Paz no se incluye en las hazañas que enumera en El arco y la lira. No hay un yo o un nosotros protagónico. Por pudor, sensatez, credibilidad. Y también por su convicción de que la poesía está por encima del individuo, aunque se comunique a través de él. Las experiencias más íntimas del poeta se transforman en expresiones sociales, históricas que, al mismo tiempo, dicen “otra cosa”: revelan al hombre. La revelación, y la comunión única que provoca, serían imposibles si las palabras no hablaran “de esto o aquello”, con lo cual Paz alude, supongo, a los temas concretos de cada poema que alguien, también concreto, escribe.
La persona y lo personal son un estorbo para las poéticas. Concebirlos como vehículos de transmisión aligera su carga. Adam Zagajewski, en un ensayo sobre Zbigniew Herbert, se pregunta si debe referirse solo a la escritura: “no corresponde hablar de la vida en nuestra época postestructuralista. Pero la tentación es enorme”. Por fortuna, Zagajewski cede. Antes de entrar en materia, aclara que Herbert jamás habría escrito un libro —brillante, por cierto— como Esa visible oscuridad: memoria de la locura de William Styron: “la decisión fue… parte de una tradición cultural que él respaldaba. Su idea del clasicismo era: no quejarse”. Luego de esta advertencia un poco mezquina, pasa a regalarnos una anécdota.
Herbert llegó a París con su esposa en el invierno de 1986. Para entonces ya era un poeta famoso, traducido a múltiples idiomas. Seguramente imaginó que se incorporaría con rapidez y sin esfuerzo al grupo más selecto de los escritores franceses: acudirían a él, tocarían a su puerta. No ocurrió así. El retiro parisiense fue largo y sombrío. En algún momento, “impelido tanto por la desesperación como por la enfermedad, Herbert se propuso demandar a casi todos sus editores” por fraude y malversación. Contrató, incluso, a un abogado. La demanda no llegó a los tribunales. De haberlo hecho habría sido “el tan esperado, tan deseado juicio: la Poesía versus el Mundo”, no por dinero —aunque la pobreza de Herbert era extrema— sino por “el peso de la vida espiritual en oposición a la vida práctica en su versión más banal y mercantil”. Según Zagajewski, la demanda tendría que ser contra los perezosos lectores que no se acercan a la lectura esencial de la poesía. ¿Sabrán lo que se pierden?
Paz señala que a Homero no le importa “tanto la guerra de Troya o el regreso de Odiseo como el destino de los héroes”. Pero ese destino es personal, de otro modo no podría contarse. La primera sombra que se le aparece a Odiseo en el Hades es la de Elpénor, su remero más joven: no el más valiente ni el más inteligente. Se emborracha en el palacio de Circe, cae de cabeza de una especie de tejado, muere y queda insepulto. Le pide a Odiseo que lo recuerde, lo creme con sus armas y deje el montículo junto al mar: “para que en el futuro/ la gente se entere de mí y de mis infortunios”. El término antiguo es kleos: la perduración de la leyenda propia.
AQ / MCB