El “humanismo mexicano” no pasa por los hospitales

Ciudad de México /
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Un presidente puede darse el lujo de gobernar mal. Y… no pasa nada. En todo caso, su movimiento político ya no estará al mando en las siguientes elecciones pero el tipo se marchará tranquilamente a casa y asunto concluido. Ah, y con una muy jugosa pensión, además, por los servicios brindados a la patria. Algunos de sus cofrades partidistas manifestarán tal vez abiertamente su descontento. Los otros —sobre todo aquellos que lo acompañaron en su calamitosa acometida, socios suyos o, mejor dicho, desvergonzados cómplices— gozarán también un dorado retiro.

Un empresario no puede ni lejanamente disfrutar de parecidas bonanzas. Si no lleva cumplidamente las riendas de su negocio el desenlace es la quiebra pura y dura, el enfrentamiento con los acreedores, la pérdida de su patrimonio y, por ahí, un diluvio de acciones judiciales. Podrá acabar inclusive con sus huesos en la cárcel.

La primerísima diferencia entre el manejo de la cosa pública y la gestión de una corporación privada está en las consecuencias tan abismalmente dispares que tiene la rendición de cuentas, sobre todo en una sociedad, como la nuestra, en que los adalides de la política no afrontan prácticamente ningún castigo a sus infaustos quehaceres.

El capitalismo, tan denostado por los adeptos del credo estatista, acepta la desaparición de empresas como parte de un orden perfectamente natural. Es más, el concepto “destrucción creativa”, formalizado por Joseph Schumpeter, uno de los más distinguidos miembros de la Escuela Austriaca de Economía, se refiere al proceso en el cual las nuevas tecnologías y los métodos centrados en la innovación conducen a la extinción de las viejas industrias, con todo y el costo que ello pueda significar.

Para mayores señas, un mero vistazo a las corporaciones que ya no existen en los Estados Unidos —en el sector de la aviación, Pan American, TWA, Eastern Airlines y Southern, entre otras; Woolworth, Blockbuster Video y RadioShack, por la crisis del comercio minorista—, nos muestra que la caída de unos gigantes puede acontecer sin que el mundo entero se venga abajo.

En lo que toca a ofrecer resultados, los mercados no perdonan mientras que en el ámbito político los fracasos gubernamentales son maquillados, una y otra vez, a punta de discursos, encendidas retóricas, demagogias y descaradas mentiras.

Un consumidor no vuelve a comprar un artículo de mala calidad; un votante, por el contrario, está condenado a tropezarse fatalmente con la misma piedra, así sea que cambien sus colores o que parezca más despejado el camino que le bosquejan los politicastros de siempre.

Naturalmente, existen naciones bien gobernadas en este planeta. Muy pocas, hay que decirlo. No es el caso de México, con perdón. Estamos viendo que no hay medicinas ni insumos ni instrumental en los hospitales públicos. Pero, miren ustedes, a la junta de accionistas —el pueblo, ni más ni menos— el gobierno no le da ni explicaciones ni esclarecimiento alguno. No sólo eso: acusa a los que levantan la voz. Y… no pasa nada.


  • Román Revueltas Retes
  • revueltas@mac.com
  • Violinista, director de orquesta y escribidor a sueldo. Liberal militante y fanático defensor de la soberanía del individuo. / Escribe martes, jueves y sábado su columna "Política irremediable" y los domingos su columna "Deporte al portador"
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