M+.- Era domingo, afuera de la primaria Gabriela Mistral, en la comunidad de Duranes de Arriba, municipio de Valle de Santiago, al sur de Irapuato, Guanajuato; varias personas permanecían reunidas como acostumbraban hacerlo los fines de semana. Conversando.
Entonces aparecieron los hombres de la motocicleta. Al principio, para Celestino eran simplemente dos personas más pasando por la comunidad.
“Miren, pues nosotros como no nos sorprendió porque y es que nosotros con nuestro pecho bueno y sano, ni uno era tomador, pero nosotros lo tomamos como moto, como cualquiera, pues, ya que a veces pasan en motos y todo”, recuerda.
Después vio las armas y comenzaron los disparos; una ráfaga, luego otra.
Celestino vio que los agresores disparaban primero hacia el exterior de una tienda. Después, asegura, giraron hacia donde estaban reunidos él, sus familiares y otros habitantes frente a la escuela.
Entonces pensó: “Ya valió madre aquí (...) Mi cuerpo hizo la lucha de defenderse”.
No recuerda haber sentido miedo en ese instante. No porque no existiera, simplemente no hubo tiempo.
“Mira, es que son cosas que no se espera la gente. Al momento yo no sentí miedo, no sentí nada, porque mi cuerpo hizo la lucha de defenderse”, relata en entrevista a MILENIO.
Entre las personas que intentaban protegerse había primos y sobrinos suyos; todos buscaron dónde cubrirse mientras las balas atravesaban el lugar.
Celestino alcanzó a observar nuevamente a los atacantes.
“Estaba al lado de la escuela. Miré a los putos para allá y luego miré que voltearon para acá, y me agaché”, recordó.
Ese movimiento pudo haberle salvado la vida. Cuando cesaron las detonaciones, tres hombres habían muerto y otras cinco personas estaban heridas.
La convivencia de domingo había terminado convertida en una escena de terror.
Entre 30 y 50 disparos retumbaron en las casas
Josefina González no estaba frente a la escuela; vive aproximadamente a 150 metros. Pero escuchó todo.
“Uy, como unos… treinta, cuarenta, cincuenta yo creo que eran”, relata.
Los disparos llegaron hasta su casa como una sucesión difícil de contar. Cuando dejaron de escucharse, Josefina salió para tratar de entender qué había ocurrido y alcanzó a ver personas heridas. Después regresó.
“Me vine para la casa bien asustada”, comentó.
Para los habitantes de Duranes de Arriba, asegura, aquello no formaba parte de la vida cotidiana de la comunidad.
“No, nunca habíamos pasado eso”, señaló.
La violencia también llegó hasta la escuela. Después del ataque, los maestros avisaron mediante mensajes telefónicos que las clases serían suspendidas.
“Pues los maestros nos mandaron decir en el teléfono”, cuenta Josefina.
Ocho agujeros en la escuela y cal sobre la sangre
Un recorrido realizado por MILENIO permitió dimensionar algunas de las huellas que dejó la agresión. En las bardas perimetrales de la primaria Gabriela Mistral fueron localizadas al menos ocho perforaciones compatibles con impactos de proyectil, distribuidas a diferentes alturas.
Algunas tenían una profundidad aproximada de 12 centímetros.
Celestino asegura que los agresores utilizaron armas largas. Será el peritaje de la Fiscalía General del Estado de Guanajuato el que determine oficialmente el tipo y calibre de las armas utilizadas.
Mientras MILENIO recorría el lugar, alrededor de cinco camionetas de la Fiscalía regresaron a la comunidad. De ellas descendieron aproximadamente 15 agentes.
Los investigadores se concentraron en un poste ubicado cerca del sitio del ataque; ahí había una cámara de videovigilancia, así que los agentes la retiraron.
Las imágenes podrían convertirse en una pieza importante para reconstruir la llegada y la huida de los responsables.
En el suelo también permanecían otras marcas. En al menos cinco puntos había cal colocada sobre las manchas de sangre que dejó la agresión.
Pero entre los indicios de violencia sobrevivió una imagen completamente cotidiana. Una botella de Coca-Cola prácticamente llena.
Estaba abandonada junto a dos guayabas; nadie había regresado por ellas, así que José Luis salió a convivir y ya no volvió.
Uno de los tres hombres que murieron se llamaba José Luis Guevara Vázquez. Tenía 38 años.
Era trabajador del campo, esposo de María Guadalupe y padre de un niño que apenas tiene tres años.
Desde hacía aproximadamente una década vivía en Duranes de Arriba, donde había formado su familia.
Su suegro, Alfonso, cuenta que José Luis no tenía un empleo fijo. Trabajaba donde hubiera una jornada disponible y alguien necesitara manos para las labores agrícolas.
“Él se comunicaba donde lo ocuparan aquí. Así nada más, este, como que él dice, un día de campo así, donde lo ocuparan así”, explica.
Así sacaba adelante a María Guadalupe y a su hijo. El domingo estaba entre las personas reunidas cerca de la escuela cuando comenzaron los disparos.
Una bala lo alcanzó en el cuello y quedó gravemente herido.
Personas cercanas a la familia relataron que inicialmente intentaron trasladarlo para recibir atención médica, pero comenzó a perder demasiada sangre, pero no alcanzó a llegar al hospital. Murió en el lugar.
Después comenzó otra espera para su familia. La de los trámites, las diligencias y la entrega del cuerpo.
“Yo no sé cómo andan ellos con sus trámites y todo eso”, decía Alfonso mientras la familia intentaba entender qué seguía.
La última coquita
Otra de las víctimas era Candelario “N”. Su prima, Guillermina Corona, lo recuerda como un hombre dedicado al campo.
Candelario tenía un pequeño terreno del que obtenía parte de lo necesario para vivir; no acostumbraba beber alcohol, asegura ella, y tampoco consumía drogas.
Los domingos, de vez en cuando, salía simplemente para distraerse.
“Él, pues, no era, nada más que a veces el domingo se salía a distraerse un ratito. Porque él, pues, no tomaba nada”, recordó Guillermina.
Había un pequeño gusto que Guillermina recuerda. Una Coca-Cola.
“Sí traía un cinco, si al caso de cada cuando se compraba su coquita”, comentó.
El domingo del ataque, Candelario ya había regresado a su casa, pero volvió a salir.
“Ya se había venido… pero, pues, dijo: ‘Ahorita vengo’. Y se fue, y ahí se sentó con los señores. Nunca regresó", contó.
Cuando MILENIO recorrió al día siguiente el lugar donde ocurrió la agresión, encontró aquella botella de Coca-Cola prácticamente llena junto a dos guayabas.
No es posible establecer a quién pertenecía, pero la imagen inevitablemente recuerda la rutina que Guillermina describe cuando habla de su primo: salir un domingo, sentarse un rato con los vecinos y, de vez en cuando, comprarse “su coquita”.
Esta vez la bebida quedó ahí; siete horas esperando los cuerpos.
El ataque ocurrió alrededor de las 13:00 horas del domingo, por lo que las familias tuvieron que esperar. Los peritos trabajaron durante horas en el lugar mientras los cuerpos permanecían en la zona.
Según Guillermina, fue aproximadamente a las 20:00 horas cuando finalmente fueron retirados.
“Los recuperaron, los recogieron hasta las 8 de la noche”, mencionó.
Para entonces, Duranes de Arriba ya no era la misma comunidad en la que unas horas antes un grupo de vecinos se había sentado a pasar el domingo.
Había tres muertos, cinco heridos, una escuela marcada por los proyectiles y familias esperando respuestas, y existía miedo.
“Pues mucha gente se va inocente. La mera verdad, que se llevan entre los pies a gente inocente”, lamenta Guillermina.
“Nunca habíamos pasado eso”, lamentó.
La Fiscalía continuó este lunes con las investigaciones para identificar a los responsables y establecer el móvil del ataque.
La cámara retirada frente a la escuela forma parte de los indicios que podrían ayudar a reconstruir lo ocurrido.
Mientras tanto, en Duranes de Arriba quedaron las huellas; los agujeros en la barda de la primaria, la cal sobre la sangre y clases suspendidas.
El recuerdo de una motocicleta que, cuando apareció por primera vez, a nadie le pareció extraña, pues Celestino la vio llegar. Después vio las armas, escuchó los disparos, se agachó y sobrevivió.
- José Luis, trabajador del campo y padre de un niño de tres años, no pudo hacerlo.
- Candelario, que había dicho en casa “ahorita vengo”, tampoco.
- Sobre el suelo quedó una Coca-Cola casi llena junto a dos guayabas.
Una imagen mínima frente a la magnitud de tres muertes.
Pero quizá suficiente para explicar cómo terminó aquel domingo en Duranes de Arriba: la vida cotidiana quedó exactamente donde la sorprendieron las balas.
KL