Si me pregunto cómo debo pensar, dejo de pensar. ¿Y por qué me lo preguntaría? Para atraer la atención. La tuya, la de él, la de ella, la de ustedes, aunque no los veo, no las veo. Antes sí. Eran caras inventadas o compuestas con los rasgos aleatorios de personas conocidas, cercanas, admiradas, o vistas fugazmente en la calle, conservadas en la memoria, el lugar de las ficciones, con sus propios procedimientos para ir registrando, cribando, peor aún, olvidando sin consultarme a mí, proveedora de la materia prima con la que fabrica recuerdos y me los da, cuando no los pido o, al revés, me los quita cuando los quiero. Lo cual me hace dudar de mi vida interior: ¿quién está ahí? Sé que hay un adentro que nadie percibe. Lo sostiene o contiene el cuerpo. Sé que no puedo demostrar que existe. Lo llamo conciencia. Que yo tenga la mía, tú la tuya, él, ella, ustedes la suya, complica el asunto. Hablo y alguien me responde. Escribo y alguien me lee. Aviento una piedra pequeña en un charco y observo las ondas que provoca la caída en el agua mientras la piedra desaparece.
¿Dónde estoy? En una sala de espera leyendo “Quietud” de Anne Carson, conferencia luego ensayo que se publicó en Critical Inquiry en el otoño de 2021 y en cuyo primer párrafo Carson describe la mente individual y, por lo tanto, colectiva de su público como un lago tranquilo. Anuncia que ella se va a meter en el lago, lo va a perturbar con una “discusión sobre la quietud como inquietud. Es decir, Helena de Troya.” Entiendo el vínculo y extiendo la metáfora del lago hasta convertirla en un símil de la conciencia. Hay una especie de taxonomía: la buena conciencia, la mala conciencia, la conciencia limpia, la conciencia sucia. Es posible, hasta recomendable, hacer continuos exámenes de conciencia. Saña equivale a rabia equivale a inquina. Oigo las voces afuera y decido que no son razonables. Me concentro en la máquina; cómo construirla sin concebirla. No se trata del clásico problema del huevo y la gallina. Yo llegué antes que la máquina, yo puse su idea, su figuración en mi cabeza para que comenzara esta historia. No borro aún la escena original, el principio de todos los principios, el árbol y yo debajo de su follaje como si la sombra fuera el único techo, tres vacas en la línea del horizonte, cuatro locos pateando una pelota y la gente —cuánta gente— gritando “son ustedes tramposos, ineptos, corruptos” y los seguidores de la gente exigiendo un sacrificio, blandiendo hojas de papel, reclamando que esos documentos no los hizo ningún ser humano: las frases tan cortas, los tonos tan neutros. Pero yo vi formas todavía sin contenido, les puse nombre, les asigné números, las llené de palabras: ¡no fue la máquina, nunca fue la máquina!
Vuelven los falsos negativos y los falsos positivos, los expertos y las expertas. Carson cita a Safo: “un espíritu de calma sin viento”. Yo cito el verso inicial de Incurable de David Huerta: “el mundo es una mancha en el espejo”. ¿Qué significa?
AQ / MCB