Un gobernante puede creer que está haciendo bien las cosas o conducir de muy mala manera los asuntos públicos por simple ineptitud o por abrazar alegremente la corrupción.
En cualesquiera de las circunstancias quien termina por pagar los platos rotos es el ciudadano de a pie, una persona cuyas potestades se limitan a votar cada vez que hay elecciones.
El asunto es que cuando un ministro o un alcalde se desentienden de señalizar bien una carretera la consecuencia de esa dejadez termina siendo la muerte de viajeros en accidentes –perfectamente prevenibles en su momento— así como la mala administración de la seguridad pública o del sector de la salud lleva también a una negra realidad, la de miles de hogares enlutados.
Estamos hablando entonces de una relación directísima entre la tarea de gobernar y la muerte, señoras y señores, por más cruda y destemplada que parezca esta aseveración y por más alejada que esté de la demagogia con que los politicastros engatusan a sus votantes.
La historia de nuestra especie es un escalofriante relato de crueldades y sufrimiento humano. Reyes y tiranuelos han mandado desde siempre a sus súbditos al matadero para regocijarse en sus designios imperiales. Ahora mismo, la estrategia de Vladimir Putin para conquistar territorios vecinos y restaurar así la grandeza de la antigua Unión Soviética consiste en la ancestral táctica rusa de enviar al frente a miles y miles de combatientes y, a partir de las posibles ventajas de la superioridad numérica, vencer al adversario. ¿Resultado? Medio millón de soldados muertos y un millón de heridos y desaparecidos. El gobierno de Kiev calcula que Rusia sufre 40 mil bajas cada mes.
Pero las pérdidas de vidas humanas no sólo resultan de los horrores de la guerra: en nuestro propio país, 800 mil compatriotas fallecieron por la criminal política sanitaria que implementó un vanidoso mequetrefe, el mentado López-Gatell, durante la pandemia del SARS-CoV-2. Y hoy día los mexicanos seguimos sufriendo por falta de medicamentos y la catastrófica situación del sistema de salud. Sí, la ineptitud gubernamental mata.