.
Hice averiguaciones previas con los cargadores del Costco. No, señor, nosotros no. Era negra, pequeña, pero no tan pequeña. No, señor, nosotros no. Ojetes, pensé.
Compré una nueva maleta y puse en ella objetos nuevos y extraños. Carísimo todo. Confieso que me gustó la novedad, pero también que extrañaba mis antiguos objetos acuáticos.
Una mañana sonó el teléfono celular. Tenemos aquí en Costco, en el departamento de olvidos, una maleta negra. No voy a decir que recuperé mi fe en el género humano, pero me sentí bien. Gracias, señor. Ahora tengo dos maletas gemelas, no sé qué hacer. Pinches endorfinas.
rafael.perezgay@milenio.com
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