El primero es el de Armando Vega-Gil. Como la de cualquiera que se quita la vida, su decisión debe haberse producido en un contexto emocional no solo límite sino complejo, determinado por factores íntimos y externos. Uno —dudo que el único, ignoro si el más importante, pero sin duda uno— fue haber sido acusado de acoso sexual a una menor en un tuit anónimo publicado en la cuenta @metoomusicamx. Acaso culpable, acaso (y confesamente) inocente, Armando consideró —acaso con razón— que una acusación que lo lanzaba al desprestigio público sin otorgarle oportunidad de someterse a un juicio legal le cerraría toda avenida profesional, sobre todo cuando a últimas fechas se ganaba la vida con trabajos musicales y literarios dirigidos a niños y jóvenes.
Como todo suicidio, el de Vega-Gil hizo daño a sus seres queridos. A diferencia de la mayoría, tuvo una consecuencia positiva que incluso permite calificarlo de parcialmente heroico: visibilizar otro. A saber el del movimiento #MeToo.
Violación y abuso sexual son delitos graves, acoso y hostigamiento prácticas reprensibles y punibles. Las leyes mexicanas no son perfectas y nuestro sistema de impartición de justicia acusa deficiencias. Tales deberían ser los estandartes de un movimiento que buscara generar una sociedad más segura e igualitaria y apuntalar el Estado de derecho. No son los de un #MeToo cuya agenda no es la construcción de legislación y políticas públicas para la protección de las víctimas y el castigo jurídico de los culpables sino la mera promoción de la estridencia digital y el resentimiento indiscriminado y voraz, así como el socavamiento (aun si por omisión) del sistema legal.
Con su suicidio, Armando Vega-Gil visibilizó que la erección de las redes sociales en tribunales puede llevar a injusticia —si no en su caso, en otros–, que tras el anonimato puede ocultarse el miedo pero también la vendetta, que en democracia la inocencia o la culpabilidad no pueden pender de actos de fe, que la violencia verbal no constituye un mecanismo de reparación de la violencia física.
Los gorjeos siguen, atronadores. Tanto que ya nadie oye a las mujeres y los hombres victimados.