DOMINGA.– El sicario Luis Lauro Mercado, El Peque, la mano derecha del Lazca, fundador de Los Zetas, tenía un demonio de oro grabado en la cacha de su pistola preferida; Osiel Cárdenas, El Mataamigos, ordenó esculpir a su revólver favorito un par de osamentas; El Chapo le puso al cañón de su 9 milímetros dorada la leyenda “The Billionaire”. Para los criminales, un arma es más que un instrumento. Es la extensión del brazo. La marca personal.
Por eso el 7 de julio pasado, cuando el Departamento de Justicia de Estados Unidos anunció que sumaba un narcotraficante mexicano a la lista de terroristas, y mostró una de las pistolas que le decomisaron, la imagen se viralizó en redes sociales: en lugar del símbolo tenebroso, la cacha de aquella Colt 1911 estaba adornada con diamantes de colores que formaban la caricatura de un niño pelirrojo, en pantalones cortos, sonriendo con picardía. En el cañón estaba grabado “Rugrats”, en referencia a la caricatura del canal infantil Nickelodeon. Una extraña elección para un capo.
La pistola pertenecía a Carlos Alberto Páez Pereda, mejor conocido como Carlitos, el mismo apodo que recibía uno de los bebés que protagonizan la exitosa serie animada que en México se llamó Aventuras en pañales. A pesar de su alias inocente, es uno de los máximos generadores de violencia en el noroeste del país: dirige a su propio brazo armado, aliado de La Mayiza, conocido como Los Rugrats.
Carlitos opera en Sinaloa y Baja California. Según el FBI, mata, secuestra y opera una red de tráfico de fentanilo –además de cocaína y metanfetamina– con un ejército privado y sicarios. Tiene treinta años, es decir, que nació en 1995. Cuando tenía seis años, Rugrats estaba en su apogeo televisivo. Y alrededor de esa memoria es que ha construido un grupo de terror. “No se puede arrestar a un personaje de dibujos animados. Pero sí se puede arrestar a un narcoterrorista”, declaró el fiscal estadounidense Adam Gordon durante el anuncio de la acusación.
Es una marca de nuestros tiempos. Los nuevos grupos criminales en México construyen una cultura común con materiales tomados de los medios, la música y las caricaturas con las que crecieron. Para los niños nacidos en los años noventa o los dos mil que hoy dirigen grupos clandestinos, los dibujos animados constituyen una memoria generacional compartida. Eso que les ayudaba a soportar la violencia del otro lado de la puerta, en sus barrios, sus escuelas, hoy les da identidad criminal.
“Vimos lo mismo, crecimos en el mismo mundo y ahora pertenecemos al mismo grupo”, parecen decirnos.
Jóvenes criminales con su propio relato
Los Rugrats no es el único brazo armado de La Mayiza que ha adoptado una faceta infantil. También están Los Gigios, una facción vinculada a Ismael El Mayo Zambada que opera en el norte de Sonora, especialmente en Nogales, por donde cruzan drogas, armas y migrantes indocumentados.
Su líder es Sergio Valenzuela Valenzuela, El Gigio, y sus subordinados pegan en los paquetes de fentanilo que van hacia Arizona calcomanías de Topo Gigio, un ratón de marioneta que se hizo famoso en programas infantiles en los años sesenta y setenta. De ese modo, si alguien se topa con el cargamento de drogas, saben a quién pertenece y quizás es mejor no decomisar o robarlo por miedo a la venganza.
En contraste, La Chapiza también cuenta con su brazo armado de corte infantil: Los Pitufos que operan en el sur de la Ciudad de México, en barrios como San Miguel Topilejo, donde se han encontrado a operadores de Ovidio Guzmán López, El Ratón, quien usa como distintivo a un ratón de moño rojo que aparece en la caricatura Pixie, Dixie y el gato Jinks, de Hanna-Barbera, el estudio creador deLos Supersónicos. Sus aliados chilangos comparten su gusto por las caricaturas de antaño y pegan calcomanías de esas pequeñas criaturas azules, humanoides y de baja estatura para identificar delimitar su territorio. Un pitufo en un muro es un mensaje para la policía y la Guardia Nacional: a partir de aquí empieza territorio indómito.
Y el Cártel del Noreste tiene su propio brazo armado con logotipo de caricatura: Los Chuckys se inspiran en el muñeco asesino del guionista Don Mancini que tiene su propia saga de películas de terror, pero usan la versión animada. En la séptima cinta de la franquicia, el asesino Charles Lee Ray utiliza magia vudú para dividir su alma y tener su propio ejército de muñecos diabólicos; en Tamaulipas, Ricardo González Sauceda, El Ricky, usa dinero y drogas para reclutar a niños sicarios en Nuevo Laredo.
Para el criminólogo Timothy Lauger, estos nombres de brazos armados no son casualidades. Permite que jóvenes reclutados de barrios, familias y trayectorias diferentes se piensen como integrantes de un mismo “nosotros”. En su ensayo “Gangs, Identity, and Cultural Performance”, en Sociology Compass, destaca que una caricatura resulta útil porque proporciona un universo completo que es ya conocido por todos: personajes, jerarquías, frases y, especialmente, amigos y enemigos.
La referencia más nítida se encuentra en Perú, donde en 2019 la Policía Nacional capturó a una banda de ladrones que no superaban los dieciocho años y que atracaban a los clientes del Mercado José Gálvez en Lima. Se autonombraron también como Los Rugrats y adoptaron los alias de los personajes: Carlitos, Tommy, Phili y uno de ellos hasta se nombró Firulais, el perro leal de la familia Pickles. Los Rugrats peruanos no eran jóvenes con sobrenombres que cada uno eligió por separado, sino los protagonistas de un grupo cohesionado con un relato propio: la búsqueda de la aventura. El crimen como misión.
En otros casos, el nombre infantil es una manera de distinguirse de otros brazos armados que operan para el mismo cártel. En vez de usar muchas palabras o un lema, basta una referencia popular para comunicar al jefe las características del grupo: Los Chuckys son la crueldad escondida bajo la apariencia inofensiva y Los Pitufos son los integrantes de una comunidad cerrada que se une ante el enemigo foráneo. James Diego Vigil, sociólogo que desde los ochenta estudiaba a las pandillas chicanas, asegura en su reporte “Group Processes and Street Identity: Adolescent Chicano Gang Members”, en la revista Ethos, que en ciertos contextos de marginación el crimen es una institución que compite con la familia, la escuela y el mercado laboral por nombrar a los jóvenes del barrio. Y cuando un joven entra a una estructura delictiva, el nombre del grupo lo hace perder parcialmente su primera identidad y lo obliga a adoptar una segunda personalidad que debe representar.
La mejor representación de esa idea está en Los Tazmania, un grupo de jóvenes escoltas y adolescentes sicarios que formaban parte de la estructura delictiva del Cártel Independiente de Sonora, conocido como Los Salazar: su logotipo era Taz, o el Demonio de Tasmania, de los Looney Tunes. El carácter de la caricatura debía ser calcado por sus miembros: voraces, locos, arrebatados. Torbellinos de violencia.
“No significa que cada grupo haga conscientemente este análisis. Significa que el personaje ya transporta un paquete de asociaciones y evita tener que explicarlas”, escribe el sociólogo italiano Diego Gambetta en su investigación Codes of the Underworld: How Criminals Communicate (Princeton University, 2011).
Así sucedió con Los Sayayines de Colombia, una referencia a la caricatura japonesa Dragon Ball. El nombre explicaba a toda una generación de millennials el perfil de sus integrantes: jóvenes guerreros que aumentan de poder con cada batalla. Fuerza y superioridad. Gracias a eso, lograron que uno de los ídolos del futbol colombiano, el delantero Faustino El Tino Asprilla, huyera de su natal Valle del Cauca tras recibir una amenaza de muerte por no querer pagar derecho de piso.
No es lo mismo ser extorsionado por jóvenes desconocidos que por sicarios que se identifican como Los Sayayines.
Los niños que veían caricaturas durante la “guerra contra el narco”
El éxito criminal de Los Sayayines del Valle del Cauca fue replicado por otros: aparecieron imitadores en Caldas y en Bogotá. No tuvieron que idear marcas, logotipos o combinaciones nuevas de colores. Todo estaba creado, listo para arrebatarlo del pasado y convertirlo en parches, calcomanías, tatuajes, emblemas para armas y firmas para videos amenazantes. La marca criminal, que tarda años en construirse, se edificó al instante.
De eso se han aprovechado más brazos armados en América Latina: en Bolívar, Colombia, apareció en 2023 una banda dedicada al robo de ganado llamados Los Simpson; en Buenos Aires, Argentina, surgió en 2017 un grupo de narcomenudistas de cocaína y ketamina que se presentaban como Los Minions, los personajes de la película infantil Mi villano favorito.
La pandilla Los Chone Killers –aliados del Cártel Jalisco Nueva Generación– que operan en Guayas, Ecuador, tuvieron hasta 2024 a un líder apodado Ben 10, Antonio Benjamín Camacho, quien descartó un alias sangriento para elegir un sobrenombre aparentemente inofensivo que hace referencia a la caricatura homónima, cuyo protagonista es un niño de diez años que tiene el superpoder de transformarse en varias formas de vida alienígena.
Esto tampoco es casualidad. El criminólogo Marcus Felson lo explica en su libro Crime and Nature (SAGE, 2006): los grupos criminales utilizan una estrategia presente en la naturaleza para maximizar su protección. Para ahuyentar a depredadores amenazantes, algunos animales e insectos inofensivos imitan a miembros más peligrosos de su especie. A su vez, los depredadores aprenden a evitar a todas las especies –tanto las inofensivas como las peligrosas– que se parecen entre sí. Por ejemplo, la serpiente coral, una víbora extremadamente peligrosa, es imitada por la serpiente real escarlata, conocida con frecuencia como falsa coral debido a la similitud de sus colores y patrones. Aunque esta última no es venenosa, su apariencia amenazante ahuyenta a posibles depredadores.
El crimen hace una apropiación a la inversa: los brazos armados toman nombres, apodos, peinados y ropa aparentemente inofensiva y la tuercen hasta corromper ese símbolo inocente y volverlo amenazante. El contraste genera terror, facilita la cobertura periodística y vuelve memorables a los jefes de plaza, sicarios, extorsionadores, secuestradores. En Colombia, por ejemplo, es casi una celebridad el fallecido asesino, Jhon Jairo Velásquez, Popeye, mano derecha del capo Pablo Escobar. En Tamaulipas aún se habla del sanguinario Óscar Guerrero Silva, Winnie Pooh, un exsoldado de élite que fundó a Los Zetas. Y en Morelos, Guerrero y el Estado de México la Barbie no es una muñeca, sino un excapitán de los hermanos Beltrán Leyva llamado Édgar Valdez Villarreal.
Los niños que crecieron mirando caricaturas mientras afuera comenzaba la “guerra contra el narco” ya son adultos. Algunos cambiaron los juguetes por fusiles, pero conservaron las referencias de sus primeros años. Convirtieron personajes inocentes en tótems criminales, marcas fáciles de recordar y tomaron nombres que alguna vez provocaron ternura o risa para añadirles armas y provocar miedo.
La infantilización del crimen organizado revela que la guerra también colonizó su imaginación. La falsa serpiente coral ya aprendió a matar. México, desde hace tiempo, se convirtió en una nación que les teme a sus propios niños.
GSC/ATJ