La historia de nuestro planeta deja algo claro: los grandes impactos de asteroides no pertenecen únicamente a la ciencia ficción. Ya ocurrieron.
Hace unos 66 millones de años, un cuerpo de enormes dimensiones impactó en la región que hoy conocemos como la península de Yucatán y desencadenó una catástrofe que contribuyó a la desaparición de cerca del 75 por ciento de las especies, incluidos los dinosaurios.
Y aunque hoy no existe ningún asteroide conocido que represente una amenaza inmediata para la Tierra, hay una pregunta que la ciencia no puede darse el lujo de ignorar: ¿qué haríamos si algún día uno estuviera realmente en rumbo de impacto?
La posibilidad es remota durante la vida de una persona, pero adquiere otra dimensión cuando hablamos del futuro de una civilización. Por eso, desde hace décadas, agencias espaciales y centros de investigación trabajan en detectar estos objetos, determinar sus trayectorias y desarrollar estrategias para reducir el riesgo de un posible impacto.
Humberto Campins, astrónomo y especialista en asteroides, ha estudiado durante años estos cuerpos y los procesos que permiten conocer mejor su composición y comportamiento. Porque conocer un asteroide también permite pensar en cómo actuar ante él.
Y ahí entra la defensa planetaria. No necesariamente busca destruirlo. Con suficiente anticipación, una pequeña modificación en su trayectoria podría ser suficiente para que, años después, pase lejos de la Tierra. Y esto ya dejó de ser una posibilidad teórica.
En 2022, la NASA puso esa posibilidad a prueba con DART, una misión que impactó deliberadamente contra el asteroide Dimorphos y consiguió alterar su periodo orbital. Fue la primera demostración a escala real de que podemos modificar el movimiento de un cuerpo espacial.
Y entonces aparece Apofis. Descubierto en 2004, este asteroide llamó rápidamente la atención porque los primeros cálculos mostraron una posibilidad de impacto con la Tierra. Nuevas observaciones permitieron descartar ese escenario.
Pero Apofis no dejó de ser interesante. El 13 de abril de 2029, un asteroide de entre 340 y 375 metros de diámetro pasará a menos de 32 mil kilómetros de la superficie terrestre. Y aquí está lo extraordinario: será un acercamiento excepcional para un objeto de semejante tamaño.
Y aunque el acercamiento será excepcional, hay un dato fundamental: Apofis no va a impactar contra la Tierra. Las observaciones realizadas hasta ahora han descartado esa posibilidad durante al menos los próximos cien años.
Entonces, si no representa un peligro, ¿por qué los científicos esperan con tanta atención su llegada? Porque la gravedad terrestre podría modificar algunas de sus características y ofrecer una oportunidad excepcional para analizar qué ocurre durante un acercamiento de esta magnitud.
La NASA, en tanto, prepara OSIRIS-APEX para estudiarlo después de su paso, mientras la Agencia Espacial Europea desarrolla Ramses para observarlo antes y durante la aproximación.