Programa Apolo

Ciudad de México /

Debe ser la edad, pero la misión Artemis II me tiene sin cuidado. Dicen los que saben que sobrevolar el lado oscuro de la Luna es muy importante para los avances de la ciencia. Vengo del tiempo en que el Programa Apolo envió al espacio la primera misión tripulada que descendió en la superficie de la Luna. Eso sonaba más emocionante. El 20 de julio de 1969 el Apolo 11 alunizó y  el comandante Neil Armstrong se convirtió en el primer ser humano que pisó la superficie blanca del satélite de la Tierra, al sur del Mar de la Tranquilidad.

El día en que Armstrong y Buzz Aldrin caminaron sobre la superficie lunar, el estupor se adueñó de la casa de usted. Todos frente al televisor en blanco y negro, nuestra vieja televisión no falló y vimos completo el espectáculo, con un poco de nieve, como se le llamaba a los puntos que reducían la nitidez de la pantalla. Creo que mi padre tuvo razón cuando dijo: –Esto es el acabose. En cambio mi madre miraba con ojos desorbitados sin pronunciar palabra.

Como todos los éxitos, el alunizaje desató las dudas: falso, nadie caminó en la Luna, todo ha sido un montaje, un arte dramático. La voz emocionada de Jacobo Zabludovsky se escuchaba en toda la ciudad. Y Neil Armstrong pronunció aquella frase escrita en piedra: “es un pequeño paso para un hombre, pero un gran salto para la humanidad”.

Reviso cronologías porque mi memoria ya no es la de antes, pero aun así lo recuerdo bien: al día siguiente, los periódicos esparcidos en la mesa del comedor repetían la hazaña a ocho columnas. Unos días después, un fotógrafo tomaría una imagen eterna: Paul, John, George y Ringo cruzaban una calle histórica. Paul iba descalzo. Sí, la fotografía de Abbey Road.

Un mes más tarde, luego de las palabras soberbias y optimistas de Armstrong, la secta de Manson asesinó a cinco personas en Los Ángeles, una de ellas la actriz Sharon Tate, pareja de Roman Polanski. Tate tenía ocho meses y medio de embarazo.

No sé si la ciencia y el conocimiento cambiaron para siempre, pero en agosto de ese año, en  Bethel, a 169 kilómetros de Nueva York, empezó el festival de Woodstock, el gran concierto que cambió al mundo para siempre.

Al paso de los años, tengo la impresión de que la misión Artemis II pasará a la historia como la otra hazaña lunar y vivirá perdida en la tinta negra de la vida.


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