La gran mayoría de los directores técnicos de los equipos de futbol fueron jugadores en su momento. No grandes estrellas necesariamente ni cracks de los que hacen historia pero sí gente que estuvo en la cancha y que siguió, a su vez, instrucciones sobre la posición de juego, las estrategias y el papel de cada uno en el terreno.
Conocieron entonces, esos antiguos miembros de la infantería futbolística, el aplauso y los vítores de los seguidores pero supieron también de silbatinas, rechiflas, abucheos y broncas, por no hablar de la feroz embestida de los comentaristas deportivos.
El jugador debe seguir un esquema y sus movimientos están estrictamente regulados por el entrenador. El balompié moderno, con todo, ya no es un estricto tema de posiciones fijas sino que prácticamente todos los integrantes de un equipo deben participar en tareas defensivas.
Este escribidor recuerda las observaciones formuladas hace algún tiempo por ciertos especialistas en el sentido de que el futbol no es obligadamente un tema de correr a toda velocidad con el balón –o detrás de él— sino un asunto de saber lanzarlo con precisión y de manera combinada hacia ciertos puntos de la cancha. Decían que el terreno de juego es largo, ciertamente, pero también lo suficientemente ancho como para mover la pelota de lado a lado.
Pues, ese arte tan sofisticado y exquisito, hecho de virtuosismo, ha dejado de ser un paradigma y lo que vemos ahora es atletismo puro, fulgurantes aceleraciones, kilómetros en la cuenta de cada quien y unas exigencias tan severas que el romanticismo de antaño –los jugadores del Liverpool o del Manchester United yendo al pub del barrio a trincarse varias pintas de cerveza luego de los partidos— no tiene ya lugar en este mundo de aparatos para acondicionar cada músculo, de gimnasios, agobiante disciplina y rígidas dietas.
El director técnico no desconoce su pasado de jugador, desde luego, y porta ya incuestionables conocimientos futbolísticos. Estando las cosas como están ahora, sin embargo, la transición de gregario a mandamás necesita de todo un bagaje de técnicas y aprendizajes y, sobre todo, de experiencias acumuladas.
Rafa Márquez fue una figura de clase mundial y militó en un club de enorme prosapia futbolística. Y lleva ya algunos años como técnico, dirigiendo en las categorías inferiores en España, obteniendo inclusive la Licencia UEFA Pro que le permitió entrenar al equipo filial del FC Barcelona. De 2024 a 2026 fue auxiliar en el cuerpo técnico de Javier Aguirre.
El asunto es que dio el paso para ejercer una de las profesiones más ingratas y difíciles del mundo. Y no es asunto meramente de él: los futbolistas que juegan bajo su mando no parecen ser, digamos, los más brillantes y cumplidores del universo del balompié.
Necesita tiempo, dicen algunos. Pero, por lo pronto, este debut suyo fue un muy amargo baño de realidad.