Los vivos sabemos que vamos a morir,
pero los muertos no saben nada,
no tienen conciencia de nada...
Eclesiastés 9:5-8
Dana Noh, testigo de Jehová, escribe una carta
a mano con letra redonda —en tinta azul.
Escribe para que alguna alma extraviada entre al Salón del Reino,
en la calle Nueva del sol, en el barrio de Santa Ana.
Invita a esa ánima cerril sin rostro ni nombre
a discernir en el templo si uno sigue vivo
después de morir o la muerte es el fin de todo.
Dana Noh se pregunta cómo es posible
resucitar si la misma Biblia revela que cuando morimos
dejamos de existir. Confundida,
cita al destinatario ignoto la contradicción
entre las escrituras del Eclesiastés y los Corintios.
Sabe que Dios perdona a cada uno después de morir.
Sabe que pronto ocurrirá la batalla final entre el bien y el mal.
Sabe que este mundo está a punto de colapsar
como lo anuncian en línea las Sagradas Escrituras.
Dana Noh sabe que con este mensaje —redactado en papel bond
salvará “A quien corresponda”, al impío, ese que no abre la puerta
los sábados y los domingos al testimonio de la verdad.
AQ / MCB