• Poesía indígena de los tiempos originarios: los cantos recuperados por Gabriel Zaid

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En su libro más reciente, Gabriel Zaid ofrece una selección de cantos ignorados de 35 etnias que habitaron territorios que fueron o siguen siendo mexicanos.

Ciudad de México /
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Es difícil generalizar y no podemos decir que los poetas muy buenos son, además de grandes creadores en verso, excelentes prosistas, magníficos escritores de ficciones y, sobre todo, de ensayos. Hay muchos casos en los que esta condición ocurre de manera indiscutible. Podemos citar a Rubén Darío, Antonio Machado, Leopoldo Lugones, Luís Cernuda o Xavier Villaurrutia. Pero hay poetas en los cuales no hallamos esta diversidad —si bien esto es raro—. La mayoría de los poetas siente la urgencia de explicar el sentimiento creativo y lo que hacen otros artífices. Pero quizá lo que sí podemos afirmar es que, cuando un espléndido poeta tiene la voluntad de escribir prosa o tiene el demonio de la búsqueda crítica, casi seguro nos va a ofrecer una obra inesperada e insoslayable. Es el caso, sin ninguna duda, de Gabriel Zaid. La originalidad de sus ensayos e investigaciones posee una índole no solo necesaria sino reveladora. Siempre nos impresiona y despeja. Siempre nos quita una venda de los ojos. Aunque la primera selección de la poesía del norte de México apareció, embrionariamente, en Ómnibus de poesía mexicana (Siglo XXI, 1971) y resurgió, bajo la forma de una pequeña colección, en Poemas traducidos (El Colegio Nacional, 2022), la versión ahora desarrollada, en un volumen independiente, publicado en Tusquets Editores este 2026, con múltiples poemas y breves ensayos sobre 35 diferentes grupos y lenguas, es un nuevo libro, preciso y sorprendente.

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A lo largo de casi sesenta años, Gabriel Zaid ha trazado un mapa crítico-poético de sus inquietudes fundamentales. En 1971 publicó el vasto panorama de la lírica de nuestro país, Ómnibus de poesía mexicana, antología en la que el lector común o el especializado podía y puede encontrar una selección rigurosa y, a la vez, accesible de todos los registros de la invención verbal, creada esencialmente con metáforas y música: desde la poesía indígena, precolombina o actual, hasta las formas sofisticadas y cosmopolitas de la poesía moderna del siglo XX, con poetas como Alfonso Reyes, Carlos Pellicer, Octavio Paz, Jaime Sabines y Marco Antonio Montes de Oca, pasando—y esto es lo que le da una originalidad enorme— por en medio de la poesía popular, el barroco novohispano y la sensibilidad romántica y modernista. En esta exploración destaca su capacidad para comprender el sentido profundo de las formas de arte menor, en versos cortos y menudos, de la poesía de todos los días con refranes, corridos, hermosas canciones ligeras y tonadas de armas y política. Diecinueve años más tarde, en 1980, Zaid volvió a sorprender al ambiente literario y editorial de nuestro país publicando una larga relación, puntual, amplia y sustanciosa, del fenómeno explosivo de la nueva poesía joven de los años ochenta, Asamblea de poetas jóvenes de México, en la que reunía a 164 autores nacidos entre 1950 y 1962. Si Ómnibus... daba cuenta de lo que parecía ser el cuerpo fundamental, pero al mismo tiempo dilatado y diverso, de la producción lírica indiscutible de ayer y de ahora, Asamblea…, sin mostrar una preferencia por tal o cual autor novel, describía con detalle la proliferación de un extenso bosque, verde y pujante, al que el propio Zaid describió como “salud selvática, exuberante, pantanosa, estrafalaria, genial, banal”. En 2022, el autor de Campo nudista completó su experiencia del arte del verso y del modo de leer poesía con Poemas traducidos. En este libro, también singular, hallamos su gusto por la poesía concisa, como son las piezas de Po Chu Yi, Geoffrey Hill, János Pilinszky, Georges Bataille, o Canciones de Vidyápati y Coplas al gusto popular de Fernando Pessoa, aunque encontramos asimismo poemas en verso de arte mayor como los de Shakespeare, Voltaire, Nerval o Celán. Poemas traducidos, de igual forma, nos ofrecía las versiones al inglés, francés y japonés de los propios poemas de Zaid y una colección significativa de la poesía indígena del norte de México, también caracterizadas, en general, por un espíritu diáfano y conciso. Una de las cosas notables de este libro, por lo menos para mí como lector suyo, es observar la fuerte correspondencia que hay entre una buena parte de los poemas traducidos y la propia poesía del autor de Reloj de sol. Tanto en unos como en otros domina la claridad luminosa y la expresión directa, portadora de una complejidad insoslayable en su carácter inefable, como sucede cuando leemos, en un canto pápago, “Viene la nube/ y llueve en el monte./ Ya se fueron/ la nube y el chubasco/ cantando” y Zaid dice “huele a aire llovido./ Sol y ramas benignas./ Pájaros desprendidos/ acercan las colinas”. La misma percepción límpida de la naturaleza, la misma presencia del movimiento, la misma animación traslúcida de las cosas. Desde luego, para tener una comprensión cabal de cómo Zaid ha abordado, no solo el problema de la escritura en poesía, sino lo que a él le ha interesado tanto a lo largo de toda su vida, la lectura de este género y el papel de esta forma en la comprensión de nuestro mundo, hay que agregar sus originales investigaciones sobre, precisamente, el acto de leer y sobre la actualidad de la poesía religiosa, que hallamos en Cómo leer en bicicleta (Joaquín Mortiz, 1975) y Tres poetas católicos (Océano, 1997).

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Poesía indígena del Norte de México nos muestra, antes que nada, una poesía ignorada y nos lleva a darnos cuenta de que somos ignorantes. No saber nada o lo suficiente de todas esas gentes y lenguas tramontanas en el occiduo septentrión que alguna vez fuimos —en palabras de Carlos de Sigüenza y Góngora— nos hace perdernos de una parte fundamental de la historia de nuestro territorio, que no solo se explica por nuestro centro geográfico y político. En realidad, lo que somos hoy es resultado de ese lejano norte y las migraciones, despojos, guerras, invasiones, anexiones, negociaciones y tratados que se sucedieron, como un vendaval, en aquella región. Y constituyen, asimismo, parte de nuestro perfil humano, de nuestra cultura, si no nacional, sí originaria. El libro de Zaid, que es una antología de poesía, es, al mismo tiempo, un texto de historia, de antropología y de una relación ignorada. Lo leemos fácilmente, porque los poemas que contiene son naturales y evidentes, pero también lo leemos tratando de orientarnos en un complejo laberinto que es una historia de mil hilos cortados, retorcidos por la crueldad y las creencias políticas nacionales. Es fascinante ver cómo los poemas de todos esos pueblos que sufrieron un daño indescriptible están dominados por un espíritu tan alto y transparente, de tal forma que, al leerlos, percibimos su vínculo esencial con la tierra y con el mundo vivo. En la hondura candorosa de estos textos apenas si advertimos el dolor que les tocó vivir a aquellos pueblos. Tal vez esto ocurre por la extrema valentía de su espíritu indomable. Es como si esos poemas hubieran atravesado un pantano sin jamás haber tocado una brizna de la suciedad histórica. No podemos dejar de sentir ternura cuando escuchamos, en un canto cheyene, con humor gracioso: “Amorcito:/ Vengo a decirte algo./ No lo tomes tan mal./ Voy a casarme”, o asombro cuando, en un poema de los osages, vemos surgir no sin humor la imagen del búfalo: “El de las estampidas que hacen temblar la tierra./ El que tuerce el rabo si se enoja./ El de los grandes muslos./ El jorobado./ El que sacude su melena herida./ El de los filosos cuernos curvos”. Pero Zaid, al mismo tiempo, en cada uno de los textos que preceden a cada gente, a cada lengua, pone de relieve, sin exageraciones, hechos terribles como, por ejemplo, al hablar de los comanches y destacar que mientras para un numunuu su territorio representaba la abundancia, el lugar de las cabalgatas con toda libertad en llanuras interminables, para los exploradores novohispanos, ingleses y franceses, la Comanchería era un territorio vacío, sin dueño y asediado por intrusos salvajes a los que había que “reducir a la vida sedentaria o exterminar”. Que fue exactamente lo que acabó ocurriendo.

Poesía indígena del Norte de México completa la amplia y original visión de la poesía que tiene Gabriel Zaid y, al mismo tiempo, descubre, nos descubre, no solo un perfil desconocido, ignorado, de nuestra poesía, sino de nuestra propia cultura que escapa a las aturrulladas explicaciones nacionalistas.


Exhortos y oraciones

Presentamos cinco piezas antologadas en Poesía indígena del Norte de México.


Del ocaso al nuevo día

La luz declina en las rocas.

El largo día termina.


La luna sube lentamente.

Hay un largo suspiro.


Vamos, amigos.

No es tarde para ir a un mundo nuevo.

Remando surcaremos las aguas

para ir más allá del ocaso, hasta morir

donde navegan las estrellas.


No somos la fuerza

que movió los cielos y la tierra.

Somos lo que somos,

con el temple heroico de los corazones

debilitado, pero fuerte

en la voluntad de ir y no ceder.

Canto tradicional de los osage.


Arrullo paternal

Todos los días

el hombre arrullaba al niño.

El niño estaba ahí.

El hombre lo tomaba

en sus brazos y arrullaba.

El niño estaba ahí llorando.

Todos los días

el hombre arrullaba al niño.

El niño estaba ahí,

el niño estaba ahí,

el niño estaba ahí llorando.

Todos los días

el hombre arrullaba al niño.

El niño estaba ahí llorando.

El niño estaba ahí.

Canto cochimí, etnia que habitó la península de Baja California.


Danza de los matachines

Tengo una corona

de espejitos y plumas.

Cuatro espejos

que son como ventanas

para ver cuando el alma

sube por uno de los cuatro vientos

para llegar a Tata Dios.

Canto tarahumara.


Hablaré con Dios esta noche

Canto a todas las cosas vivientes

con raíces.


Mientras canto,

las flores de todos los árboles

caen bellamente.


Todos los pétalos han caído

pero aún no hay frutos.


Todos los árboles, plantas y flores

conocen este canto;

pero yo lo he olvidado.


Hablaré con Dios esta noche

y tal vez me lo diga.

Canto seri.


Daño

De las miserias y trabajos

que pasan estos

nuestros enemigos

cuando vienen

robando y matando por acá

la causa es su flojera y dejadez.

Que si sembraran

como aquí se hace,

no andarían haciendo tanto daño.

No los mataríamos.

Canto ópata.

Portada de ‘Poesía indígena del Norte de México’. (Tusquets)

AQ / MCB

  • Víctor Manuel Mendiola
  • Víctor Manuel Mendiola, poeta, ensayista y editor, dirige desde hace cuarenta años Ediciones El Tucán de Virginia. Ha publicado Tan oro y ogro (poesía) y El surrealismo de Piedra de sol (ensayo).

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