DOMINGA.– Esta es la historia de un hombre que nació en Badiraguato, Sinaloa, y que gracias a sus dotes académicos –y la fortuna– se convirtió en gobernador de su estado. No concluyó un sexenio: su mandato se vio achicado por circunstancias externas. Su nombre quedó ligado al narcotráfico en los libros de historia. Si estás pensando que el protagonista de esta historia es Rubén Rocha Moya, estás equivocado. Antes de él, un hombre caminó ese sendero. Es su vida paralela: el militar Eliseo Quintero, exmandatario sinaloense, badiraguatense y traficante de opio [como documenta De Sinaloa para el mundo, de Froylán Enciso].
Antes de que Badiraguato cargara con el estigma de ser la cuna de sanguinarios narcotraficantes, como El Chapo Guzmán y los hermanos Beltrán Leyva, ese pueblo del noreste sinaloense en la Sierra Madre Occidental se caracterizó por su riqueza minera, especialmente de oro. Entre los siglos XVI y XIX, sus habitantes se beneficiaron de los minerales que extraían de las montañas que hoy sirven de escondite para algunos miembros del viejo Cártel del Pacífico.
En ese lunar en la piel de México nació un hombre llamado Eliseo Quintero Quintero. Sus biógrafos no conocen con precisión su natalicio, pero calculan que su acta de nacimiento se fechó cerca de 1885, una época en la que el analfabetismo campeaba por México, especialmente en las zonas rurales. En el primer Cuaderno de Estadísticas de la Educación del Instituto Nacional de Estadística y Geografía se registró, por aquellos años, que ocho de cada 10 mexicanos no sabía leer ni escribir.
En el privilegiado 20% estaba Eliseo Quintero, cuya familia lo envió con esfuerzo al Colegio Civil Rosales en Culiacán, según las memorias del cronista de Badiraguato, y exdiputado federal, Óscar Lara Salazar. Pero no permaneció mucho tiempo en las aulas: volvió a su pueblo por necesidad económica con el conocimiento suficiente para convertirse en una persona destacada en el pueblo.
Su aprendizaje le valió el nombramiento de juez menor en su comunidad, una especie de impartidor de justicia que dependía del conocimiento de los libros y el sentido común. Sin embargo, debido a errores en el proceso legal sobre el asesinato de un estadounidense, Eliseo Quintero fue encarcelado por el régimen de Porfirio Díaz. Una herida que lo acompañaría por el resto de su vida.
“Fui entregado a mis verdugos y envuelto en un proceso, sin tomar en cuenta la ley que me favorecía ni las múltiples atenuantes que hablaban elocuentemente de mi defensa. Del tribunal no recibí noticia alguna”, contó Eliseo Quintero al cronista Óscar Lara, publicado en La Voz del Norte en 2010, en una amarga queja sobre cómo lo traicionó el mismo sistema al que sirvió por años.
Para estos tiempos ya soplaban los vientos del movimiento revolucionario contra la dictadura porfirista y los rebeldes solían llegar a pueblos, abrir las prisiones y reclutar a quienes se sentían agraviados por el gobierno, especialmente quienes sufrían condenas excesivas. Durante una de esas revueltas, se abrió la puerta de la celda de Eliseo Quintero y él volvió a su comunidad Santiago de los Caballeros en Badiraguato con deseos de venganza: unirse a las filas del general sinaloense Juan M. Banderas, un férreo defensor de Francisco I. Madero, para tirar la dictadura.
Eliseo Quintero resultó un gran rebelde. Participó en la toma de Culiacán el 30 de mayo de 1911 y guerreó contra villistas y orozquistas. Por su buen trabajo se le delegó el control militar de Badiraguato con unos 100 hombres a su cargo hasta 1917. Por esa responsabilidad obtuvo un grado castrense y se le conoció, desde entonces, como el Mayor Eliseo Quintero. Aquello sellaría su destino para siempre.
“El general Ramón F. Iturbe, entonces candidato a la gubernatura de Sinaloa, impulsó también a Eliseo Quintero para que contendiera por la diputación por el distrito de Badiraguato. Siendo don Eliseo un hombre consciente de sus limitaciones no aceptó. Pero en mayo de 1917, al regresar a Badiraguato, se encontró con la novedad de que ya era diputado electo y formó parte del constituyente, cargo que cumplió a cabalidad”, recuerda Carlos Bastidas Calderón, fundador de CuliacanBlogs y de WikiSinaloa.
A principios de 1919, siendo diputado a la fuerza, el nuevo gobernador sinaloense Ramón F. Iturbide volvió a decidir por él: le anunció que haría un largo viaje a la capital del país para discutir la bancarrota del estado, pedir apoyo al líder Venustiano Carranza y que su deseo era que un militar pudiera quedarse en su puesto. Ninguno estaba disponible, así que le informó que había sido elegido: el Mayor Eliseo Quintero sería, queriéndolo o no, por las buenas o las malas, gobernador interino de Sinaloa. El primer badiraguatense en la silla grande de la entidad.
“Pues si ustedes me lo imponen –dijo Eliseo a sus compañeros diputados– vamos a compartir las responsabilidades y el ridículo. Lo vamos a repartir en tres partes: en el Congreso porque me nombran, en el general porque entrega a quien no debería entregar y en mi por no aceptar”, escribió el historiador y periodista Froylán Enciso en su libro De Sinaloa para el mundo (2024).
En esa investigación, Froylán Enciso perfila a ese militar por accidente y político por azar: el Mayor Eliseo Quintero gobernó a regañadientes de marzo a diciembre de 1919, tiempo suficiente para deformarse en un hombre de leyes y justicia a mandatario interino corrupto que invirtió recursos públicos en negocios personales.
Y es que ya fuera del poder, en 1921, el badiraguatense demostró ser un pésimo administrador de los negocios creados al amparo del peculado: quebró su empresa mercantil y financiera y en un intento desesperado por amasar riqueza pidió una concesión para explotar oro y plata en terrenos al norte de Sinaloa, aprovechando que en Badiraguato las minas estaban en pleno apogeo.
“Sin embargo, los negocios mineros tenían el gran problema de estar a merced de los precios del mercado internacional, porque el oro y la plata se destinaban a la exportación [...]. En algún punto de los años 1930, Eliseo debió percatarse que la producción y comercialización del opio era un sustituto ideal al oro: era un producto renovable, había gran cantidad de mano de obra lumpen para producirlo en los inaccesibles, pero fértiles terrenos de la sierra.
“Las crisis políticas y financieras internacionales parecían favorecer sus precios y, desde su posición de combatiente en la Revolución, Eliseo podía negociar los intentos de regulación de la oferta por parte de los gobiernos de México y Estados Unidos [...] Para quien tenía contactos adecuados en el gobierno, el secreto para conseguir que el opio tuviera el mismo papel que tuvo el oro en su economía familiar estaba en conseguir un buen contacto con el mercado internacional de las drogas”, escribe Froylán Enciso.
La transformación estaba por cumplirse: de primer gobernador sinaloense de Badiraguato a traficante de altos vuelos.
Dos gobernantes de Sinaloa manchados por el tráfico de drogas
Leo la biografía del Mayor Eliseo Quintero y encuentro algunas similitudes con la vida de su paisano badiraguatense, el morenista Rubén Rocha Moya . Además de compartir el municipio de nacimiento y de tener periodos abreviados en el poder, hay dos semejanzas importantes: la resistencia inicial a dedicarse a la política y la mancha del tráfico de drogas.
El ahora gobernador con licencia –defenestrado por las acusaciones en Estados Unidos de ser cómplice de Los Chapitos– no soñaba con ser mandatario. O, al menos, eso parece leyendo su biografía: Rocha Moya salió de Badiraguato para convertirse en maestro rural de Matemáticas y Física. La docencia lucía como su única vocación. Sin embargo, emocionado por una revolución educativa se unió a los movimientos estudiantiles de la Universidad Autónoma de Sinaloa, dominada por fuerzas conservadoras. Guardadas las proporciones, tirar el viejo régimen de la universidad era el equivalente local a tumbar a un dictadura que se había apropiado de la educación superior en el estado.
El joven Rocha Moya usó sus dotes de orador para escalar y convertirse en secretario general antes de ser elegido rector para el periodo 1993-1997. Era elogiado por sus conocimientos, pero más por sus resultados como un destacado soldado de la izquierda en el ámbito educativo: fue un importante arquitecto de infraestructura escolar para los más pobres y eso lo consolidó como un académico que tres veces se postuló como candidato a la gubernatura desde el Partido Socialista Unificado de México, el Partido de la Revolución Democrática y, finalmente, bajo los colores de Morena con un programa progresista bajo el brazo.
Rocha Moya coincidió con otro político tozudo que logró ser presidente de México también en su tercer intento: Andrés Manuel López Obrador, su amigo, a quien apenas le lleva cuatro años y quien le pidió en 2017 hacerse cargo de la misión de introducir a Morena en un estado donde el PRI parecía una fuerza invencible.
Esa tercera campaña por la gubernatura es clave para entender su transformación: con 72 años, en 2021, parecía su última oportunidad para llegar al puesto anhelado. Y según el relato del Departamento de Estado de los Estados Unidos, el morenista usó su capital como senador con licencia del partido en el poder para garantizar su triunfo negociando con Los Chapitos mediante un trueque sencillo: a cambio de apoyo electoral, impunidad para traficar drogas hacia Estados Unidos.
Hoy, además la Fiscalía General de la República lo investiga como presunto colaborador del crimen organizado. Sea cual sea el resultado de los procesos judiciales en México y Estados Unidos, Rocha Moya cargará con el estigma que muchos de sus paisanos han tratado de sacudirse: la falsa noción de que origen es destino. Que sí pudo salir de Badiraguato, pero lo peor de Badiraguato no salió de él.
Conectes con productores de opio y contrabando de drogas
Al igual que la biografía de Rubén Rocha Moya, la del Mayor Eliseo Quintero es la de un hombre destacado en su pueblo por sus conocimientos y rodeado de acusaciones que empañan su trayectora: según Froylán Enciso, una vez que salió del gobierno interino de Sinaloa organizó sus conectes con los productores de opio y se mudó a Culiacán con su esposa e hijo para operar el redituable negocio de contrabando de drogas ilegales. Un negocio negro pero millonario. El seguro financiero de vida para la familia.
“A principios de los años 1940, la gente de Culiacán sabía y murmuraba sobre el comercio de opio de la familia de Eliseo Quintero”, se lee en el libro De Sinaloa para el mundo. “El opio era ese comercio socialmente tolerado que permitía a los Quintero capitalizarse de vez en vez cuando se lograba una buena venta”. En los años siguientes, el apellido Quintero en Sinaloa daría mucho de que hablar en el narcotráfico: desde Lamberto Quintero hasta Rafael Caro Quintero, El Narco de Narcos, quien provocaría una crisis diplomática con Estados Unidos tras el secuestro, tortura y homicidio del agente de la agenca antidrogas, la DEA, el agente Enrique Kiki Camarena.
El negocio del Mayor Eliseo Quintero fue un esquema comercial funcional, según el autor, hasta que policías sanitarios de la Ciudad de México aprendieron a uno de sus primos, Pedro Quintero, por narcotráfico. El arresto llevó a una vigilancia permanente y a que las autoridades idearan un plan para detener a los colaboradores del exgobernador interino: se harían pasar por compradores de goma de opio para atrapar en flagrancia a la red de traficantes de Badiraguato.
La celada dio resultado y del operativo resultó en la detención del hijo del exgobernador interino, Herminio Quintero. La solución al problema fue relativamente sencilla: apoyado en la buena fama del apellido, el hijo del Mayor se declaró inocente, argumentó que no estaba involucrado en ninguna actividad ilegal y aprovechando la xenofobia que en aquellos años imperaba al norte de México le echó la culpa a un empresario de origen chino, Juan Ching, a quien señaló como el verdadero origen de todos los males. La justicia quedó satisfecha, desestimó los cargos y los Quintero operaron con impunidad durante muchos años más el negocio del opio.
En paralelo con la vida de Rubén Rocha Moya, sus hijos también se encuentran bajo vigilancia del gobierno de Estados Unidos, acusados de recibir millones de pesos en contratos públicos a través de una red de testaferros que incluyen a personeros del Cártel de Sinaloa. El señalamiento –que aún debe comprobarse en las cortes judiciales– recuerda cómo una empresa criminal familiar puede romperse por el lazo más inexperto.
Hoy, las vidas de ambos no sólo están enlazadas por las historias de poder y drogas. También tienen una conexión física: las estatuas de ambos se acompañan afuera del Palacio Municipal de Badiraguato, un municipio aún infranqueable por los halcones que vigilan el ingreso de cualquier foráneo, a quien devuelven a punta de pistola si no acredita un parentesco con alguno de los 26 mil habitantes (censo 2020) que aún quedan en el pueblo.
“En honor a que Rocha Moya nació en la comunidad de Batequitas y ahora dirige el Estado, el Gobierno de Badiraguato decidió situar su estatua en la entrada del Palacio Municipal para que sirva de inspiración para las nuevas generaciones que crecen en el municipio que sueñan con llegar a ser Gobernador o Presidente de México”, publicó un medio local el día de la inauguración del busto del morenista.
Ahí se acompañan los dos hijos predilectos del pueblo, pese a sus manchas. Los exgobernadores imperfectos. Los plebeyos más divinos.
GSC