Lo peor que le puede pasar a un gobernante es perder el poder. Los demócratas apechugan, es cierto —a diferencia de los populistas autoritarios que se aferran al cargo a punta de argucias, ocultamientos y trampas— pero, justamente, siendo tan dolorosa la derrota, lo que ocurre es que durante su mandato no le administran al pueblo soberano la amarga medicina que necesitan los intereses superiores de la nación sino que, acobardados, gestionan la cosa pública para complacer en permanencia a las masas.
La exaltada condena al neoliberalismo viene siendo, a toro pasado, la respuesta popular a la implementación de políticas que no respondían a los provechos que reclamaba la población, acaecida esta circunstancia, miren ustedes, en los extraños tiempos en que las élites lograron imponer su agenda al resto de los mortales.
Pero, pasado el mal trago y restaurado el orden de siempre del universo social, el descontento es ahora el signo de los tiempos y, con ello, el acto de gobernar se centra en renegar machaconamente de haberse adherido a tan infamante doctrina, en desentenderse de los imperativos del mercado, en practicar el más desinteresado asistencialismo, en propalar el dogma populista y, consecuentemente, en gastar y gastar los fondos del erario como si el dinero creciera en los árboles o lloviera del cielo.
Sin embargo, hay unas pautas absolutamente forzosas en el funcionamiento del mundo: los socialistas pueden seguir pregonando que la riqueza hay que repartirla, que papá Estado debe administrar todo lo existente y que los subsidios son necesarios para que las durezas de la existencia les sean mitigadas a las clases más desfavorecidas. Pero el asunto es que la plata se acaba. Y, no sólo eso: si a un supremo gobierno se la prestan para que pueda llegar a fin de mes entonces tiene que reembolsarla, tarde o temprano, pagando unas tasas de interés fijadas, pues sí, por los mercados financieros en función del historial crediticio de cada país.
Para mayores señas, a la République française le van a cobrar unos réditos de 80 mil millones de euros este año. ¿Y, a México? Pues, 1.6 billones de pesos. Este...