Efraín Bartolomé y ‘Cuadernos contra el ángel’: cuando la palabra trastoca y cura

Reseña

‘Cuadernos contra el ángel’, del poeta chiapaneco Efraín Bartolomé, nos recuerda que la poesía siempre ha surcado las honduras de la experiencia, sin por ello reducirse a lo anecdótico, mucho menos a lo ficcional.

Poesía de ‘Cuadernos contra el ángel’, de Efraín Bartolomé. (Círculo de Poesía)
Diego José
Ciudad de México /

Se afirma que uno de los mayores aprendizajes que provee la poesía proviene de la experiencia con la soledad y, por lo tanto, con el dolor. Rilke es insistente en sus Cartas a un joven poeta: “lo que hace falta es solo esto: soledad, gran soledad. Ir-hacia-sí”. Pero la soledad puede llegar a ser terrible, sobre todo cuando su causa no responde a una autoimposición, sino que surge ante una presencia arrancada. El duelo abre grietas de ausencia que el doliente palpa con el recuerdo queriendo rehabilitar la desgarradura de lo real provocada por la pérdida. Rilke aprieta en su demanda poética cuando afirma: “ame su soledad, soporte el dolor que le ocasiona; y que el son de su queja sea bello”.

Afirmación que se pone en estricta evidencia cuando uno recorre los versos trepidantes de los poemas de Efraín Bartolomé en su Cuadernos contra el ángel (Círculo de Poesía, 2026) sintiendo la conmoción por aquello que sus versos consignan, pero descubriéndose tocado por una inexplicable belleza que vuelve sublime el más áspero dolor: “Escribo este desorden / Soplo este polvo estéril esta hojarasca esta ceniza sucia / como quien escupe una brasa un alacrán / un trago de vitriolo”. Se trata de un libro que publicó en 1987, tres años después de Música solar con el que obtuvo el Premio Aguascalientes, y cinco después de que apareciera su celebrada ópera prima: Ojo de jaguar. Ambos títulos con una energía desbordante que revelaron a un poeta luminoso. Sin embargo, Efraín Bartolomé cuenta en una entrevista con Juan Domingo Argüelles lo que le significó la transformación que originó Cuadernos contra el ángel: “El descubrimiento de la parte sombría llegó más tarde: nel mezzo del cammin di nostra vita. Y su descubrimiento produjo mucho dolor: la percepción clara de la muerte, que es la pérdida de la inocencia. Así, días antes de cumplir los 35 años, tuve con ella mi primer trato directo: la pérdida de la mujer amada”. Y más adelante afirma: “De ese descontrol, de esa confusión, de ese afán de disolución personal ante la pérdida, solo me salvó el escudo de oro del orgullo, el orgullo de servir a la poesía”.

La Colección Círculo de Poesía, dirigida por Mario Bojórquez y Alí Calderón, ofrece a modo de festejo por su primera centena de títulos publicados, uno de los libros esencial de nuestra tradición. Elegía e himno de la restauración ante la pérdida. Obra donde se templa el bruñido hierro de la palabra con la fragua encendida del poema: “¿Y por qué no? // Yo quiero ser la célula que siente todo el dolor humano / Todo el dolor que hierve en el oscuro corazón terrenal / Todo el dolor que ahora quema mi boca / :larva de palabras / :enjambre de conceptos ululando / temblando”.

La reedición de Cuadernos contra el ángel nos recuerda que antes de toda esa narrativa denominada de autoficción, la poesía siempre ha surcado las honduras de la experiencia, sin por ello reducirse a lo anecdótico, mucho menos a lo ficcional. El primer poema del libro es una decidida declaración de realidad: “Este cuaderno pesa / Es pura luz / Es pura sombra: / es mi sangre total cargada de sentido”. Dice Joan Margarit, en sus Nuevas cartas a un joven poeta: “Nadie ha madurado sin haber sufrido ninguna conmoción, ninguna pérdida ni ninguna angustia, y los buenos poemas muestran siempre lo importante que es la experiencia del dolor”.

Cuadernos contra el ángel atraviesa la discontinuidad del duelo y lucha contra la continuidad impositiva del mundo. La voz poética se adentra en la experiencia totalizadora del sufrimiento sin ceder a una vana autocompasión. Tampoco aboga por la conmiseración del lector. Su intensidad se centra en un contenido desbordamiento de imágenes corporales y asociaciones emotivas en oposición al sombrío tono del lamento que no se ancla en la retórica de la muerte sino en el luminoso reabrir la herida de la ausencia: “Contra una piedra quiebro mis dos puños / Pero no digo nada / La luz filosa tiembla / Pero no digo nada // Y ella es un viento que se va / :deja en mi olfato púas de azúcar imposible / deja esta piel poblada de vidrios diminutos”.

Escribe Roland Barthes en su Diario de duelo: “¿Quién sabe? ¿Tal vez un poco de oro en estas notas?” Y eso es lo que recibe el lector de Cuadernos contra el ángel: el oro extraído del dolor y de la soledad convertidos en palabra que trastoca y cura como muy pocos poetas alcanzan a hacerlo: “Yo borro lo que escriben los dedos de la muerte / Doy caminos distintos / a los que se destrozan con sus uñas sin filo / a los que intentan sonreír llevando entre los dientes / un corazón humano”.

AQ / MCB

LAS MÁS VISTAS

¿Ya tienes cuenta? Inicia sesión aquí.

Crea tu cuenta ¡GRATIS! para seguir leyendo

No te cuesta nada, únete al periodismo con carácter.

Hola, todavía no has validado tu correo electrónico

Para continuar leyendo da click en continuar.

Suscríbete al
periodismo con carácter y continua leyendo sin límite