Diagnóstico

Ciudad de México /

Del gobierno que viene no sorprenden tanto las soluciones que propone, como su diagnóstico de los problemas. El punto de partida, se trate de lo que se trate, es que todo se ha hecho mal, y hace falta cambiarlo de arriba abajo –hacerlo de nuevo. Y se supone que se había hecho mal básicamente por inmoralidad y mala fe, porque los políticos se robaban el dinero y los funcionarios se daban una vida de sultanes. Por eso la solución es muy sencilla, basta con ahorrar y tener buena voluntad, vocación de servicio.

Es la retórica de campaña, que casi por fuerza tiene que ser maniquea, simplista, beligerante, a base de acusaciones tramposas, frases sonoras, promesas imposibles. En campaña unos y otros ofrecen resolverlo todo, y dicen además que es fácil, y que no va a costar casi nada. Y allá cada quien si decide tomárselo en serio. El problema es que se mantenga un discurso así, y que se quiera traducir en programa de gobierno.

El equipo dirigente de Morena tiene un programa legislativo muy claro, muy ordenado, muy realista, para concentrar el poder en la persona del presidente, quitarle restricciones, reducir a la oposición, y garantizar el carro completo indefinidamente. En eso no hay duda, el proyecto es claro, consistente, y tiene todos los visos de poder concretarse con buen éxito. Las dificultades están en todo lo demás.

El diagnóstico es fantasioso. Se corresponde con el sentido común, al menos el sentido común de los simpatizantes de Morena, pero carece de fundamento. En algunos casos, la ignorancia de los futuros responsables es asombrosa, incluso divertida. Pero lo peor no es eso, sino que están convencidos de que entienden, y se hacen cuentas alegres a partir de proyectos imposibles. En eso radica la incertidumbre: es posible saber con razonable seguridad que los programas no van a dar los resultados que se prometen, sabemos que no va a haber los cientos de miles de millones que nos habían dicho que se iban en corrupción, y sabemos que el Estado no va a funcionar mejor con menos empelados de confianza y salarios más bajos, sabemos que no va a ser más fácil gobernar sin intermediarios, con los presidentes municipales reducidos a la insignificancia. Pero no sabemos qué viene después, qué va a pasar cuando empiecen a aparecer resultados. Desde luego, es posible que los 300 jefes políticos con apoyo militar y con dinero en efectivo para repartir consigan gobernar –no será fácil.

El diagnóstico es quimérico, las soluciones también. Nos anuncian una nueva educación universitaria que no va a ser, un sistema de salud nórdico que no va a ser, ingresos del petróleo, empleo, crecimiento, que no van a ser. Y es imposible saber qué vendrá a continuación.

El problema no es que el programa sea populista, sino precisamente que no lo sea más allá de la retórica. En sus mejores ejemplos, el populismo es un movimiento de inclusión, una ampliación de la ciudadanía, del ejercicio real de derechos. Esto, fantasioso como es, supone una inclusión puramente verbal. Es un juego estéril, en que se trata de ver quién puede decir más veces “pueblo” sin que le gane la risa.

  • Fernando Escalante Gonzalbo
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