• El rapero de Dios: “El de arriba me respalda, siempre me protege, ando con el Jefe de los Jefes”

  • Es el nuevo evangelio. Entre el corrido tumbado, el rap y la estética de la guerra, divide a cristianos y conquista a miles de jóvenes que siguen los cantos bélicos y religiosos de Christopher Jiménez.
Ciudad de México /
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DOMINGA.– Si mutearas las bocinas y sólo vieras la pantalla, este video te parecería cualquier contenido de rap gángster pero no lo es. El vocalista usa un chaleco táctico, cadenas de plata y un reloj pesado estilo buchón. Hace con las manos los típicos movimientos de quien canta narcocorridos, mientras posa junto a armas cortas y largas. La canción se llama “El Jefe de Jefes”, el célebre alias de Miguel Ángel Félix Gallardo, el capo que formó a Joaquín El Chapo Guzmán.

Parece lo usual… hasta que subes el volúmen: “El de arriba me respalda, siempre me protege / Aunque yo soy débil su gracia me hace fuerte / Ando con el Jefe de los Jefes / Todo lo puedo en Cristo que me fortalece”, rapea Christopher Jiménez, de 36 años, uno de los mayores exponentes de un género músical tan nuevo como contradictorio: el corrido tumbado cristiano y el hardcore del rap religioso.

Es música tan controversial que, incluso alabando a Dios, Christopher tiene detractores cristianos que critican que use los íconos de lo peor de la guerra contra el narcotráfico. También tiene un canal de YouTube con 762 mil seguidores y un perfil de Facebook con más de 600 mil amigos que lo siguen religiosamente. Su proyecto se llama Apóstoles del Rap y él es el líder: se viste de alucín, de marino, de juez, de convicto rapeando y cantando corridos frente a camionetas de lujo sobre las enseñanzas de Jesucristo.

“¿Por qué salen chalecos antibalas en mi video? ¿Por qué salen armas? Porque en medio de ese ambiente todavía hay una esperanza. La gente podría pensar que estoy promoviendo eso y es todo lo contrario: estoy diciendo que este mundo tal vez seguirá siendo malo, pero en medio de ese ambiente la luz de Jesús sigue brillando. Ese chaleco no representa que yo estoy a favor de eso, representa que vivo en ese lugar”, me dice con su peinado de rastas que lleva como corona.
Christopher Jiménez es uno de los mayores exponentes de los corridos tumbados cristianos | Cortesía

Christopher es un hijo de la guerra contra el narco. Nació en 1989 en Monterrey, Nuevo León. Tenía diecisiete años cuando se militarizó la seguridad pública del país, dieciocho cuando Los Zetas llegaron a su ciudad y veintidós cuando ocurrió el atentado del Casino Royale que enlutó a la Sultana del Norte. Y antes de eso, a los once años, fue un niño enfermo de cáncer cuya frágil salud llevó a sus padres a convertirse al cristianismo para entender por qué Dios ponía semejante carga a una familia de pocos recursos. Es la mezcla de dos países: el México “siempre fiel” y el México de “llegamos a pelear la plaza”.

“Hasta los dieciocho años es que empiezo a ir a la iglesia. Mi mamá me lleva y ahí alguien me habla de Dios. A partir de ahí, como que ya mi vida tiene un propósito y un enfoque diferente. Mi mamá tiene trastorno bipolar y mi papá también. ¿Dónde está Dios cuando la familia no sana? A pesar de que tengo fe, sigo viviendo con los mismos problemas y dificultades. Durante muchos años me prometieron que todo se iba a arreglar y ahora creo que si Dios lo arregla, está bien; si no lo arregla, al menos está conmigo y no estoy solo en estos momentos”, cuenta Christopher, quien ahora vive en Guadalupe, Nuevo León.

Llegó a la iglesia como aficionado del rap, donde un pastor le dijo que no tenía que cambiar sus gustos musicales si los enfocaba a Dios. Lo hizo. Su primera canción cristiana la dedicó a su mamá. Luego, a la feligresía. Y a la pandilla, a los chavos de la calle, a los enfermos. Y entonces vino el éxito: “El Jefe de Jefes” suma doce millones de reproducciones. Y luego la polémica: “Soy un soldado” tiene cinco millones y sigue creciendo. En ese video –también llamado “Call of Duty cristiano” en alusión al videojuego de tirador– Christopher usa botas militares, uniforme azul como de la Secretaría de Marina y avanza con su tropa por un campo de guerra que tiene vehículos quemados y bidones como los que usa el crimen organizado para disolver personas. Llevan máscaras de gas, pintura táctica en la cara y chalecos antibalas. Pero en sus manos, como un arma, los Apóstoles del Rap cargan biblias y fingen emboscar almas perdidas.

“Usamos la música como herramienta, camuflajeados con una hoddie / Llevando el mensaje del evangelio al enemigo le hacemos [click-click] / Mantengo la humildad, yo no me vi bola, newbie / Le disparo a mi orgullo como Call of Duty / Sigo firme en mis convicciones aunque / En mi contra venga el mundo entero / De lo vil y menospreciado Dios nos escogió para hacernos guerreros / Cuando doblamos rodillas y oramos los demonios tiemblan de miedo”.

“Me criticaron mucho pero representaba eso: una realidad que se vive y que nosotros podemos ser soldados de Jesús siguiendo lo que Él nos pide y que Él sea nuestro capitán. Entonces yo no entiendo por qué algunos cristianos se molestan si es una representación artística, como cualquier otra. No estoy diciendo literalmente que vamos a matar gente, sino que vamos a hacer lo que Jesús nos dice”, se define Christopher. En el video, su tropa captura a un enemigo, lo amordaza al estilo de los cárteles y le enseña la Biblia. El rival se vuelve cristiano y canta con ellos.

Biblias en lugar de armas. La narrativa de los "Apóstoles del rap" es convertir al rival en cristiano | Especial

El rock y el rap cristianos: música del diablo y música de criminales

Para ir a los orígenes de los Apóstoles del Rap hay que dar un salto hacia atrás del tamaño de seis y siete décadas. En los años sesenta, con el inicio de movimientos contraculturales que fomentaban una sexualidad más libre, la experimentación de drogas psicodélicas y el desafío a figuras tradicionales de seguridad, surgió también una generación de jóvenes que se sintieron confundidos por esos nuevos caminos y buscaron respuestas en liderazgos carismáticos dentro de las iglesias cristianas. A esa legión se le conoció como Jesus People Movement, es decir, jóvenes principalmente del sur de Estados Unidos que mantuvieron la indumentaria hippie, la formación de comunas y el lenguaje de amor y paz del rock de aquellos años, pero sustituyeron la psicodelia y la protesta por los dones espirituales de la Biblia y la evangelización.

De ese movimiento surgió la Jesus Music, una mezcla de rock y folk que fue fundamental para el crecimiento de la música cristiana en el mundo. La mayoría de sus primeros exponentes, como Lonnie Frisbee y Chuck Smith, eran nuevos cristianos que siguieron tocando la música que conocían antes de su conversión, pero ahora con un mensaje religioso. Y como no eran pastores tradicionales, en lugar de recitar versos –como la música sacra– incorporaban sus vivencias y sus propias metáforas. El cambio molestó a los más conservadores de la Iglesia, pero atrajo a nuevos adeptos que se sentían fascinados por las nuevas letras, especialmente jóvenes y niños.

“En una fusión aparentemente contradictoria, el rock de la contracultura hippie ayudó a reproducir el evangelismo conservador. La guitarra eléctrica, los conciertos y los músicos de cabello largo hicieron culturalmente aceptable un cristianismo más juvenil, informal y comercial”, escribió el historiador Larry Eskridge en su libro God’s Forever Family (Oxford University Press, 2013).

El rock cristiano dividió a la Iglesia. Uno de los pastores estadounidenseses más populares de esa época, Bill Gothard, llamó a su boicot calificándolo de “música del diablo”. Muchos músicos cristianos huyeron de las iglesias, pero se llevaron consigo a sus fanáticos. Ante su creciente popularidad, la radio comercial de los años setenta adoptó a músicos como All Saved Freak Band, Gentle Faith, Petra y más, que sonaban en los programas más populares a petición del público. El concepto de “movimiento” se terminó. El rock cristiano se volvió mainstream.

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Una década más tarde, en los ochenta, emergió el rap cristiano, cuando las radios comerciales comenzaron a darle cabida en su programación al hip hop y al rap desarrollado en comunidades afrodescendientes y latinas. Había sido un largo trayecto para sus exponentes, pues la mayoría había sido vetada de los circuitos más escuchados debido a que el género reflejaba la violencia y pobreza de las comunidades más marginadas. Para los detractores, el rap y el hip hop era música de criminales que atentaba contra las buenas costumbres y envenenaba a la juventud; para sus exponentes, era el espejo de una sociedad que existía en las orillas del sueño americano y que millones se negaban a admitir.

Como pasó con el rock tradicional, los raperos cristianos mantuvieron los símbolos originales del género: beats, ropa, joyería, autos escandalosos, pero cambiaron las letras. Y llevaron sus rimas bíblicas a pequeñas escenas subterráneas con promoción de mano en mano. Poco a poco crearon una comunidad que empezó a pedir que sus ídolos también sonaran en las estaciones que dominaban Tupac Shakur, Dr. Dre y LL Cool J. Para algunos, hubo apertura; otros tuvieron que crear sus propios sellos discográficos de rap y hip hop cristiano, como el independiente Gotee Records creado en 1994.

Durante la siguiente década, los raperos cristianos de Estados Unidos se mantuvieron al margen de la radio comercial, mientras el género empezó a crecer con fuerza en América Latina. En México, el caso más conocido es el de Fermín IV, conocido por haber sido la voz grave del exitoso grupo Control Machete. Tras años de éxitos como “Sí Señor” y “Comprendes Mendes”, Fermín abandonó el grupo y se dedicó a hacer música cristiana, que llegó a tocar junto a U2 y David Bowie.

Y la música por plataformas lo volvió a cambiar todo: sin la necesidad de la radio convencional, el rap cristiano creció rápidamente con artistas como Vico C, Alex Zurdo, Aposento Alto y muchos más. Mexicanos, puertorriqueños y brasileños lideran los tracks de América Latina. Todos polémicos, todos polarizantes como los primeros exponentes de la “Música de Jesús”. Pero probablemente nadie tan extremo como Christopher Jiménez y sus Apóstoles del Rap que han llevado la música cristiana hasta rozar el corrido tumbado.

Niños y jóvenes cantan tumbado y rapean, son los hijos de la guerra

“En la pechera nuevos testamentos / Tranquilo estoy si a la muerte enfrento / Jesús al cielo compró mi boleto / Aún si en el banco no tengo dinero / Estoy facturando en mi cuenta del cielo / En mi radio no suena ningún cochinero / Música cristiana retumbando en mi estéreo”.

El público de Christopher Jiménez está conformado principalmente por niños y jóvenes. Lo buscan en redes y siguen sus pasos. Comentan sus videos en YouTube y lo llenan de bendiciones en posteos de Instagram. Muchos corren cuando lo ven en persona y lo abrazan, como si hubieran encontrado en él a una voz única que les habla de Dios en su idioma: el corrido, el rap, lo belicoso. También son hijos de la guerra. Uno de sus fanáticos le escribe: “Jesús es peso completo, los demonios son Peso Pluma, ¡mi barra favorita!”.

“Sí, hay un montón de días que digo: entiendo que está contra de mí la gente que no cree en Dios, pero ¿por qué los cristianos me critican? Está complicado así. No está chido, pero por esas personas en las que yo me veo reflejado, que algún día fui esa persona que necesitaba la ayuda de alguien y escuchar que hay esperanza, aunque sea de alguna manera, es que sigo haciendo música”, me cuenta.
El público de Christopher está conformado de jóvenes y adultos | Especial
No ha sido una carrera fácil: Christopher aún recuerda que comenzó a rapear con un público de cinco personas. Ha estado en comunidades para adolescentes en conflicto con la ley, anexos para personas con adicciones y reclusorios. En pueblos violentos como Miguel Alemán, Tamaulipas, o lejanos en la sierra cuyo nombre no puede recordar. Y también ha dado conciertos masivos como el del Centro de Convenciones de Oaxaca, donde convocó a unas cinco mil personas, un hito para la música cristiana.

Ahora mismo, dice, está ahorrando para su próximo video. Es una batalla constante conseguir quien le preste ropa, autos, utilería, hasta un hangar para su propio mensaje. Todo, me asegura, se fondea con sus ahorros y con el dinero que obtiene de las presentaciones en vivo. Está preocupado porque la cuenta de banco se adelgaza, pero confía en Dios en que los recursos llegarán para seguir su carrera musical. “Tengo muchos sueños, claro que he pensado en la fama, en conciertos, todo, pero el más grande es que Dios me use como su instrumento. Creo que la música que hago es el vehículo para lograrlo”, dice. Su meta es superar el millón de seguidores y que más niños canten tumbado y rapeen las letras que escribe en su casa.

Christopher Jiménez ha estado en comunidades en conflicto, anexos y reclusorios | Especial

De pronto, en la entrevista, Christopher suelta una lágrima. Es un sollozo discreto, apretado, que apenas es perceptible en la pantalla. El chico duro, buchón que compuso el corrido bélico “Tiembla diablo”, el que aparece cantando frente a un jet privado y autos de lujo, joyería tosca y pants de marca, se quiebra. El rockstar se vuelve humilde.

“Perdón… es que [me pongo] muy feliz cuando hablo de Dios. Discúlpeme… este es mi sueño”.

GSC/ASG

  • Óscar Balderas
  • Oscar Balderas es reportero en seguridad pública y crimen organizado. Escribe de cárteles, drogas, prisiones y justicia. Coapeño de nacimiento, pero benitojuarense por adopción.

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