Los congregantes de la cofradía morenista sueltan tremebundas condenas a todo aquel que no comulga con el credo oficial sin detenerse siquiera a sopesar el significado de las palabras con que condimentan sus reprobaciones.
Ya cualquier hijo de vecino es un “fascista” por poco que denuncie que en los hospitales no hay medicinas o que la atención a los pacientes es calamitosa. En el mundo feliz que dibujan los incondicionales del populismo obradorista — apuntalado a punta de flagrantes mentiras y revestido de la estridente demagogia propalada en la suprema tribuna de la nación— no hay lugar para ninguna exigencia ciudadana ni para el menor cuestionamiento.
La 4T es totalmente refractaria a la crítica e inmune a la razón porque desprecia de fondo los principios de la democracia liberal. El primerísimo de los propósitos de la gente que nos gobierna es el poder y nada más. De tal manera, para no afrontar el fastidio de competir contra los del bando contrario como un simple contendiente más — dando resultados, sobre todo, y cumpliendo con los ofrecimientos que tan alegremente se formularon en el momento de magnetizar a los votantes—, los adalides gubernamentales se arrogan el supremo e incontestable privilegio de representar en exclusiva al “pueblo”, ni más ni menos, y a partir de ahí, los cuestionamientos o el mero registro de sus yerros dejan de ser una habitual práctica republicana y se vuelven afrentosas embestidas en contra de una entidad tan sacrosanta como inviolable.
El discrepante, entonces, ya no es un ciudadano facultado para ejercer el pensamiento crítico o expresar públicamente su descontento sino un enemigo declarado, merecedor de los peores denuestos y las más infamantes imputaciones.
El caudillo fundador del movimiento fue el primero en instituir la práctica de desacreditar a todo aquel que levantara la voz, a saber, periodistas, académicos, intelectuales, empresarios y activistas, entre otros.
En un primer momento, todos ellos eran emisarios de la oprobiosa “derecha”. Hoy, ya entrados en confianza, son “fascistas”. Peor aún… “neofascistas”. ¡Uf!