Pues sí, en efecto, los morrocotudos problemas que sobrelleva este país son una suerte de herencia maldita que nos dejaron los antiguos regímenes. El fracaso del proyecto educativo ha sido punto menos que estrepitoso, las prácticas clientelares y el corporativismo se han interpuesto en el camino del desarrollo económico, la corrupción se toleró siempre como una travesura menor (hasta que un buen día nos despertamos rodeados de sanguinarios criminales) y nunca se comprometieron, los gobernantes de la mentada revolución institucionalizada, a fortalecer —o sea, a institucionalizar de verdad— el Estado de derecho para que México fuera una nación de leyes y certezas.
El advenimiento de la 4T ha significado, en boca de sus propios promotores, un cambio de históricas dimensiones. Es decir, cualquier observador de la realidad real tendría que poder constatar, a las de ya, que esto, lo que estamos viviendo en el presente, ya no es más de lo mismo porque, como dicen ellos, “no somos iguales”.
Es un tanto extraño que quienes pretenden ahora transformar las cosas de los pies a la cabeza tengan la mirada puesta en el pasado, sobre todo que buena parte de nuestra historia está hecha de fantasiosas leyendas y oscuros episodios, por no hablar de la muy dudosa catadura moral de algunos de los héroes de la patria, personajes muy violentos, muchos de ellos, y otros de tan endeble honestidad que el verbo “carrancear” —que solía ser de uso habitual en el habla popular y cuyos sinónimos en el castellano peninsular podríamos definir como “robar” o “estafar” o, más coloquialmente, “desplumar”— se deriva, justamente, del apellido de uno de los próceres de la gloriosa Revolución mexicana.
Por ahí habríamos tal vez de empezar —por culpar y condenar a don Venustiano, en lugar de arremeter tan ferozmente en contra del neoliberalismo— para encontrar la semilla del mal que nos corroe, esa maldita corrupción trasmutada en el enemigo nacional a vencer (aunque incrustada en las filas de los amigos y los incondicionales ya no sea tan aborrecible ni mucho menos).
En fin, el tema es que esperábamos resultados más rápidos —así nos lo habían dicho y prometido—y no esta machacona embestida cotidiana para denunciar las iniquidades del pasado. Pero, bueno...
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