DOMINGA.– José Juan aparece solitario frente al público en la última escena. No está ahí para actuar ni para dar un concierto. Su intervención llega cuando la historia ya recorrió los pasillos más oscuros de una casa hogar en Guanajuato y el escenario queda casi en silencio. Entonces da unos pasos al frente y comienza a cantar.
La pieza se llama Pie Jesu, una plegaria breve, delicada, que pide misericordia. El público llora. José Juan ha cantado durante años, ha dirigido coros, ha enseñado música a decenas de niños. Sabe cómo sostener una melodía frente a una sala llena. Pero esta noche no está cantando como en otras ocasiones. Esta vez la música toca un momento distinto, un lugar pocas veces entonado.
La obra se llama Bajo esta piedra hundirás tu iglesia. Está inspirada en testimonios y documentos sobre los abusos cometidos durante años en una casa hogar de Salamanca. José Juan conoce bien esta historia: él fue uno de los niños que vivió ahí.
La Ciudad de los Niños de Salamanca era un proyecto de albergues religiosos fundado por el sacerdote Pedro Gutiérrez Farías, denunciado por graves abusos contra menores. Testimonios de víctimas y expedientes judiciales documentaron en 2017: golpizas, castigos físicos, violencia sexual, amenazas y condiciones de vida degradantes dentro de los internados. Investigaciones posteriores señalaron que cientos de niños y adolescentes pasaron por esas instalaciones bajo un régimen de disciplina extrema y violencia sistemática.
Durante mucho tiempo José Juan González prefirió no volver a ese episodio. No hablar de él. No mirar hacia atrás. Cuando el grupo teatral Un Colectivo que preparaba esta obra lo buscó para entrevistarlo, su primera reacción fue negarse.
–No quiero involucrarme en eso –recuerda que pensó.
Para entonces su vida ya iba por otros rumbos: la música, la docencia, proyectos culturales en la ciudad donde nació, Salamanca. Había trabajado mucho para sostenerse por su cuenta, para construir algo propio después de salir del albergue –hace 20 años– a la edad de 18 sin patrimonio alguno. Volver a ese pasado parecía innecesario. El recuerdo le dolía. Pero la obra lo removió por dentro.
Primero aceptó conversar. Después, poco a poco, terminó involucrándose en el montaje. Dio algunas clases de canto al elenco, acompañó fragmentos al piano, propuso ajustes musicales. Aun así, cuando vio por primera vez el resultado completo, pensó seriamente en retirarse. La puesta en escena le devolvía imágenes que creía haber dejado atrás: una infancia marcada por episodios que durante años quedaron escondidos en la memoria.
–Estuve a punto de decir que no podía –dice en la entrevista con DOMINGA. El grupo lo escuchó, le dio tiempo. Nadie lo presionó. Y algo cambió.
José Juan decidió permanecer. No sólo como colaborador musical, sino como parte de la obra misma. Su intervención llegaría al final: un cierre sencillo, sin escenografía compleja, solamente su voz y la música. Por eso está ahí ahora, frente al público, un sábado 7 de febrero de 2025, en el Teatro Santa Catarina.
La primera función se presentó en Salamanca. Cuando llegó ese momento final, la emoción lo desbordó. Tuvo que detenerse. Durante unos segundos no pudo seguir cantando y en la sala el silencio se hizo pesado. Alguien en la primera fila comenzó a llorar. Luego otro más.
–Tal vez ese fue el inicio de una sanación real –dice ahora.
Las funciones continuaron después en otros lugares, incluida la Ciudad de México. Cada presentación ha sido distinta, pero siempre ocurría algo parecido: al terminar se acercaban a abrazarlo. Le contaban sus propias historias. Le decían que habían visto reflejado algo de su vida en lo que acababan de presenciar. Para José Juan, el escenario dejó de ser sólo un espacio artístico. Se convirtió en un lugar donde podía compartir, de otra forma, lo que había vivido.
Esta vez no en un testimonio judicial ni en denuncia directa, sino como una experiencia que encontraba salida en la música. Porque, aunque la obra habla de violencia institucional y de omisiones que durante años permanecieron ocultas, lo que él lleva al escenario no es un ajuste de cuentas. Es algo más complejo. Es una forma de cerrar un ciclo que comenzó mucho antes, cuando todavía era un niño y el mundo era, en muchos sentidos, un lugar completamente distinto.
Abusos y golpes en la Ciudad de los Niños de Salamanca
Antes del escenario y la música, José Juan, hoy de 44 años, llegó al albergue siendo apenas un niño de 13 años. Su mamá dio el visto bueno para que tomara ahí un curso de verano, en gran parte porque el sustento en casa no alcanzaba: que José Juan se fuera ahí servía para que desarrollara sus inquietudes de canto pero también para tener un techo y comida asegurada.
De hecho, la casa hogar, en la comunidad Mancera, funcionaba como un lugar donde cientos de menores –huérfanos o no, provenientes del DIF y de otros albergues– vivían bajo la tutela de la Iglesia católica. Para muchos, entre ellos José Juan, representaba una posibilidad de tener comida y educación. Pero también sería el inicio de una historia marcada por abusos que tardarían años en romperse.
En apariencia, la Ciudad de los Niños funcionaba como un albergue para brindar resguardo, educación y atención a niñas, niños y adolescentes en situación de abandono o vulnerabilidad. Se presentaba como una institución de asistencia social orientada a ofrecer cuidado integral y formación a menores sin redes familiares.
El albergue se sostuvo durante años con una mezcla de donaciones privadas y recursos públicos provenientes de distintos niveles de gobierno –especialmente estatal y municipal–, lo que evidencia no sólo tolerancia institucional, sino una relación activa que compromete la responsabilidad del Estado en lo ocurrido.
Lo que ocurría ahí dentro permaneció en secreto. José Juan creció en ese ambiente, compartiendo el espacio con otros niños bajo el cargo de la institución. Con el paso del tiempo empezó a comprender cosas que de niño no terminaba de nombrar. Se dio cuenta de los episodios de violencia y abusos que muchos años después saldrían a la luz en denuncias formales y reportes periodísticos.
El caso comenzó a hacerse público en 2017, cuando una resolución judicial difundió testimonios de menores que describían golpes con palos, quemaduras y abusos sexuales dentro del albergue. Ese mismo año el DIF de Guanajuato intervino las instalaciones y retiró a decenas de niños. En 2020, la Comisión Nacional de los Derechos Humanos confirmó violaciones graves contra al menos 324 personas, incluyendo tortura, violencia sexual y alteraciones en registros de identidad. Aunque el gobierno estatal ofreció una disculpa pública, las víctimas denuncian que la reparación integral sigue sin cumplirse plenamente.
José Juan fue uno de los menores que vivió dentro de ese sistema. Cuando recuerda esa etapa, habla del niño que empezaba a descubrir quién era. Le gustaba bailar. Le llamaba la atención la danza de concheros, las expresiones culturales que mezclan tradición y espiritualidad. En medio de un entorno rígido, esas pequeñas ventanas de creatividad le permitían imaginar otra forma de vivir.
Sin embargo, el momento más difícil no llegó únicamente por la violencia que ocurría dentro del albergue, sino por la forma en que fue expuesto por su orientación sexual. Años después todavía le cuesta entender cómo alguien –el sacerdote Pedro Gutiérrez Farías– que ocupaba una posición de guía espiritual pudo convertir algo tan íntimo en un motivo de humillación: frente a sus compañeros, divulgó que José Juan se había encontrado con otro hombre.
–De mucha gente uno se lo puede esperar –dice–. Pero de alguien que se presenta como líder espiritual, eso sí me costó mucho trabajo.
La exposición no sólo lo colocó en una posición vulnerable frente a otros internos. También marcó su salida del lugar. Cuando cumplió 18 años tuvo que marcharse tras esa exposición de la que fue víctima.
–Fue una salida triste y dolorosa –recuerda. Ni siquiera se atrevió a decirle a su mamá el motivo de su salida. No quedó de otra que empezar de cero. Volvió a casa de su madre pero sin un plan claro sobre qué hacer después. Lo primero era resolver lo más inmediato: cómo trabajar, cómo sostenerse.
Como muchos jóvenes de su generación, pensó en las instituciones que ofrecían estabilidad: la policía, el ejército. Exploró esas opciones durante un tiempo, intentando encontrar un camino que le permitiera construir una vida propia.
Pero algo más seguía apareciendo, incluso cuando las circunstancias no parecían favorecerlo: la música. Desde joven había tenido cercanía con el canto, los coros, la danza. Poco a poco ese interés fue convirtiéndose en una práctica constante, primero como intérprete y luego como alguien que descubría una satisfacción particular al trabajar con otras voces.
–Aunque soy cantante siempre me ha gustado más hacer cantar a los demás.
Esa inclinación definió buena parte de su trayectoria. Con los años se involucró en proyectos corales, en la enseñanza musical y en distintas iniciativas culturales en Salamanca. La música no borraba lo que había vivido pero le ofrecía algo distinto: una forma de sostenerse, construir comunidad y encontrar un sentido propio. Durante mucho tiempo esa vida siguió su curso sin que sintiera la necesidad de volver a hablar del albergue. El pasado parecía haberse quedado en un lugar al que prefería no regresar. Hasta que algo lo obligó a mirar de nuevo hacia esa historia.
Las víctimas y la reparación del daño institucional
José Juan concentró su energía en construir una vida. Trabajó, estudió Música en la Universidad de Guanajuato, dirigió coros, enseñó. Salamanca seguía siendo su lugar y poco a poco fue encontrando en la docencia una vocación clara: formar a otros a través del canto. Entonces apareció una posibilidad inesperada para hablar de lo ocurrido en el albergue. Fue a través de la Comisión Estatal de Atención a Víctimas de Guanajuato (CEAV), donde él y otras víctimas iniciaron, en 2017, un proceso para buscar reconocimiento institucional por lo que habían vivido.
El primer paso fue la atención psicológica. La conversación con su terapeuta no empezó de inmediato con los recuerdos más difíciles. Le dio, como dicen, tiempo al tiempo, para acomodar lo que durante años había permanecido guardado. Cuando finalmente empezó a hablar, llegó la sensación de que aquello que parecía lejano volvía a tener peso en el presente.
–Después de tanto tiempo me preguntaba si de verdad podía existir alguna forma de restitución –recuerda.
El proceso fue lento. También cansado. Las gestiones implicaban trámites constantes, viajes frecuentes a Guanajuato capital, correos, llamadas, solicitudes que no avanzaban al ritmo que él esperaba. Aun así decidió continuar. No sólo por él, explica, sino también por otras personas que habían iniciado procesos similares y terminaron abandonándolos por desgaste o falta de respuesta.
–Es muy cansado. Pero quiero concluirlo. Primero, porque es un derecho y, segundo, porque las instituciones tienen que dar una respuesta.
Mientras ese camino avanzaba, otra experiencia no prevista lo puso frente a su propia historia. En 2024, una directora de teatro, Sara Pinedo, interesada en el caso tras su divulgación mediática, estaba reuniendo testimonios para construir una obra documental sobre el caso del albergue. Había escuchado hablar de José Juan y buscó contactarlo a través de una oenegé que lo había acompañado en su camino para encontrar reconocimiento institucional de la Comisión Ejecutiva de Atención a Víctimas (CEAV).
La propuesta inicial era simple: una entrevista para comprender mejor lo ocurrido. José Juan dudó. Habían pasado muchos años intentando mantener distancia de aquello y no estaba seguro de querer volver a involucrarse. Pensó en su seguridad, en su tranquilidad personal, en la posibilidad de remover emociones que ya había aprendido a mantener bajo control.
–No quería saber más del tema –recuerda que respondió en un principio. Aun así aceptó conversar.
El encuentro se realizó en Guanajuato. Se sentaron en un parque y hablaron durante horas sobre el albergue, sobre la justicia, sobre la posibilidad de reparación después de tantos años. José Juan contó que la asistencia psicológica había ayudado a abrir más posibilidades en la elaboración de un plan de vida. Sin embargo, el reconocimiento de víctima, que sólo pueda dar la autoridad, no termina de ser una realidad.
–Por los vicios durante el proceso jurídico, en el cual me acompañó la CEAV, como rotación de personal constante y desconocimiento del tema cuando llegaba una nueva persona a cargo del caso, todavía no logró ese reconocimiento.
Judicialmente, sí hubo investigaciones y algunas carpetas abiertas. Se documentaron múltiples delitos: abuso sexual, trata, violencia, etcétera. También hubo sentencias de amparo y resoluciones judiciales que confirmaban que los menores estaban en riesgo y que había indicios graves de abuso.
Pero eso no se tradujo en procesos penales efectivos contra los principales responsables. El principal señalado, el sacerdote Pedro Gutiérrez Farías, nunca fue llevado a juicio. Murió en 2020 sin haber sido procesado penalmente, es decir, sin sentencia. En cuanto a colaboradores: sólo algunas personas cercanas enfrentaron cargos menores (por ejemplo, por cambios de identidad de menores), pero no hay evidencia de que responsables de abusos físicos o sexuales hayan cumplido condenas.
De esa conversación entre José Juan y Sara surgiría el material que después formaría parte de un montaje escénico. La obra Bajo esta piedra hundirás tu iglesia es una pieza de teatro que reconstruye el caso de abusos ocurrido en la Ciudad de los Niños de Salamanca a partir de testimonios, expedientes y materiales de investigación.
Al principio, José Juan no imaginaba formar parte más allá de aquella entrevista. Pero después el equipo volvió a buscarlo. Querían que participara en el montaje, como colaborador dentro del proceso creativo. Nadie mejor que él, dijeron, para aportar desde su experiencia y desde su conocimiento musical. Se acercó con cautela. Viajó a León para trabajar con el colectivo, escuchó las primeras lecturas del guion, observó cómo los actores intentaban dar forma escénica a hechos que habían marcado la vida de muchas personas. La experiencia fue intensa desde el inicio. Cuando vio por primera vez la obra completa, estuvo a punto de marcharse.
–No me sentía preparado –admite.
La idea de participar activamente en ese proyecto le parecía demasiado pesada. Pero tras la sensibilidad que mostró el equipo detrás de la obra, decidió quedarse. Ayudó al elenco con el trabajo vocal, tocó el piano en algunos momentos del montaje y aportó ideas para la construcción sonora de la obra. Después aceptó una participación más visible: aparecer al final para cerrar.
Ese momento final, acompañado por la interpretación de una pieza religiosa, terminaría convirtiéndose en uno de los instantes más intensos de todo el montaje. Pero antes de llegar ahí, el proceso le había mostrado algo que durante mucho tiempo parecía inalcanzable: que era posible contar su propia historia desde la música, desde la puesta en escena. Desde el arte.
Otras víctimas con experiencias parecidas de abuso
La intervención de José Juan llega al final. Después de que la obra ha recorrido testimonios, expedientes y escenas que reconstruyen lo ocurrido en el albergue, el escenario queda prácticamente vacío. Entonces aparece él. No como personaje, sino como alguien que estuvo ahí.
Su participación es breve. Canta una pieza que habla de misericordia y de descanso. La elección no es casual. Durante el proceso creativo se discutieron muchas posibilidades pero para él tenía sentido terminar con algo que hablara de otra cosa distinta al enojo o el resentimiento.
En la primera función, en Salamanca, cuando terminó la pieza hubo un aplauso largo, pero lo que más recuerda ocurrió después. Varias personas se acercaron para abrazarlo. Algunas le dijeron que habían reconocido en la obra experiencias parecidas a las suyas. Otras querían agradecerle por haber estado ahí, frente a todos, compartiendo algo tan personal.
–Sí, fue el inicio de una sanación real –dice ahora convencido. Con el paso de las funciones, esa sensación se fue transformando. El dolor no desapareció, pero empezó a sentirse distinto. Ya no era una carga que debía ocultarse.
Tras la intervención del DIF en septiembre de 2017, la Ciudad de los Niños dejó de operar como el albergue masivo que durante décadas concentró a cientos de niñas, niños y adolescentes. El operativo implicó el retiro de menores y el aseguramiento de las instalaciones, en medio de denuncias por abusos sistemáticos y condiciones de vida degradantes. Aun así, el cierre no fue definitivo: el complejo mantuvo actividad parcial y un viraje hacia la atención de jóvenes mayores de edad, bajo mayor escrutinio público e institucional.
En 2018, el DIF devolvió las instalaciones a la asociación civil que históricamente había operado el albergue, sin que ello implicara una reactivación plena del proyecto. Desde entonces, ha permanecido en una especie de limbo: la organización conserva la titularidad, pero no existe una administración renovada ni un modelo institucional claro que sustituya al anterior. En los hechos, el albergue no volvió a funcionar como antes y se mantiene reducido, sin una redefinición sólida. Las investigaciones avanzaron sin traducirse en sanciones contundentes. La muerte en 2020 de Pedro Gutiérrez Farías marcó el fin de una etapa sin que hubiera rendición de cuentas plena.
Hasta hoy, las instalaciones siguen asociadas a una operación limitada y a un legado de denuncias que no derivaron en justicia, consolidando la percepción de impunidad que rodea al caso. Aunque en los últimos años no se han reportado nuevos casos de abuso, persisten críticas por las redes de poder que durante décadas permitieron que las denuncias quedaran en la impunidad.
El proceso legal que José Juan mantiene todavía continúa: busca ser reconocido como víctima y que se hagan valer sus derechos fundamentales. Para él es importante que exista un cierre formal, una respuesta que reconozca lo ocurrido y que permita cerrar un capítulo que estuvo abierto durante demasiado tiempo. Pero su vida no gira únicamente alrededor de ese proceso.
La música es una manera de entender de dónde se viene
José Juan encontró otros caminos que terminaron ampliando su relación con la música y con la comunidad. Uno de ellos surgió cuando empezó a interesarse cada vez más por las culturas indígenas del país, particularmente por la tradición purépecha. Lo que comenzó como una curiosidad terminó convirtiéndose en un compromiso más profundo. Estudió la lengua, se acercó a comunidades, participó en proyectos que recuperan música tradicional y formas de canto que se transmiten de generación en generación. Esa búsqueda también tuvo un efecto inesperado: lo ayudó a comprender mejor su propia identidad.
–En algún momento no sabía quién era –explica–. Y cuando empecé a buscar mis raíces me di cuenta de algo muy sencillo: todo eso también soy yo.
Esa certeza se refleja hoy en buena parte de su trabajo. En Salamanca dirige actividades musicales con niños y jóvenes, muchos de los cuales participan en proyectos corales donde aprenden repertorios que incluyen canciones en purépecha, piezas tradicionales y composiciones contemporáneas. Para él, la enseñanza musical es mucho más que una técnica artística. Es una forma de acompañar a otras personas.
–No tengo hijos –dice–, pero todo ese amor, todas esas palabras que tal vez yo no tuve como hubiera querido, ahora se las doy a los niños.
En los ensayos corrige pronunciaciones, explica el origen de las canciones, habla sobre la historia de las comunidades que las crearon. Los estudiantes no sólo aprenden a cantar; también descubren que la música puede ser una manera de entender de dónde vienen. Cuando habla de su vida, evita las conclusiones grandilocuentes. No cree en finales absolutos ni en la idea de que el dolor desaparece por completo.
–Las cosas que nos pasan no se borran –dice–. Aprendemos a vivir con ellas. El tiempo no elimina los recuerdos, pero sí cambia la manera en que pesan dentro de la memoria. Lo que alguna vez fue una herida constante puede transformarse en una experiencia que acompaña sin determinar cada decisión.
Por eso, cuando piensa en el camino recorrido desde que salió del albergue a los 18 años, prefiere verlo como una historia no cerrada. Lo ve más bien como una serie de decisiones que fueron construyendo otra posibilidad de vida: estudiar, enseñar, cantar, formar a otros.
En algún momento del trayecto también aprendió algo que hoy intenta transmitir a quienes lo rodean: que incluso después de las experiencias más difíciles, todavía es posible encontrar motivos para seguir adelante. A veces, observa, esos motivos aparecen en un escenario, frente a un público que escucha atento. Otras veces surgen en un salón de ensayo, cuando un grupo de niños repite una canción hasta que todas las voces logran encontrarse en la misma nota.
GSC / MMM