A este escribidor le fue también inoculado un oscuro resentimiento hacia los españoles. Y eso que cursó la primaria en una tal Academia Hispano-Mexicana regentada, precisamente, por exiliados ibéricos, afincados en este país luego de haber militado en el bando republicano durante la guerra civil. Individuos, por cierto, que, huyendo de la dictadura franquista, terminaron por enriquecer grandemente la cultura de su tierra de acogida.
En fin, teníamos aquí, antes de que los antecesores castellanos de esa gente se aparecieran por estos pagos, una gran civilización. Llegaron ellos, sin embargo, y acabaron con todo a sangre y fuego. Eran poco más de 500 pero se las apañaron para vencer a los aguerridos combatientes de un imperio poderosísimo y comenzar luego un dominio de rapiña y explotación.
No nos fue dicho en el colegio, con todo y que la despreciable traición de los tlaxcaltecas sí fuera consignada, que en Mesoamérica —o sea, parte de lo que hoy es Estados Unidos Mexicanos— habitaban unos mil pueblos guerreros ni tampoco que los derrotados mexicas habían sido groseramente colonialistas, opresores, déspotas y tan bárbaros como para sacrificar sangrientamente a sus vasallos y, literalmente, comérselos sin cocinarlos.
El gran villano del relato, desde luego, era Hernán Cortés (un sujeto, con el perdón de ustedes, de descomunales tamaños, uno de los más grandes personajes de la historia), reducido a una condición de inescrupuloso salteador sin que su maridaje con doña Marina —lo que podríamos llamar, ni más ni menos, el acto fundacional de la nación mexicana— lo absolviera de sus impiedades.
En lo que toca a que estos territorios se llenaran de palacios, catedrales, hospitales y acueductos, de que se fundara aquí la primera universidad de toda América y de que no fuéramos, en sentido estricto, una colonia sino parte misma de la Corona de Castilla, la información no nos fue dada de la misma manera como no nos enteramos de que los señores de los antiguos reinos mesoamericanos siguieron ejerciendo sus potestades durante el llamado período colonial.
Con el tiempo, podríamos encontrar sanación al rencor. Pero, miren ustedes, el antiespañolismo, por lo que parece, es tan rentable que doña 4T lo ha inscrito en su agenda y nos lo va a seguir inyectando. ¡Uf!