Leo que hace cien años, en 1926, el escritor español Ramón del Valle-Inclán inauguró una tradición que echó raíces en la tierra caliente: Tirano Banderas. En el libro La gran novela latinoamericana, Carlos Fuentes cuenta de un encuentro que tuvo con Mario Vargas Llosa en Londres en 1967. En aquella reunión surgió la idea de invitar a doce escritores latinoamericanos para que elaboraran cada uno, un relato sobre un dictador y así dar forma a una galería de caudillos en la región. El proyecto de Fuentes y Vargas Llosa no prosperó, pero aquel ejercicio fue, probablemente, el fermento de cuatro grandes novelas protagonizadas por mandatarios déspotas: Yo el supremo de Augusto Roa Bastos, El otoño del patriarca, de Gabriel García Márquez, El recurso del método, de Alejo Carpentier y Oficio de difuntos de Arturo Uslar Pietri.
José Gaspar Rodríguez de Francia es considerado como el primer dictador en la historia moderna de América Latina. Francia fue uno de los precursores de la ruptura paraguaya con la corona española, así como la construcción de un Estado soberano. El doctor Francia murió después de enfermar por un aguacero que lo sorprendió durante su cabalgata diaria. El ejercicio del poder por parte del doctor Francia fue la inspiración de Augusto Roa Bastos para escribir la novela Yo el supremo, que comienza así: “Yo, el supremo dictador de la República, ordeno que al acaecer mi muerte, mi cadáver sea decapitado; la cabeza puesta en una pica por tres días en la Plaza de la República donde se convocará al pueblo al son de las campanas echadas al vuelo. Todos mis servidores civiles y militares sufrirán pena de horca. Sus cadáveres serán enterrados en potreros extramuros sin cruz ni marca que mencione sus nombres...”.
Uno de los grandes miedos del Supremo que fabuló Roa Bastos es el uso de la palabra, el poder del lenguaje y la escritura. El líder Supremo tiene en los escritores uno de sus blancos de ataque. En uno de sus arrebatos dice así el dictador imaginado por Roa Bastos: “Debiera haber leyes en todos los países que se consideran civilizados, como las que he establecido en el Paraguay, contra los plumíferos de toda laya. Corrompidos, corruptores. Vagos. Malentretenidos. Truhanes, rufianes de la letra escrita. Arrancaríase así el peor veneno que padecen los pueblos”.
¿Ya leyeron ustedes Pueblo?