La Lagunilla

Ciudad de México /
Únete al canal de Milenio

Me entero en el bien documentado trabajo de Clementina Battcock y Patricia Escandón del origen de una de las emblemáticas zonas comerciales de la Ciudad de México si se trata de antigüedades, objetos inservibles, joyas raras, chácharas: Historia de la Lagunilla en el siglo XVI (Gobierno de la Ciudad, 2026).

Mexicas y tlatelolcas, gemelos enemigos, ocuparon los dos islotes centrales de la laguna. El tlatoani de Texcoco fijó las mojoneras: ambas iniciaban Tepetzinco, hoy Peñón de los Baños. Esa vía acuática empezaba en el Eje Central Lázaro Cárdenas. En ese espejo de agua se formaba una pequeña bahía que servía de embarcadero: La Lagunilla, el segundo atracadero en importancia comercial para Tenochtitlan.

En los barrios del sur de Tlatelolco, hoy Eje 1 Norte, entre Reforma y Florida, estaban los muelles, cuentan Battcock y Escándon, en ese espacio se han descubierto restos de casas olvidadas, innumerables entierros y figurillas femeninas. A ese muelle llegaron las mujeres perseguidas por mexicas enardecidos. Ellas se ocultaron allí y salvaron la vida escondidas entre plantas acuáticas emitiendo sonidos de aves.

En el cruce de Eje Central y Paseo de la Reforma hubo un atracadero de canoas al que en algún momento se añadieron pilotes en las calles de Moctezuma y Magnolia: ahí estaban los embarcaderos de La Lagunilla.

Después de la última batalla con la que Cortés se adueñó de la ciudad, Alonso García Bravo hizo la primera traza de la ciudad respetando, hasta donde pudo, las líneas urbanas de Tenochtitlan. En el oriente de la ciudad, la casa de las Atarazanas, un bastimento construido para guardar los bergantines de la Conquista, el agua perdió su reino. Las represas menores o lagunillas se secaban, al final quedó una sola que le dio nombre al barrio: La Lagunilla.

Cerca del Paseo de la Reforma, no sé si en la calle de Moctezuma, mi padre regateaba el precio de una sala antigua, decía él. Al final se la llevó satisfecho de sus negociaciones. Debajo de nosotros sonaba el eco de la historia de ese pedazo de la ciudad.

Yo veía un reloj viejo en ese puesto callejero. Lo tuve en las manos un rato y mi padre lo compró no sin arduas ofertas y contraofertas. Un día lo perdí por descuidado y he llegado a pensar que con él perdí el tiempo.


Más opiniones
MÁS DEL AUTOR

LAS MÁS VISTAS

¿Ya tienes cuenta? Inicia sesión aquí.

Crea tu cuenta ¡GRATIS! para seguir leyendo

No te cuesta nada, únete al periodismo con carácter.

Hola, todavía no has validado tu correo electrónico

Para continuar leyendo da click en continuar.

Suscríbete al
periodismo con carácter y continua leyendo sin límite