Al final, todo viene siendo lo mismo: a los humanos les mueve la ambición, la codicia, la lujuria y el hambre de riquezas, vengan de donde vengan. El dios dinero cuenta con toda una legión de prosélitos deslumbrados por los provechos que pueden cosechar en esta vida, sin temer otra cosa que los castigos de la justicia terrenal —si es que se tratare de una fortuna mal habida— o las condenas enunciadas desde el púlpito en los oficios de cada domingo, perfectamente desechables, éstas sí, al acaecer el pronto retorno a la deleitable cotidianidad secular.
Las religiones enjuician y prohíben, desde luego, pero una cosa es saber de la pureza franciscana cultivada por los justos o de la obligatoria igualdad que decreta el credo socialista y otra muy diferente es dejar de profesar, en lo personal, el culto a lo material y la adoración del placer.
El tema, como siempre, es el disimulo, el de un sacerdote que predica la virtud mientras que violenta sexualmente a pequeños indefensos o el del politicastro que se llena la boca sermoneando frugalidades y mesuras (para los demás) siendo que es el primerísimo en servirse con la cuchara grande a la hora de apilar caudales.
Sorprendidos con las manos en la masa, unos y otros se cubren las espaldas porque prevalece el espíritu de cuerpo, a saber, la pertenencia a una cofradía —ya vieron ustedes cómo estuvo el asunto del padre Marcial Maciel, amparado por sus pares hasta el último minuto— o la militancia en una congregación política, salvoconducto para salirse prácticamente con la suya bajo cualquier circunstancia, tal y como lo hemos estado constatando con Morena, el partido oficial de Estados Unidos Mexicanos, cuyos más infames y corruptos agremiados no sólo son crónicamente absueltos en la más alta tribuna de la nación sino que pueden todavía dejar el cargo, si es que el acoso de la prensa derechista no les deja otra opción, alardeando, como la recién defenestrada señora Taddei, de que se van “con serenidad, con la satisfacción del deber cumplido” y, encima, conservando sus “principios” y “convicciones”.
De comparecer ante los tribunales ni hablamos, desde luego…