La diplomacia del k-pop y el balcón de la realpolitik

Ciudad de México /

La historia no es lineal, sino que se trata de ciclos eternos que se repiten, aseguran por ahí. Y esto parece comprobarse con el reciente encuentro de BTS con la presidenta mexicana Claudia Sheinbaum, que fue más allá de un simple acto para el fandom.

Así, mientras en 1971 el mundo se polarizaba en medio de la Guerra Fría, unas pequeñas pelotas cruzaron la red del tenis de mesa para dar origen a la “diplomacia del ping pong” que acercó a China y Estados Unidos como ningún otro esfuerzo político había logrado. Hoy estamos ante un proceso similar pero con agentes geopolíticos nuevos.

En los setenta, Nixon y Mao Zedong concluyeron que el aislamiento no era viable. Ahora, en el 2026, las raquetas han sido sustituidas por coreografías y música pegajosa. No hay red de tela sino redes y metaversos. Y en el centro de esta mesa del tablero geopolítico se encuentra el k-pop, en esta ocasión representado por la banda surcoreana BTS de siete miembros que es un fenómeno cultural global innegable, especialmente entre las nuevas generaciones.

No obstante, esto implica un orden mundial, con reglas sociopolíticas que los pundits de antaño se niegan a entender.

Recientemente, la presidenta de México envió una petición que encendió las redes. En ella gestionaba la logística para el retorno de la boy band en 2027 y agradecía su presencia en el balcón de Palacio Nacional. Los gurús de siempre, siempre listos con el adjetivo "populista" cualquier cosa que ello signifique, no tardaron en calificar el gesto como una muestra de ignorancia extrema al dirigir la comunicación al primer ministro del país asiático. Al margen de las intenciones, el manejo fue todo menos ignorante o equívoco. No se trataba de una "petición de fan", sino de un instrumento diplomático. Al gestionar de forma directa, la mandataria elimina intermediarios y establece una relación de "Estado a Estado" a través de la cultura pop.

Ahora, lo que se vio en el balcón en días recientes no fue una ocurrencia de complacencia a un fandom, sino una ejecución de realpolitik en su estado más puro. La jefa del Ejecutivo, con una lectura más pragmática de lo que sus críticos están dispuestos a admitir, acertó en su jugada. Que, por cierto, no es nueva pues dos líderes de esos países “grandes” que gustan tomar de modelos aquellos que desdeñan lo que remita a lo local, la han practicado por igual: Joe Biden y Emmanuel Macron. Cada uno con diferente intención. Biden, al recibir a BTS en el Despacho Oval en 2022, buscaba posicionarse contra el racismo asiático en plena fractura social. Macron, en tanto, buscaba asegurar que las marcas de lujo francés siguieran en el ojo del capital cultural que el k-pop lidera no con tratados, sino con hashtags y menciones. Ambos líderes fueron criticados por sus respectivas oposiciones: a Biden lo acusaron de estar disminuido mentalmente y a Macron de narcisista. Sin embargo, ambos entendieron que en las sociedades actuales, el poder no sólo se ejerce con decretos, sino con la gestión de las nuevas realidades.

Si el ping-pong normalizó a China, el k-pop está normalizando un nuevo eje de poder donde México busca ser el socio estratégico de Corea del Sur en Occidente.

Quienes únicamente ven un acto superfluo sufren de ceguera generacional y clasista. No comprenden que el soft power es lo que permite que la macroestructura económica gire en las esferas sociales sin contratiempos. Aquí se está utilizando el lenguaje de la globalización a través del pop para posicionar a México en el mapa de las inversiones del Pacífico.

Al final del día, la diplomacia moderna se parece mucho a un concierto de estadio: se trata de quién tiene la mejor logística, quién controla la narrativa y quién logra que las masas coreen su nombre. La presidenta de México, al estilo de Macron, ha decidido que en la geopolítica del k-pop, nuestro país no será un simple espectador, sino el escenario principal. Y eso, guste o no el género musical, es política de la buena.


  • Sarai Aguilar Arriozola
  • Doctora en Educación, máster en artes, especialidad en difusión cultural
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