Mientras los aires mundialistas ya se sienten y hay marcadas esperanzas de que el gran evento del futbol genere ingresos y oxigene la economía, los pronósticos para lo que resta del año se siguen recortando. Esta vez fue la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) la que modificó sus expectativas para la economía mexicana y considera que el crecimiento en 2026 será de apenas 0.8 por ciento. Hace algunos meses, en marzo, el mismo organismo había calculado que el crecimiento sería de 1.3 por ciento este año, lo cual indica claramente que la economía se está frenando en medio de las consecuencias de la guerra en Oriente Medio y de la incertidumbre.
Pero no sólo se está desacelerando la economía mexicana sino que América Latina en su conjunto también acusa el impacto del menor dinamismo. Lo grave para México es que se encuentra por debajo del promedio de otros países, siendo uno de los más afectados por la incertidumbre y la falta de inversiones. Como referencias, Costa Rica crecerá 3.5 por ciento en 2026, en tanto Perú tiene un pronóstico de 2.9 por ciento de repunte; Colombia crecerá 2.4 por ciento, Chile 1.7 por ciento y Brasil 1.6 por ciento en 2026. De las economías grandes, la mexicana tiene uno de los peores pronósticos.
La OCDE considera que el motivo de fondo son las debilidades en cuanto a las inversiones y el consumo privado. Por un lado, las inversiones no terminan de concretarse y ello se nota en que la inversión fija bruta, la que se realiza en maquinarias, construcciones y equipo, acumula ya 19 meses consecutivos a la baja. Y aunque por momentos la inversión extranjera sorprende con récords como en el primer trimestre, en conjunto la inversión no es suficiente para detonar el empleo y dinamizar la economía desde dentro.
En un contexto de desaceleración global, regional y nacional, los efectos se notan en una menor generación de puestos de trabajo, en un incremento de la informalidad laboral, en un deterioro de las condiciones de trabajo y, por ende, en la movilidad social y en las menores posibilidades de mejorar la situación socioeconómica de millones de personas. Y si a esto le sumamos que la inflación sigue elevada, obviamente hay un impacto en el poder adquisitivo y en el consumo.
La cuestión que hay que mirar no está en las debilidades coyunturales. No se trata sólo de que ahora haya una guerra que encarece el costo del petróleo, los fertilizantes y los alimentos, ni de que los precios se mantengan por encima de lo que considera “normal” o deseable. La mirada retadora está en encontrar las debilidades de fondo, las fragilidades que limitan el repunte de la economía con viento en contra o a favor. Como se ha dicho hasta el cansancio, hay problemas de baja productividad, de carencias educativas, escasa innovación, falta de infraestructura y un largo etcétera. Pero quizá la debilidad más grande de los países latinoamericanos sea la falta de planificación a mediano y largo plazo. Sin hoja de ruta, no hay destino seguro.