Cuando una mina termina operaciones, normalmente deja algo más que un vacío económico y físico bajo la tierra: quedan suelos compactados, sin nutrientes, sin microorganismos y sin capacidad para regenerarse por sí solos.
La vegetación no vuelve porque ya no existen las condiciones para que vuelva. La fauna desaparece. Lo que queda es tierra herida; prácticamente muerta.
Pero en la mina Pinos Altos ubicada en la Sierra Madre de Chihuahua, la empresa Agnico Eagle tomó una decisión poco común: no esperar al cierre para empezar a restaurar.
Lo hacen mientras operan. Zona por zona, conforme concluye la actividad extractiva, el ecosistema empieza a recuperarse.
Y para hacerlo encontraron una herramienta que nadie esperaba: vacas.
Detrás de esta apuesta está el trabajo de Enrique Guerrero Santiesteban y el equipo de Carbonlands, quienes decidieron aplicar una técnica utilizada en distintas partes del mundo para recuperar tierras degradadas por el sobrepastoreo o sequía.
Lo que hicieron en Pinos Altos fue llevarla a un contexto completamente distinto: la restauración minera. Y funcionó.
El método se conoce como pastoreo de ultra alta densidad. Consiste en concentrar un gran hato de ganado en áreas pequeñas durante periodos cortos.
Las pezuñas rompen la costra endurecida de la tierra; la saliva y el estiércol incorporan microorganismos y materia orgánica. El suelo empieza a respirar: vuelve el pasto, crecen árboles y, poco a poco, regresa la fauna.
Las imágenes del antes y el después son impresionantes, pero igual de impactantes son las del proceso. Las vacas permanecían inclinadas sobre montañas de roca, soportando el frío y las nevadas, subiendo hasta la cima para alimentarse y tomar agua. Y ahí donde parecía imposible imaginar vida, la naturaleza encontró cómo empezar de nuevo.
Pinos Altos rompe una idea profundamente instalada: que una vez degradado, un ecosistema queda perdido para siempre.
Este esfuerzo fue reconocido en 2020 con el TSM Excellence Award de la Asociación Minera de Canadá, uno de los máximos reconocimientos ambientales del sector.
Pero la pregunta que deja este caso no es técnica, es de voluntad. ¿Cuántas empresas están dispuestas a medir su éxito no solo por lo que extraen, sino por lo que devuelven?
Porque al final, toda actividad deja huella. La diferencia está en decidir si será una cicatriz… o el comienzo de una regeneración.
Mi reconocimiento a Enrique, a su equipo y a Agnico Eagel, ojalá haya más casos así.