Entras a un restaurante. Hay mesas vacías. Preguntas si hay lugar… pero te dicen que no. Minutos después llega alguien más. La puerta se abre. La mesa aparece. Nadie te explicó la razón, pero lo entendiste todo.
La discriminación no siempre se grita. A veces aparece en una mirada, en una oportunidad laboral que nunca llega, en un ascenso que se retrasa o en la vigilancia constante de una tienda cuando alguien decide que tu apariencia parece sospechosa.
Según la Encuesta Nacional sobre Discriminación, millones de personas en México han vivido algún tipo de trato desigual por motivos como apariencia física, edad, género, tono de piel, origen social u orientación sexual.
Uno de los fenómenos más visibles es el colorismo: la idea, consciente o inconsciente, de que una piel más clara tiene mayor valor social. Estudios del INEGI y del Colegio de México han mostrado que el tono de piel puede relacionarse con mayores oportunidades educativas y económicas.
Pero la discriminación no solo está afuera. También se reproduce en nuestras propias decisiones. Juzgamos por la ropa, por la forma de hablar, por el lugar de origen o por aquello que alguien puede comprar.
Desde pequeños aprendemos qué significa “pertenecer” y quién supuestamente queda fuera. Por eso, la discriminación también aparece en las escuelas, donde muchos niños enfrentan burlas por su apariencia, peso, ropa o condición económica.
El problema es que una sociedad que mide el valor de una persona por lo que tiene termina convirtiendo objetos, marcas y estilos de vida en símbolos de aceptación.
Esa misma lógica llega al trabajo, donde frases como “buena presentación” pueden funcionar como filtros invisibles; o donde la edad, el género y la maternidad siguen siendo obstáculos para conseguir mejores oportunidades.
Y en las redes sociales, esta presión se multiplica. Algoritmos, tendencias y estilos de vida perfectos construyen una idea peligrosa: que valemos por lo que mostramos. Pero la discriminación no se mantiene sola. Se mantiene cuando la ignoramos, cuando la normalizamos y cuando participamos en ella sin darnos cuenta.