Por su naturaleza misma nunca se va a terminar La novela inconclusa. No diré que se desarrolla y se narra a solas, como un organismo autónomo con extremidades quizá deformes, aunque funcionales. Noto que cuando jalo uno de los hilos de la trama o aíslo a los personajes o releo los capítulos, mi memoria desconoce el territorio, se atora y se lastima. Pero ignoro si el problema es mío o de la novela. No me cabe la menor duda de que estoy quemando etapas a una velocidad que no le corresponde al esquema con el que reconstruyo algo parecido a una vida paralela a la que tuve y se esfumó hace más de dos años. Supongo que Marina y Magdalena y Tere y la narradora omnisciente –no así la mujer de los zapatos rojos– son mis avatares, y que ahora Tere me permite contar una pequeña historia, aledaña, donde Raúl y ella se maltratan o malinterpretan porque provienen de mundos antagónicos. Lo que me asusta es que en ningún caso tengo la razón, como también me asusta la imposibilidad de imaginar lo que sigue porque carezco de centro, distraída, y me seduce el desorden por lo que promete: en algún momento los pedazos se volverán a juntar y veré la pieza completa de antes. Anoche, en mi lectura de Arthur y George de Julian Barnes, pensé que quizá me convendría utilizar su procedimiento de ir describiendo por secciones a cada personaje con el encabezado del nombre propio. Empezaría con Marina: su infancia, su primer recuerdo, la cara de su mamá, la espalda de su papá, los juguetes rotos en el tapete de la sala, la esfera verde que cuelga del cielorraso; luego, por el vínculo intenso con mi actualidad, pasaría a Tere: su silueta flaca en el espejo del baño, su servilismo, su erotismo torpe, los comentarios de Raúl por teléfono acerca del futuro sin él, sus consejos: “cómprate un vibrador o mastúrbate… hacerlo antes de dormir relaja mucho… aprende a quererte”, la gratitud inexplicable de Tere. A Magdalena le daría la vuelta de nuevo porque su carácter tan literario, a menudo histérico, tiende a ser contagioso y una vez que la convoco no me la quito de encima durante horas (no soy aún Magdalena, pero ella no ceja y temo que me atrape y yo me convierta en la heroína de sus sacrificios: el incendio donde los manojos de pelo se enredan con los escombros y alguien atiza el fuego, me pisa la cabeza.). He visto los paisajes y los he borrado. He oído las voces y las he grabado. Son tres mis sentidos. Son múltiples las fórmulas. Mañana cumpliré con mis obligaciones, cultivaré mi pequeña parcela, guardaré silencio, trazaré el último círculo del infierno. Trabalenguas: ¿mejores las mujeres por mujeres? No se me facilitan las definiciones, pero casi podría asegurar que si la democracia tiene dueño entonces no es verdadera. Hay zonas en mi parque donde la sequía ha improvisado desiertos. Caminaré en sentido contrario, como si nada. Repetiré la regla de mi maestro clandestino: no hay participación que no sea legítima. Hordas de sombras en las bardas. Cuánto lo lamento.
Octavo
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Tedi López Mills
Ciudad de México /
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