DOMINGA.– Los vendedores en La Medina de Marrakech, el casco antiguo de la ciudad más turística de Marruecos, desarrollan una gran habilidad: basta ver un rostro para saber con precisión a qué nacionalidad pertenece, no importa que los rasgos no sean los típicos de un país. Un buen vendedor de especias o de textiles puede identificar a una rubia de ojos verdes como peruana y a un joven de piel oscura como alemán. Y entonces gritan en el idioma correcto para llamar la atención. En mi caso adivinaron el pasaporte y lo hicieron saber con un grito: “¡Mexicano, ‘Chapo’!”.
A veces, los comerciantes también sumaban una segunda che, la de “¡Chicharito!”. Son los apodos de los mexicanos más conocidos en el norte de África y, acaso, del mundo: un narcotraficante y un exgoleador de la Selección Mexicana. Pero a diferencia del segundo, el primero era un éxito de ventas: el rostro de Joaquín Guzmán Loera aparecía en varias playeras en los mercados marraquechíes.
Pero famoso no es lo mismo que poderoso. En aquel viaje de 2024 me detuve a preguntar a los vendedores de las playeras si sabían del compadre de quien ellos veían como un Robin Hood mexicano. “¿Conoces al Mayo?”, les cuestionaba y ellos levantaban los hombros. No lo conocían, pero ese hombre con apodo de mes en el calendario era el responsable de que, desde 2019, toneladas de hachís llegaran a Marruecos en avionetas que salían desde México gracias una academia de pilotos financiada por el Cártel de Sinaloa, una trama conocida por autoridades europeas como ‘Operación Limoneros’. Ismael Zambada García, yo les explicaba, fue el cerebro detrás de la expansión internacional del Cártel de Sinaloa.
Tampoco sabían que semanas antes, el 25 de julio, ese tal Mayo Zambada había sido detenido en Estados Unidos tras ser entregado con engaños por su ahijado y que alrededor del mundo se habló de su caída, incluso, con más relevancia que la del Chapo. Se habló de él en los principales sitios de noticias del mundo como el verdadero amo y señor del narcotráfico mexicano, pero los expertos en rostros de La Medina de Marrakech no podían ubicarlo.
Esa fue la cualidad que le permitió mantener durante décadas su operación criminal: “ser un fantasma”, me dijo Darren Foster, quien hurgó en la biografía del narcotraficante por dos años para dirigir La caída del Mayo, la nueva docuserie en Netflix que aborda su auge y desplome, y promete contar su historia desde ambos lados de la frontera.
Se trata de un documento audiovisual que escudriña otro elemento poco contado de su vida: su propia vanidad, el error que hace más de 820 días permitió a Joaquín Guzmán López ponerle una emboscada para sacarlo de su bastión, retenerlo contra su voluntad, llevarlo por tierra hasta una pista de despegue y entregarlo a agentes estadounidenses que los esperaban en un aeródromo en Nuevo México.
Todo para usarlo como pieza de negociación y ganar beneficios para sus hermanos y otros miembros de la familia Guzmán. Una caída tan terrenal como la vida de un hombre que creció y se escondió en los montes del Triángulo Dorado.
Un fantasma al frente del Cártel de Sinaloa
“El Mayo Zambada fue un fantasma que durante casi cincuenta años estuvo a la cabeza de su organización”, cuenta Miguel Fernández Flores, también director de la serie estrenada este 29 de octubre. “Lo que me llamó muchísimo la atención es que siempre se movió en un círculo de lealtad, de cercanía. Y él lo dijo en la entrevista con Julio Scherer: él pensaba que iba a llegar una persona eventualmente a traicionarlo. Y es lo que finalmente sucede”.
Para hacer una docuserie sobre el cofundador del Cártel de Sinaloa es indispensable consultar aquella entrevista entre el longevo narcotraficante y el periodista veterano que publicó la revista Proceso en abril de 2010. Y ahí, hace dieciséis años, El Mayo pareció vaticinar su final.
“¿Lo atraparán, finalmente?”, le preguntó Scherer. El periodista había llegado hasta el refugio del capo gracias a una nota que llegó a la redacción de la revista. “En cualquier momento o nunca [...] Hasta hoy no ha aparecido un traidor”, respondió Zambada, quien cuidó sus palabras: no habló de nervios ni miedo, sino sentir “pánico” de agotar sus últimos años de vida fuera de la sierra y sin rodearse de esos paisajes que tanto apreciaba. Su seguro de vida contra esa tragedia fue siempre la discreción y la desconfianza hasta de su sombra.
Ahí está el reto de la serie, producida también por el periodista Keegan Hamilton: contar la historia de un hombre del que casi no existe ningún registro. Antes de su captura había unas cuantas fotos del Mayo pero ni una grabación de su voz. Así que con técnicas del periodismo de investigación y entrevistas a policías, periodistas, cercanos al Cártel de Sinaloa y sus familias, se reconstruyen los momentos que llevan al espectador a los inicios del sinaloense como El Señor del Sombrero y hasta las consecuencias de su traición: la maldita “guerra en Sinaloa”.
Darren Foster explora otro elemento a lo largo de tres episodios: ¿por qué el narcotraficante que vivió en libertad por 74 años, quien parecía saber más por viejo que por diablo, prófugo de incontables operativos militares, cargador de un largo dolor por el aislamiento familiar, caminó voluntariosamente hacia la trampa de un entonces muchacho de 38 años?
“El Mayo se veía a sí mismo como un diplomático, un pacificador, una persona que podía negociar y ser la persona que resolvía las diferencias. Y, al final, eso fue usado contra él. [Joaquín Guzmán] sabía que esa era su debilidad, lo que lo llevaría a la reunión en la que sería traicionado [...]. Las razones del Mayo de asistir, y lo que le sucedió después, me parece incluso shakesperiano”, asegura Darren Foster.
El Mayo se veía a sí mismo como un canciller
Esa última palabra resuena en mi cabeza. Cerca de 1599, William Shakespeare escribió la tragedia de Julio César y describió cómo se puede conducir a un hombre poderoso hacia una trampa apelando a la imagen que tiene de sí mismo: César acepta inicialmente quedarse en casa ante los temores de su esposa Calpurnia de un asesinato, pero un falso aliado lo hace cambiar de opinión al decirle que el Senado pretende coronarlo y sugiere que su ausencia podría interpretarse como cobardía.
César, quien se ve a sí mismo como un gobernante incapaz de sentir miedo, se dirige orgulloso al plan para asesinarlo. Y cuando descubre que un supuesto aliado, el senador Bruto, está entre sus atacantes lanza la célebre frase ‘Et tu, Brute?’ (en latín “¿Tú también, Bruto?”), que refleja el desconcierto de que alguien cercano, de su máxima confianza, ha propiciado su destrucción.
En la vida real, desde los años ochenta, cuando su rol como cofundador y dirigente en el Cártel de Sinaloa se hizo público, El Mayo Zambada aceptó para sí mismo, y gustoso, el papel del negociador del narcotráfico, tal y como el César de Shakespeare construyó su propia identidad alrededor de actos temerarios.
Si Joaquín Guzmán elegía la violencia, Ismael Zambada optaba por los pactos. El Chapo iniciaba guerras, El Mayo las terminaba. Mientras uno elegía las fiestas onerosas en Culiacán y los festejos públicos tras ingresar a la lista de la revista Forbes como uno de los más millonarios del mundo, el otro prefería la imagen pública de un político austero, el sigilo en los montes y el bajo perfil.
“Lo que intentamos entender es al Mayo como persona. Creo que una de las cosas que se muestran en la serie documental es que él tiene las mismas motivaciones humanas que todos nosotros: exploramos su relación con sus hijos y su familia, sus conexiones, las lealtades y, claro, las traiciones”, narra Darren Foster.
El Mayo Zambada, además, se veía a sí mismo como una especie de canciller. El mediador, el palabrero. El conquistador que llevaba la empresa criminal familiar a lugares lejanos que alguien como El Chapo Guzmán era incapaz de vislumbrar. Al narcotraficante veterano que hoy duerme en el Centro de Detención Metropolitano de Brooklyn, en Nueva York, se le atribuye que el Cártel de Sinaloa vio en países como Colombia, Argentina, Brasil, España, Francia, Países Bajos, Marruecos, una pequeña embajada de Badiraguato.
Con la capacidad de cerrar negocios en cualquier nación del mundo desde la inaccesible Sierra Madre Occidental, ‘El Mayo’ Zambada desarrolló una creencia peligrosa: que su habilidad para dominar cualquier conflicto sería eterna. Y tal y como pasó con el César de Shakespeare, El Mayo acudió a la reunión en el rancho Huertos del Pedregal, en la periferia de Culiacán, actuando conforme a la idea que tenía de sí mismo: el único capaz de destrabar pacíficamente una disputa política entre el entonces gobernador sinaloense Rubén Rocha Moya y el exrector de la Universidad Autónoma de Sinaloa, Héctor Melesio Cuen Ojeda. En vez de eso terminó sorprendido con la traición de su ahijado. ‘¿Tú también, Joaquín?’.
Una tragedia griega a lo sinaloense
Su historia es una tragedia griega a lo sinaloense: el hombre que se cree indispensable para negociar termina convertido en la pieza clave de un convenio ajeno. Quien presume de tener situaciones bajo control descubre que otros ya han escrito su papel en la historia. Su experiencia se vuelve más amarga cuando se da cuenta del grave error: tantos años aprendiendo a desconfiar y, aun así, el exceso de confianza lo hace perder sus últimos años de vida en libertad.
“Tenía una carrera bastante larga y sin pasar tiempo en la cárcel… hasta ahora. No sé si veremos a alguien como El Mayo otra vez, pero el comercio de drogas siempre trae sorpresas. Lo que sí creo es que esta forma de ser de un viejo ranchero que adquiere un gran poder se termina con Zambada. Es muy difícil que haya alguien, de nuevo, como él”, cuenta Miguel Fernández Flores.
Hoy, El Mayo Zambada espera una muerte en el encierro tras declararse culpable de una serie de cargos relacionados con el narcotráfico. Su final también es shakespeariano: a diferencia de su socio El Chapo, quien fantaseaba con una película sobre él producida por el actor Sean Penn, El Mayo despreciaba la fama, incluso contó al periodista Diego Enrique Osorno para el libro En la Montaña (Anagrama, 2024) que, a diferencia de otros, él no pagaba para que se compusieran corridos.
Y ahora tiene una docuserie sobre su vida con tres capítulos de 59 minutos en Netflix. Un audiovisual que probablemente haga que, un día, su rostro sí aparezca en los locales de los vendedores en La Medina de Marrakech. Cuando eso ocurra habrá algún comerciante que vea un mexicano y grite “¡México, ‘Mayo’!”.
GSC/ATJ