Israel y Palestina no suelen ser respuestas obvias para opciones turísticas, sin embargo, el primero sí hace esfuerzos activos al respecto. Así, en 2016, a sus 27 años, Camila Baron realizó un viaje que se ofrece a jóvenes judíos de todo el mundo para ir, en grupo, a conocer Israel. Financiado por el gobierno israelí (y en el caso de Baron, en conjunto con empresarios argentinos), se presenta como una oportunidad de explorar la identidad judía. Incluye visitas a sitios históricos, paisajes naturales y modernas ciudades, pero aunque a ratos pareciera un viaje turístico, en todo momento se fomenta la sensación de pertenencia a aquel país y se incita a que lo vean como una promesa religiosa, como un refugio ante otro Holocausto, como un valioso ente geopolítico o simplemente un como gran lugar para vivir: los argumentos con los que se defiende la existencia de Israel son diversos, pero todos tienen en común que no admiten la existencia del pueblo palestino.
Derecho de nacimiento: crónicas de Israel y Palestina (Rara Avis, 2024), de Camila Baron, es la crónica de este viaje, que le permite mirar de cerca el desarrollo de la historia de Israel y Palestina. Con una estructura, descrita por la doctora Silvana Rabinovich, de “plano y contraplano”, revela el origen y expansión de Israel como motivo de la destrucción de Gaza, la ilusión de seguridad sostenida en la violencia, la idea de Israel como un lugar libre de odio, pues simplemente es dirigido hacia otra población.
Sobreponiéndose a la indignación, la frustración y otras sensaciones abrumadoras, Baron observa atentamente y percibe la dificultad del discurso israelí para mantenerse en pie cuando es mínimamente cuestionado. “¿Son judíos?”, les reprocha un integrante de las Fuerzas de Defensa de Israel, cuando el grupo sigue sin estar de acuerdo con el trato que reciben los palestinos.
Nacida y criada en Argentina, Camila Baron explora cómo una identidad se adopta no solo por identificación, sino también a causa del abandono y el rechazo: el primer día, una chica rompe en llanto al contar que descubrió que era “diferente” cuando, de niña, fue el blanco de burlas antisemitas; un soldado de las FDI, quien, como tantos otros jóvenes, tenía un futuro difícil en Argentina, asegura que se siente más a salvo en Medio Oriente que en los barrios de Buenos Aires donde asaltan. “El único enemigo del sionismo es la asimilación de los judíos en sus países de nacimiento”, reflexiona, y destaca que su capacidad de mantenerse al margen del sionismo se debe a la educación que recibió en la universidad pública, donde ejercitó el pensamiento crítico, así como su experiencia de vida en Argentina, en Latinoamérica, pues recuerda haber escuchado, de parte del Banco Mundial y otras instituciones, los mismos discursos imperialistas.
Al término del viaje grupal, Baron por fin da a conocer lo que su diálogo interior permitía intuir desde un inicio: está en Israel para cruzar hacia Palestina. Es en esta parte de la historia donde la narración realmente cobra vida. Ya no es el programa de inducción a un proyecto colonialista, sino un encuentro genuino. Baron pasa los días entre soldados, refugiados, activistas y religiones, y a pesar del caos, se desenvuelve una Palestina mucho más compleja y digna que la que pintan quienes intentan borrar su humanidad.
Con Israel y Palestina como marco, Derecho de nacimiento, explica su autora, nace de lo incomprensible que le resulta la normalización de cualquier tipo de supremacía, y de su rechazo al temor y la angustia como caminos que lleven hacia la banalidad del mal.
AQ / MCB