Antes de esconderme debajo de la cama de Antúnez me cercioré de que no quedaran indicios de mi presencia en la recámara o en la silla de mimbre, cuyos cojines volví a apilar. Los tacones se van aproximando. Se abre la puerta. Son zapatos rojos, puntiagudos, y los tobillos se ven muy pálidos. No es Marina que sólo usa tenis o mocasines ni Magdalena, cuyas piernas flacas están cubiertas por ríos de venas varicosas. La mujer cierra la puerta y se dirige al escritorio donde remueve papeles. El cadáver de Antúnez no parece sorprenderla. Se tropieza con el tapete frente a la cama, lo patea con el pie derecho, dice “¡chingada madre!” en voz baja y se detiene un segundo a mitad de la pieza. Creo que quiere pensar. La imagino pensando. No está a la vista lo que busca y el problema no es la muerte. Levanta el tapete, lo coloca de nuevo en su lugar. Se acomoda en la silla de mimbre con las piernas cruzadas. Conozco a la mujer o, más bien, la reconozco por los zapatos rojos. Estuvo bailando con Manuel en una fiesta en casa de una amiga de Marina; hasta recuerdo la canción: Evil Ways de Santana. La mujer movía las caderas y miraba a Manuel con los ojos entrecerrados y Manuel le sonreía y yo me burlaba con Marina y su amiga de la seducción ridícula y las rodillas huesudas y los zapatos con el cuero agrietado por tantas capas de tinte. La mujer sacudía los rizos de su pelo al ritmo de la música y canturreaba mirando el piso, como si de repente estuviera ya sola sin Manuel siguiéndole el ritmo con sus pasitos de rock and roll torpe y primitivo. En La novela inconclusa Marina cuenta que la mujer va a las clases de narrativa que da Magdalena en su casa de Coyoacán los jueves en la mañana y que siempre interrumpe a las alumnas, incluso a la propia Magdalena –pobre, que prepara muy cuidadosa sus cursos, subraya sus notas con plumones de distintos colores, elabora listas de libros para los siguientes encuentros–, y cita repetidamente los diarios de Anaïs Nin, insistiendo en que el único conocimiento válido es erótico porque “el cuerpo está en medio de las cosas aunque él no es cosa y percibe la diferencia”, pero nadie en el taller entiende la frase ni los textos de la mujer, llenos de errores gramaticales que ella atribuye a “la mistificación de las reglas en virtud de sus altísimos vuelos metafísicos”, y Magdalena le señala las faltas de concordancia y también las expresiones inusuales, artificiosas; por qué escribe cinco veces “huso horario” en un mismo párrafo y la mujer responde que “el tiempo se hila torciéndose en su hebra cual víbora” y las alumnas se ríen. Los zapatos rojos me recuerdan mi viaje a la ciudad de los monumentos donde vi un lienzo partido en dos por una raya azul y una franja ocre y un caballo detrás de una columna esculpido como sombra. La mujer se acerca a la cama, se inclina, a punto de asomarse. Cruje la bolsa de plástico con los guantes negros cuando intento que mi espalda se pegue a la pared y yo termine por ser invisible.
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Tedi López Mills
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