Mesa 2

Ciudad de México /

Llego en mi Uber un poco antes de la hora convocada para la lectura de poesía en voz alta con mis libros en una bolsa de tela. Los anfitriones me reciben con gentileza y me dicen que no tardarán en aparecer mis otros colegas. Camino por la banqueta y pienso en la fatalidad de las expectativas, en cuánto convendría no tenerlas, pero cómo la misma noción de futuro las produce de modo automático. Las mías son simples: que haya público, gente sentada en las diez sillas, quizás hasta de pie; que nadie se vaya, nadie se ponga a revisar su celular y los aplausos sean generosos e incluso se oiga un “¡bravo!” entusiasta. En términos ideales —es decir, si mis expectativas fueran más ambiciosas— habría ejemplares de las obras de los autores participantes, y miembros del público los comprarían y solicitarían dedicatorias. Si bien los cotejos serían inevitables (cola para esa escritora, dos personas para mí), la compensación bastaría para mitigar las incomodidades del ego.

En un mundo imaginario —más justo, claro— las lecturas de poesía no serían gratis y se daría por hecho que los organizadores y las editoriales colaboraron para que los esfuerzos fueran redituables. Sé que mencionar el tema del dinero en esta actividad comunitaria de la poesía —especie de servicio social— es un sacrilegio y que a casi todos los poetas y las poetas les gusta mucho leer sus obras en voz alta y lo conciben como una vocación natural de ese género literario que se equipara, en tono sublime, a la música, en específico al canto, aunque apenas una minoría de poetas cante sus poemas. Sin embargo, hay cierto engaño en esa semejanza. No existen devotos equivalentes a los melómanos, apasionados —no practicantes— de la poesía que la consuman de forma continua, dentro de un contexto de precisión y aprendizaje histórico que les permita identificar qué está ocurriendo en los poemas que leen a solas y luego escuchan en librerías, recintos o auditorios. Los villamelones en la música —por no hablar del futbol— resultan intolerables, pero en la poesía cualquier alusión al conocimiento o a su contraparte, la ignorancia, se considera arrogante, elitista, antidemocrático, mala onda. A fin de cuentas, los poemas son palabras y todas, todos las usamos y entonces qué derecho hay a que sean incomprensibles, extrañas, rebuscadas.

La carrera contrarreloj genera angustia. En una lectura reciente me pasé un minuto del tiempo estipulado, a pesar de que leí mis textos lo más rápido posible. Si se eliminara esta prisa arbitraria podrían apuntalarse los poemas que se van a leer con datos o anécdotas. El público prestaría atención, acaso sólo para comprobar que las referencias en efecto coinciden con lo que se oye.

Seguramente exagero y ofendo. Peor aún: ya me revelé como anticuada. ¿Cuál es mi gancho? No soy transgresora. No propongo riesgos, vanguardias. Camino por la banqueta cabizbaja con mis zapatos negros. Concluida la lectura me subiré a mi Uber y mañana acomodaré mis libros en la repisa.


AQ / MCB

  • Tedi López Mills
  • Ha publicado numerosos libros de poesía, además de cuatro volúmenes de prosa.
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