Cambiar el ángulo

Ciudad de México /

El domingo en Oaxtepec vi a adolescentes de Palestina tomarse fotografías con jóvenes de Estados Unidos. Vi a chicos de Ghana intercambiar playeras con equipos de Inglaterra. Vi a niñas y niños que crecieron en contextos de calle ponerse por primera vez el uniforme de un país. Y vi algo más difícil de explicar: en ese ambiente de comunidad, la desigualdad parecía perder fuerza.

Eso hace el futbol.

La Street Child World Cup nació en Sudáfrica en 2010 y desde entonces se realiza antes de cada Copa Mundial. Este año México es la sede y el IMSS tiene el privilegio de organizarlo. Llegaron 30 equipos de todo el mundo: Brasil, Bolivia, Kenia, Pakistán, India, Alemania, República Democrática del Congo, Canadá, Egipto, Argentina y muchos otros países. Y dos equipos sin bandera nacional, pero con mucha historia: los ikoots, comunidad indígena del Istmo de Tehuantepec, y el Borussia Acnur, integrado por jóvenes refugiados.

Todos ellos, jugadoras y jugadores de entre 14 y 17 años que, en muchos casos, han vivido violencia, abandono, pobreza extrema o desplazamiento. 

Pero el torneo hace algo profundamente inteligente: cambia el ángulo de la cámara.

Porque a menudo el mundo mira a estos jóvenes desde la carencia. Lo que no tienen. Lo que les falta. El futbol hace lo contrario: revela liderazgo, creatividad, disciplina, imaginación, amistad y resiliencia.

Quizá por eso es el deporte más democrático del planeta.

La pelota no distingue idioma, religión o dinero. Pelé salió de la pobreza en Brasil. Maradona nació en Villa Fiorito. Cristiano Ronaldo creció en Madeira en el seno de una familia humilde. Ninguno parecía destinado a convertirse en símbolo global. Pero el futbol tiene esa capacidad extraordinaria de hacer posible lo imposible.

Aunque a veces olvidemos mirar la complejidad humana detrás de los símbolos.

Pensé mucho en eso al visitar a los chicos que participan en la Street Child World Cup. Porque el futbol produce algo más importante que estrellas. Produce pertenencia.

Algunos de ellos recibieron recientemente, por primera vez en su vida, un documento oficial con su nombre y nacionalidad reconocidos. Parece algo pequeño, pero no lo es. Tener identidad reconocida cambia la forma en que una persona se mira a sí misma. Y la forma en que el mundo la mira.

Porque nadie debería crecer sintiendo que sobra.

Y por eso también fue significativa la visita de los luchadores mexicanos. Kemalito, Tengu, Robin y Atlantis Jr. llegaron con máscaras y algo más profundo. Porque en México, el luchador enmascarado representa la posibilidad de reinventarse. Importa menos de dónde vienes que la manera en que peleas, las veces que te levantas y el corazón que muestras arriba del ring. Alguien que ha sido invisibilizado puede convertirse en héroe frente a los ojos de los demás.

En México lo sabemos bien. Somos un país marcado por desigualdades profundas, pero también por una enorme capacidad de resistencia y reinvención. Quizá por eso aquí el futbol es barrio, refugio emocional y comunidad. No es casualidad que seamos por tercera vez sede de un Mundial de futbol.


  • Zoé Robledo
  • Director general del IMSS, escribe todos los martes su columna "¿Qué hicimos?" en Milenio diario
Más opiniones
MÁS DEL AUTOR

LAS MÁS VISTAS

¿Ya tienes cuenta? Inicia sesión aquí.

Crea tu cuenta ¡GRATIS! para seguir leyendo

No te cuesta nada, únete al periodismo con carácter.

Hola, todavía no has validado tu correo electrónico

Para continuar leyendo da click en continuar.

Suscríbete al
periodismo con carácter y continua leyendo sin límite