¿Existen obras y personajes completamente originales? ¿Macondo, sus habitantes y sus leyendas podrían haber sido creados sin Aracataca y su tradición oral de dominio público? ¿Acaso Comala no es una fusión de los jaliscienses San Gabriel y Apulco? Y en un terreno más pop (y prosaico), ¿habría surgido Cantinflas si Mario Moreno no se hubiese fijado en el típico “pelado” de los barrios marginales de la capital mexicana, en el estilo cómico de Charles Chaplin y, sobre todo, en Chupamirto, el personaje de la historieta dibujada por Collantes y Acosta? En la “alta” y en la “baja” cultura la lista podría ser infinita.
En España, Gregorio Sánchez, el inmortal Chiquito de la Calzada, un cantaor de flamenco trasnochao que saltó a la fama en la última etapa de su vida por su estilo surrealista y enrevesado para contar chistes, fue un fenómeno sociocultural en la segunda mitad de la década de 1990. Entre carcajadas y aplausos, sus particulares palabras y expresiones (fistro, jarl, pecador de la pradera, me cago en tus muelas) se alojaron al instante en el imaginario colectivo de una sociedad que, en esos años, atravesaba una crisis económica y de corrupción, provocada por quienes se aprovecharon del salto a la modernidad que había dado el país, con Felipe González a la cabeza.
El éxito de Chiquito era descomunal (programas de televisión, películas, anuncios, presentaciones teatrales) y llegó el momento en que, poco antes de cumplir setenta años (había llegado “tarde” a la tele, a los 63), bajó el ritmo de trabajo. Entonces un imitador pareció ocupar su lugar en la pantalla chica. Con la misma forma de hablar, de caminar y de contar historias del veterano cómico malagueño “nacido después de los dolores”, un tal Lucas Grijander (interpretado por Florentino Fernández) empezó a salir todas las noches en Telecinco captando la atención del público que echaba de menos al Chiquito original y celebraba a este “otro Chiquito”.
¿Lucas Grijander era una copia o una simple parodia de un personaje público que, debido a su fama y omnipresencia, ya era “de todos”? ¿La imitación era un plagio o un robo de identidad que vulneraba una imagen con ánimos de lucro o únicamente se trataba de un sentido homenaje surgido de la admiración? ¿Una versión de sí mismo, pero joven y con más energía, podría reemplazar en vida al primer Chiquito? El hombre que solía contar que en lugar de un diploma de graduado escolar tenía una etiqueta de Anís del Mono, fue a un tribunal a reclamar sus derechos de propiedad intelectual y una indemnización económica. El problema era que en esa época la jurisprudencia, los jueces y los abogados no tenían las herramientas suficientes para ocuparse de un caso como este. Por eso, después de una serie de audiencias (por momentos tan enrevesadas y surrealistas como el estilo del comediante que reivindicó la tontería) y de polémicas en los programas de chismes, el asunto no obtuvo una sentencia y terminó archivándose.
Ahora, más de tres décadas después, un documental titulado El otro Chiquito reconstruye aquel “mal trago” del espectáculo ibérico e introduce el debate en torno a la originalidad de un artista. Las élites españolas miraban por encima del hombro al fenómeno populachero que representaba Gregorio Sánchez, por eso sorprende que, en el filme, Mario Conde, símbolo de esa época (un banquero que poco después de catapultar su negocio y convertirse en modelo aspiracional cayó en desgracia y estuvo en la cárcel), revela su amistad con Chiquito. “Él fue uno de los pocos que fue a verme a la cárcel y jamás renegó de nuestra amistad”, dice en el filme el tocayo (de nombre y apellido) del personaje creado por Leonardo Padura.
El próximo año se cumplirá una década de la muerte de Chiquito de la Calzada y, en lugar de hacer el típico biopic, los directores Juan Zavala y Javier Morales quisieron ocuparse de la repercusión social y cultural del comediante y del acontecimiento que lo hizo tambalearse. Y ahí reside lo novedoso de la mirada a un personaje mil veces abordado: en descubrir el sufrimiento que escondió quien había alcanzado la fama después de una vida de precariedad (la dura infancia en la posguerra, los tablaos flamencos desagradecidos) y, de pronto, vio que todo lo que había logrado estaba en peligro. Fue entonces cuando brotó la paradoja: el hombre que había llegado a millones de personas haciendo reír sufría precisamente por su clon, que también provocaba risa.
AQ / MCB