El Dilema Mexicano

  • Tiempos interesantes
  • César Romero

Ciudad de México /

Timing is everything. En la política, como en el periodismo y la vida misma, “el momento oportuno lo es todo”.

A tres semanas y dos días y unas horas del silbatazo inicial del Mundial (11 de junio) el gobierno de México intenta resistir a la mayor ofensiva estadounidense en el último siglo. La abierta amenaza del gobierno de Donald Trump contra la complicidad política con el narcoterrorismo es el más grande desafío que ha enfrentado la Cuarta Transformación.

Después de una vida de luchar por el poder –al menos tres candidaturas presidenciales--, el movimiento encabezado por Andrés López Obrador encontró en el segundo colapso del viejo régimen priista (Casa Blanca, Ayotzinapa, etc.) su momentum entre 2015 y 2024.

Ahora, justo en la víspera de la Copa FIFA 2026, un espectáculo trinacional –Estados Unidos, Canadá y México--, organizado por la empresa que controla el deporte más popular del mundo, Claudia Sheimaum recibe los embates por la corrupción endémica del viejo sistema político que ahora le toca presidir. Por ello la pirotecnia de las Mañaneras.

Si llega, es decir si comienza el México-Sudáfrica en el estadio Ciudad de México sin que entregue o le arranquen a “los 10 de Sinaloa” --Rocha Moya y sus cómplices--, presuntos operadores de una alianza entre los narcos y el gobierno anterior, estaríamos ante el escenario uno, salvados por la campana.

Quizás su “cabeza fría” y el teléfono rojo con el Salón Oval le ahorren la vergüenza de enterarse por la televisión de las “pruebas-pruebas” que exige para intentar ganar tiempo. De cualquier modo, cinco semas después, con el silbatazo final de El Mundial comienza otra cuenta regresiva: los tres meses, una semana y dos días que habrán de pasar antes de las elecciones intermedias en Estados Unidos (3 de noviembre).

Considerando el frenesí de la Casa Blanca de Trump 2.0, resulta difícil imaginar cómo desde Palacio Nacional podrían detener los golpes, de todo tipo y desde todos lados, que puede recibir una clase política claramente identificada, desde hace muchas décadas, por su corrupción endémica. El “no somos iguales” solamente convence a los ilusos.

Por supuesto que, desde la lógica estadounidense no se busca limpiar todo el sistema, sino marcar un punto –quién manda aquí--, y poner un par de casos como ejemplo. Este sería el escenario dos, ganar tiempo.

Pero que nadie se engañe. Este no es un tema de soberanías nacionales, tampoco de detener el flujo de drogas ilegales que consumen 47 millones de estadounidenses. Mucho menos se trata del viejo cuento de la Agencia Central de Inteligencia (CIA) como ariete letal del imperialismo yanqui. Ni siquiera, de la liberación en México de la infame influencia del crimen organizado. Nada de eso.

Estamos, simple y sencillamente, ante un nuevo escenario de la lucha por el poder de acuerdo con las eternas normas de la ley de la selva. Como en el resto del mundo, en los últimos 25 años hemos sido testigos de un dilema que ya no está centrado en los referentes nacionales o de izquierda-derecha, sino establishment versus anti-establishment.

En este caso, al igual que lo ocurrió con la crisis financiera de la primera década de este siglo, o en la irrupción brutal de la manipulación de la Social Media con del Brexit y el ascenso de los populismos en muchos países, tenemos un caso en el que las élites han tomado mayor distancia con eso que los gringos llaman el mainstream. Esto es, estamos en un tiempo de ríos revueltos.

Como ocurrió durante siglos en el imperio romano, mientras las disputas reales de poder ocurrían tras bambalinas, los desplantes y caprichos de los emperadores creaban una especie de cortina mágica, el famoso “pan y circo” en el que se ocupaba el pueblo.

Tanto las guerras en Ucrania, Irán, o el relámpago bélico contra Caracas apuntan a que Estados Unidos parece haber aprendido las lecciones de Afganistán, Irak e incluso Vietnam. En los tiempos del imperialismo aislacionista, pegan y se van.

Si Donald Trump va a ordenar operaciones de sus Fuerzas Especiales en México lo va a hacer por dos razones muy sencillas: porque quiere y porque puede. Aunque fuera por el simple gusto (y negocio) que le representa lucirse ante el sector más primitivo y racista de sus seguidores, no sería la primera vez que desde la Casa Blanca se ordenan bombardeos para atender necesidades domésticas.

Considerando sus reiterados fracasos en casi todos los frentes y la enorme oposición interna que enfrenta dentro de su propio país, no podemos ignorar el alcance de sus desplantes efectistas. No de valde, en sus tres aventuras electorales (2016, 2020 y 2024), sus estallidos contra los “bad hombres” le han generado un acumulado de más de 200 millones de votos.

Después del segundo martes de noviembre, comenzará lo que llamo el escenario tres, que es doble; Trump gana y a ver quién lo aguanta, o, pierde y busca con quién desquitarse. En cualquier caso, que dios nos proteja.


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