El desenlace de las elecciones de medio período en los Estados Unidos nos ha colocado frente a una esperanzadora realidad: la voluntad popular no sólo se expresa libre y soberanamente en las urnas sino que responde, sobre todo, a los elevados principios de la democracia y la ética.
El gobierno de Trump, más allá de que un universo entero de seguidores suyos haya confraternizado con sus posturas, es una anomalía. No puede ser, simplemente, que un sujeto que se comporta como un mocoso malcriado, implementa nefarias políticas económicas, exhibe una descomunal egolatría, insulta y ofende sin el menor pudor, cancela garantías, arremete contra los aliados de siempre de la nación americana, responde a los intereses del tirano del Kremlin, se mueve por caprichos y ocurrencias, amenaza a los jueces independientes, se rodea de colaboradores tan ineptos como serviles y aprovecha el cargo para enriquecerse, entre otras tantísimas aberraciones, no puede ser –repito— que parecido personaje se siga saliendo con la suya sin afrontar el rechazo de los electores.
Los pueblos se equivocan, vaya que sí. En un primer momento, el canto de sirenas vocalizado por el populista de turno, confeccionado a punta de deslumbrantes promesas y deliberados ocultamientos, logra embelesar al vecino que pugna por llegar a fin de mes, al trabajador mal pagado o al comerciante que no logra cuadrar las cifras. Y así, personajes de muy dudosa catadura moral pueden encaramarse sin mayores problemas a la silla presidencial
Ya luego, la pasividad de millones de pobladores, desentendidos de la cosa pública por mera indiferencia o por creer que la gestión gubernamental no tiene mayores consecuencias en su cotidianidad, lleva a que el sátrapa previamente sacralizado siga al mando, desentendido ya de proveer bienestar o de dar resultados.
Pero, bendita democracia, termina por ocurrir la circunstancia de que el mentado caudillo enfrente a esos mismos súbditos el día en que se celebran las votaciones y la transitoria tibieza de algunos o la connivencia de los otros no se reflejen ya en el cómputo electoral. De pronto, brota clamorosamente otro mensaje: ya no pueden seguir al mando los actuales mandamases. La gente prefiere a los de enfrente, miren ustedes.
Justamente, es lo que acaba de acaecer, el pasado martes, en nuestro vecino país. Y lo emocionante y emotivo de ello es que el pueblo estadounidense ha entonado, a coro, un cantar que restaura la decencia en los espacios de lo público, que repudia la infamia y que se hermana con la ejemplar tradición democrática de una gran nación.
Hablar del pueblo, en esta coyuntura, no es un acto de adhesión a un régimen, como el de la 4T, que se arroga en exclusiva su representación para acaparar cada vez más espacios de poder y cerrar puertas, sino recuperar en toda su dimensión el valor de la soberanía popular.
Trump y los suyos no lograron ni lejanamente desmantelar el orden republicano en los Estados Unidos, a pesar de todos los pesares.
Y, pues sí, el pueblo elevó su voz.