La demolición de la democracia mexicana, sustentada en un aparato electoral confiable y ejemplarmente organizado, comenzó cuando un mal perdedor lanzó la acusación de que las votaciones resultaban de una fraudulenta maquinación.
Las consecuencias para la vida republicana fueron simplemente devastadoras en un país que apenas comenzaba a confiar en los organismos encargados de certificar la validez de los procesos electorales y en el que, además, las trampas y estafas habían sido parte consustancial del orden instaurado por el antiguo régimen.
La especie del “fraude electoral” presuntamente perpetrado en 2006 sigue siendo, hoy día, una herramienta que la 4T utiliza para azuzar el descontento de muchos ciudadanos y para desacreditar a los anteriores gobernantes, figurando Felipe Calderón, al haber obtenido una ventaja de 233 mil votos, como el supremo infractor de la nación.
Luego del mandato del referido presidente ilegítimo no llegó tampoco al poder el precedente competidor sino que retornaron a escena los priistas de siempre, encabezados por Enrique Peña Nieto. El hombre no ha sido un personaje sujeto a mayores vilipendios ni imputaciones, sobre todo que le abrió la puerta, por acción u omisión, al eterno aspirante para que se encaramara a la silla palaciega.
Y, miren ustedes, por saber que le debía el triunfo a los mismísimos organismos electorales que tan aviesamente había desacreditado, por eso mismo se dedicó, López Obrador, a desmantelarlos para que, ahora sí, los de Morena y nadie más sean los que sigan al mando per saecula saeculorum.
Lo pernicioso de la denuncia, la de culpar de estafas a las autoridades electorales, es que se hermana no sólo con la ancestral desconfianza del electorado mexicano sino que derriba el poco civismo que puedan haber cultivado unos ciudadanos poco dispuestos, ya de por sí, a reconocer que México no era obligadamente el territorio de la trampa sino una incipiente y respetable democracia.
Viene al caso el tema porque Trump, hoy que se entere de los resultados, va a seguir el camino de nuestro caudillo. Más sólida, sin embargo, la democracia de nuestro vecino país.