‘Bullies’ sensibles: la crisis de la civilidad

Escolios

La pérdida de las convenciones de urbanidad ha dado paso a una comunicación política donde el insulto y la descalificación conviven con una creciente intolerancia a la crítica.

El psicólogo social Jonathan Haidt, autor de ‘La generación ansiosa’. (EFE)
Ciudad de México /
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Uno de los ideales de la Ilustración era suavizar las costumbres e instaurar el imperio de la urbanidad en la vida familiar, en las interacciones sociales y en la política. De ahí la profusión de manuales de buenas maneras o la creación de una serie de lenguajes y protocolos políticos y diplomáticos que facilitaban el entendimiento. En particular, la práctica generalizada de la cordialidad y el entrenamiento en la llamada “pequeña charla”, es decir esa plática breve, trivial y afable, que suele establecerse con personas con las que hay poca familiaridad, se concebían como instrumentos para lograr una aproximación inicial con interlocutores desconocidos. Se suponía que alcanzar soltura en este tipo de comunicaciones contribuía a crear confianza, relajar la tensión y generar oportunidades para mantener intercambios más complejos, de mayor profundidad intelectual o relevancia política, incluso con personas que podían tener enfoques e intereses divergentes. Con todo, para muchos, esta búsqueda de urbanidad tendía a enmascarar la expresión y a emascularla de convicciones y emociones, por lo que era necesario dinamitar estas reglas. Desde los artistas románticos hasta las milicias contraculturales del siglo pasado, se desconfiaba de las convenciones y los buenos modales y se insistía en practicar la autenticidad, la espontaneidad y la franqueza no mediada por maneras hipócritas.

En el terreno político, este culto a la autenticidad, la comunicación agresiva y el insulto se ha perfeccionado en los populismos, tanto de izquierda como de derecha. Aprovechando la libre expresión, estos movimientos y sus líderes imponen agendas y temas polarizantes; enarbolan un discurso simplificador, repetitivo y maniqueo y utilizan continuamente la ofensa y la descalificación contra los adversarios. Hoy, parte significativa de la interacción social y política se caracteriza por el tono tóxico y la subversión deliberada de las convenciones de civilidad. Esta situación está lejos de ser transitoria y se consolida como un patrón, al respecto, dice Jonathan Haidt, en su libro La generación ansiosa: “En las redes sociales, el antiguo vínculo entre excelencia y prestigio puede romperse más fácilmente que nunca, por lo que, al seguir a influencers que han cobrado fama por lo que hacen en el mundo virtual, los jóvenes suelen aprender formas de hablar, comportarse y exteriorizar sus sentimientos que pueden ser contraproducentes en una oficina, en casa o en otro entorno del mundo real”. Así, parece avanzar una contraurbanidad que confronta los valores de tolerancia, la pluralidad y la consideración del otro con la reivindicación de la “denuncia”, la comunicación sin filtros y la injuria. Paradójicamente, muchos de los actores políticos más pendencieros manifiestan una extrema sensibilidad a la crítica, la parodia o la confrontación directa y buscan imponer medidas explícitas o subrepticias de censura a la libre expresión que les ayudó a aflorar y consolidarse.

AQ / MCB

  • Armando González Torres
  • Armando González Torres. Ha ganado varios premios literarios. Es autor de alrededor de 20 libros, como los de poesía Los días prolijos y La peste, y los de ensayo y aforismo La lectura y la sospecha y Sobreperdonar.

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