Pepe Habichuela: la guitarra, el duende y la vida

Café Madrid

Maestro de la guitarra flamenca, Pepe Habichuela fue una figura esencial del cante jondo y una influencia para varias generaciones de músicos.

El guitarrista Pepe Habichuela en el Palacio Ezpeleta, en Pamplona, España. (EFE/Villar López)
Madrid /
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En agosto de 2020, plena pandemia y plena atmósfera apocalíptica, Kiki Morente y Pepe Habichuela salieron al balcón del Ayuntamiento de Pamplona, mundialmente famoso porque desde ahí se da “el chupinazo” con el que empiezan las fiestas de los Sanfermines, a tocar y a cantar para un reducido público que portaba el tapabocas obligatorio y guardaba la distancia de seguridad. Era uno de los primeros eventos culturales después del angustioso y estricto confinamiento, y fue transmitido en directo a través de YouTube para todos aquellos que no podíamos estar ahí.

Pepe empezó a rasgar su guitarra y Kiki a entonar el quejío bravío que aprendió de su padre, Enrique Morente. Primero una soleá, luego una seguirilla y, finalmente, para animar al personal, una bulería. Estremecía ver la explanada de la alcaldía con tan poca gente, en comparación con todos los años anteriores en los que lucía completamente llena. Desde el balcón Pepe y Kiki conmovían con su arte, pero transmitían más tristeza que alegría y provocaban aplausos tímidos, tan tímidos como el guitarrista.

Recordé esta actuación el otro día, después de enterarme de la muerte de Pepe Habichuela. Lo vi de cerca muchas veces en tablaos míticos, le saqué respuestas a trompicones con mis preguntas de neófito del flamenco (él nunca tuvo la estridencia de muchos de sus colegas gitanos) y, sin embargo, aquella vez, a la distancia desde Pamplona, se me quedó grabada en el alma. ¿Influyó el contexto? Seguramente, pero creo que también fueron determinantes el simbolismo y la acústica del lugar. ¡Y eso que sólo la vi en video! Sería también que la figura chiquitilla, enjuta y seria del guitarrista infundía una autoridad que siempre reclamaba atención y respeto.

Pepe Habichuela no tenía la fama de Paco de Lucía y, tal vez, tampoco la de Tomatito, pero su magisterio entre los flamencos era indiscutible. Fue la bailaora Blanca del Rey quien me lo presentó un día en el Corral de la Morería, el gran templo del baile, el toque y el cante jondo en Madrid. Su voz cascada y su habla rala contrastaban con su destreza con la guitarra, pero a partir de ese momento siempre que nos encontrábamos en los saraos flamencos hablábamos de Sabicas, de Camarón de la Isla, de Juanito Valderrama, de Pepe Marchena, de la Fernanda y la Bernarda de Utrera, del Sacromonte y del Albaicín de Granada. Mira, Pepe, y cuándo vamos a hablar de ti, le espeté una vez. “Cuando tú quieras, hijo mío”, me respondió.

Pepe vivía en el madrileño barrio de Lucero, una zona más bien humilde, en el suroeste de la ciudad. Su casa, eso sí, era la mejor de su calle. Su sala, de tonos blancos y morados, estaba presidida por un cuadro grande de un gitano antiguo tocando la guitarra con un pañuelo en la cabeza. Era su padre (y maestro) Habichuela, el viejo. También tenía dos guitarras tan elegantes como mudas en un extremo de la estancia. Sus otras guitarras estaban dentro de sus estuches, dormidas y apiladas en un cuarto contiguo en el que también había retratos de casi toda su familia. Al fondo estaba un pequeño jardín con azulejos en las paredes. Amparo, su esposa, nos dio un vinito y luego nos dejó ahí charlado, mientras ella trasteaba en la cocina.

Amparo es hija de Miguel Bengala, que toreaba muy bien pero le daban miedo los toros y por eso se hizo banderillero. Miguel Bengala salía al ruedo y cuando escuchaba al mozo que ofrecía agua fresca en las gradas, se volteaba hacia él y le gritaba: “¡Ay, quién fuera tú!” La guasa de Miguel Bengala era conocida entre los flamencos porque él también era cantaor. Por eso Pepe conoció a Amparo y luego se casaron. “Yo lo veía y decía: este hombrecito toca la guitarra que parece que echa vírgenes por las manos”, me contó la señora (exbailaora y un huracán de palabras), que lo acompañó siempre, desde que salieron de Granada para recorrer buena parte del mundo (incluido un año largo en Japón y otro en Canadá, cuando tachaban los días del calendario como si se tratara de una condena, porque “como España no hay ”).

Al saludar a Pepe había que darle un abrazo y acaríciale las manos. Luego él se subía al escenario y empezaba a tocar “suavito”, porque decía que sólo así salía “una cosa muy especial, que quién sabe qué será”, y enseguida nos encandilaba con los acordes de su guitarra. Aquella tarde que estuve en su casa hablamos de muchos aspectos de su vida en Graná, de España, de México, de la música, del mundillo flamenco y al final, cuando me acompañó a la puerta, el duende sabio me soltó: “No hay que preocuparse por la vida, simplemente porque no saldrás vivo de ella.”

AQ / MCB

  • Víctor Núñez Jaime
  • Es reportero y escritor. Sus trabajos, en todos los géneros periodísticos, se publican en los principales medios del mundo hispano. Es autor de libros como Los que llegan. Crónicas sobre la migración global (Debate) y ha sido galardonado, entre otros premios, con el Internacional de Periodismo “Mario Vargas Llosa”, el Premio a la “Excelencia Periodística” de la Sociedad Interamericana de Prensa o el “Rey de España” que otorga la Agencia EFE. Escribe en Laberinto desde hace dos décadas.

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